martes, 14 de mayo de 2019

Es cuestión de dignidad

Orlando Ortiz Medina*

Es cuestión de dignidad que el señor presidente de la República o, en su defecto, su canciller se pronuncien frente a los recientes hechos de presión que los Estados Unidos, a través de su embajada, han hecho para tratar de incidir en decisiones que corresponden estrictamente al fuero interno de las instituciones y la sociedad colombiana. Se trata de las objeciones a la Justicia Especial para la Paz (JEP), presentadas por él mismo al Congreso de la República, y del pronunciamiento que se espera de la Corte Constitucional frente a la posibilidad de que se retorne al uso del glifosato para la erradicación de los cultivos de uso ilícito.

Es lo poco que puede esperar una ciudadanía que mayoritariamente hace rato dejó de sentirse como parte de una de esas republiquetas a las que ciertos Estados miraban como insignificantes gusarapos y sobre las que se sentían autorizados para obligarlas a obrar, sí o sí, en consecuencia con sus propios caprichos e  intereses.  

Que un Estado, por poderoso que sea, pretenda incidir en decisiones que afectan la autonomía y soberanía de una nación es, además de un atavismo, un hecho que rebasa todos los límites de la arrogancia y la insolencia, más aún cuando se trata de su sistema de aplicación de justicia y cuando lo que está en juego es nada menos que la consolidación de la paz, la preservación de su orden interno y la salud y seguridad de sus ciudadanos.

Al embajador Kevin Whitaker se le fue la mano cuando quiso con un desayuno, y ahora con la suspensión de las visas, llamar al orden y poner bajo chantaje a algunos congresistas y a miembros de las Cortes; parece no haber notado que un buen número de quienes hoy ocupan cargos en las instituciones republicanas han superado la abyección y pusilanimidad características de otras épocas, y que honrando su cargo están lejos de permitir que sus conciencias sean compradas con jugo de naranja, chocolate y huevos con tocineta. Lástima que no sean todos.  

Whitaker hace honor a su presidente, le copia de su vena autoritaria, cree como él que América Latina es todavía lo que siempre han considerado los EEUU: su patio trasero, su conejillo de indias, su despensa, el piloto de prueba de sus laboratorios, la causa de sus desgracias, el leimotiv de su seguridad nacional. Pero cree también, y en eso hay que concederle algo de razón, que los presidentes de los países latinoamericanos son sus súbditos y que puede por ello manosearlos a su antojo y pasearlos como a perritos con lazo por los puntos de su agenda y los jardines de su arrogancia. No todos, por fortuna, se dejan atar sus cuellos.

Volviendo sobre Colombia, al asunto de la dignidad y a la espera de que su presidente se pronuncie, me estoy refiriendo a Iván Duque, es lastimoso decir que el lazo sí está bien atado y que nos vamos a quedar viendo un chispero; atentos ad infinitum a que tal manifestación se produzca, aferrados a la esperanza de que un asomo de decoro asalte su humanidad y logre elevar en algo su escasa dote de estadista, tal cual la valoró el presidente Trump, quien de todas maneras le regaló un cumplido afirmando que era un buen hombre… algo es algo.

Pero difícil pedirle muestra alguna de dignidad, autonomía y defensa de la soberanía de un país a quien sólo está puesto en la silla por encargo y con la misión de esperar que le muevan los hilos, dictándole lo que debe o no hacer. Difícil para quien ni dentro de sus propios predios ha logrado el respeto y reconocimiento de su investidura y que por lo único que se ha destacado es por haberse convertido en rey de burlas y protagonista de primer orden para memes y caricaturas.

Estamos mal, muy mal, pues, aparte del cuestionado manejo de sus relaciones internacionales, en donde además de todo se ha mostrado como un gobernante faltón y líder de propuestas que, por ejemplo frente a la crisis venezolana, no han sido más que actos fallidos, el país se encuentra en un momento preocupante y peligroso de regresión. Los grupos armados y las bandas criminales han vuelto a ocupar espacios que ya habían perdido; han retornado las masacres y se han acrecentado de nuevo los desplazamientos; el asesinato de líderes sociales crece y crece sin que en el gobierno se advierta una real voluntad de respuesta; el proceso de paz, el hecho  político más importante de los últimos cincuenta años, no encuentra cabida en el orden del día de un gobierno al que los defensores a ultranza del establecimiento le han impuesto la agenda, hoy más cómodos y con el camino a sus anchas para atravesarse y evitar que tomen curso los acuerdos que allí fueron pactados.

La actual legislatura del Congreso pasará con más pena que gloria, porque a la hora de los grandes debates que la sociedad quiere oír para sentirse incursa en el camino hacia las reformas que la consoliden como una república verdaderamente moderna y democrática, han sido más efectivas estrategias como el ausentismo y la marrullería, cuando no el insulto, que pesa más ahora que la solidez de los argumentos.

El presidente nominado vive una seria crisis de gobernabilidad; a sus aliados en el Congreso, incluidos algunas veces los propios miembros de su partido, les resulta más fructífero y políticamente correcto hacerle el favor de ayudar a que se le hundan sus propuestas porque las saben livianas en su contenido y muy pesadas eso sí para sus intereses y las de aquellos a quienes representan.

Si en el concierto internacional no queremos dejar de ser mirados como una nación borrega y liliputiense, en el interior nos reafirmamos en la siempre aplazada espera por la consolidación de la democracia, a la que nunca de manera seria se le ha rendido culto en Colombia. Frente a los hechos esperanzadores y de cierto optimismo que nos había dejado el acuerdo de paz y la capacidad de resistencia de algunos movimientos sociales, se siente con vehemencia la reacción del conservadurismo y el poder criminal de quienes siempre se han opuesto a que se superen las inercias que nos mantienen como una nación, además de injusta, dolorosamente enlutada y más cerca de la barbarie que de lo que todavía siguen llamando civilización.

*Economista-Magíster en Estudios Políticos


martes, 26 de febrero de 2019

Venezuela: del concierto al desconcierto


Orlando Ortiz Medina*


Después del concierto pasamos al desconcierto por la malograda intención de resquebrajar la fidelidad de la guardia nacional venezolana a su presidente, lo que terminó siendo un revés para Juan Guaidó y quienes lo acompañaban en ese propósito.

El fracaso del ingreso de la carga de alimentos y otros bienes enviados desde los EEUU y la ruptura de relaciones políticas y diplomáticas con Colombia son, por las consecuencias que puedan desencadenar, las noticias a destacar del pasado 23 de febrero, antes que el éxito esperado de una mal llamada intervención humanitaria que, por el contrario, para lo único que sirvió fue para aumentar las tensiones y los niveles de riesgo de quienes como migrantes, repatriados o como ciudadanos de una u otra de las dos naciones están sufriendo las consecuencias de la torpeza de sus gobernantes y de los cercos de intereses a los que mantienen atadas sus actuaciones.

El que no haya sido posible la entrada de los camiones da cuenta de que la Guardia Nacional -pese a algunas deserciones individuales- se mantiene fiel a Nicolás Maduro y le otorga la tranquilidad que necesita para negarse a ceder a las presiones que algunos sectores de la comunidad internacional y grupos internos de oposición le vienen haciendo. La ruptura definitiva de relaciones políticas y diplomáticas con Colombia, su vecino inmediato y el principal de los aliados entre los países que apoyan la política de intervención de los EEUU, reflejan, por su parte, la configuración de un escenario en el que aparentemente se produce el agotamiento de las vías de diálogo.

Esta es la antesala perfecta para que, más temprano que tarde, pueda darse paso a una acción militar de parte de los EEUU o de una fuerza aliada, con consecuencias todavía imprevisibles, aunque en cualquier caso trágicas e inconvenientes para América Latina e incluso más allá de la región y el continente.

Estamos pues frente a la posibilidad de una guerra civil interna o a un conflicto de carácter internacional, en el que Colombia sería el primer afectado, y que sencillamente muestra la poca capacidad que como Estados, como naciones, en fin, como seres humanos o como sociedades, hemos logrado alcanzar para encarar civilizadamente la solución de nuestros conflictos.

De fondo, lo cierto es que somos parte de una sociedad que a escala planetaria ha ido quebrando la fuerza vinculante de las instituciones y de las normas y protocolos del derecho internacional, así como el rol de ciertas entidades y organismos de carácter supranacional, que muy faltos de creatividad se han mostrado para contribuir a encontrar salidas inteligentes frente a conflictos como el que hoy vivimos con Venezuela. Mucho, así parece, les cuesta a estos últimos aportar en la comprensión de la complejidad de la crisis y en la creación de entornos y rutas de abordaje que eviten desenlaces que puedan terminar siendo onerosos.

Cada quien habla, busca obrar y se arroga presentes y futuros a nombre de pueblos, patrias, ciudadanos, víctimas… pero sin ir más allá de acomodar su discurso al juego de sus propios intereses, o de aquellos que representan, en medio de ambiciones de dominio geopolítico, usufructo de recursos naturales y control de dinámicas y juegos de mercado, que es lo que final y verdaderamente está en juego.

Luego de los más recientes sucesos, por ejemplo, muchas voces afirman que Nicolás Maduro traspasó la línea roja y acabó con lo poco o nada de legitimidad y autoridad política y moral que le quedaba, lo que justificaría ya sin rodeos la intervención militar en los próximos días. Lejos podemos estar de darle la razón a Nicolás Maduro y validar su permanencia en el poder, pero menos seguros estamos de que quienes así lo juzgan tengan, ellos sí, la legitimidad y la autoridad política y moral que predican; asimismo, de que conocen y acatan que hay líneas rojas que tampoco pueden traspasar, y si en verdad les asisten razones para proclamarse defensores de derechos y democracias que tampoco viven, respetan o hacen respetar dentro de sus propios dominios.

Nada se puede aceptar que deje al descuido la libre autodeterminación de los pueblos, la soberanía de las naciones, el respeto a los Estados y, hoy más que nunca, la sindéresis que deben tener los gobernantes y los organismos internacionales para actuar de manera que se evite un derramamiento de sangre que simplemente sería inútil, como ya ha quedado de sobra demostrado en otras latitudes, donde el país de origen del mismo promotor de “todas las opciones están consideradas” ha dirigido sus intervenciones.

El desencadenamiento de una guerra o de cualquier tipo de intervención militar debe quedar descartado frente a la crisis de Venezuela; la vida de cientos o miles de ciudadanos venezolanos, eventualmente de colombianos o norteamericanos, o quizá de otras naciones, no puede quedar en manos de la intemperancia de un señor de mechón amarillo y agresiva elegancia, de la falta de agenda de otro de cabello prematuramente cano y pensamiento enajenado, o del temor a perder el poder de aquel a quien, literalmente, cada vez le queda menos petróleo para mantenerse al frente de un país que ya no puede decir que gobierna. 

Peor sería poner a Colombia como cabeza de playa para una intervención de los EEUU o de una coalición internacional, no puede el presidente Duque actuar en esa dirección a nombre de todos los colombianos, que seguramente en mayoría se muestran contrarios a una decisión de esa naturaleza. Más allá de circunstancias coyunturales, que lo son con la permanencia en el poder de Nicolás Maduro, sería un contrasentido histórico con un pueblo que en otros momentos ha sido solidario con miles de colombianos que, aunque en circunstancias diferentes, también se vieron obligados a migrar para sortear una mejor oportunidad para sus vidas, de igual manera negada dentro de su propio suelo.

Bien nos iría si la crisis fronteriza cediera, cuando más pronto mejor, para que el señor Duque libere tiempo y comience a gobernar en Colombia, en donde, entre otras calamidades, mientras algunos ríos se le secan otros se le desbordan, afectando en todo caso a quienes más lo necesitan, siempre víctimas como han sido del abandono del Estado. Más aún, en donde, a propósitos de vidas, paz y derechos humanos, casi a diario un líder social ha sido asesinado en lo que va corrido del año.

Ya es bastante con haber prestado el territorio para que uno a uno se birlaran los principios humanitarios, otra vergüenza a la que el señor presidente se somete, pero que al parecer no le importa en su ya consabida inclinación a desconocer los acuerdos y protocolos internacionales.  

Ojalá el nuevo aire que el fracaso de esta operación significa para Nicolás Maduro no se torne en una tempestad, en la que no solo en Venezuela sino también en Colombia terminemos ahogando las pocas esperanzas de paz que nos van quedando.

Esperemos que sea la sensatez y el interés por la defensa de la  paz y de la vida lo que, ojalá, sirva de faro a quienes aquí y allá tenemos acomodados en los sillones del poder. Querámoslo o no, tienen en sus manos gran parte del destino de nuestras naciones.


*Economista-Magister en Estudios Políticos





jueves, 30 de agosto de 2018

Consulta anticorrupción, la cifra es lo de menos


Orlando Ortiz Medina*

 Los casi doce millones de votos alcanzados en la consulta del 26 de agosto, con los que, como en plebiscito del dos de octubre de 2016, nos faltaron cinco pal´ peso, al final solo reafirman una cosa: perdimos los que venimos insistiendo en la necesidad de la moralización del país y el fortalecimiento de la democracia, y ganó de nuevo el país quedado en la apatía, el acostumbramiento y la complacencia mayoritaria de una sociedad postrada ante quienes han sido sus padrinos y corruptores políticos, de los que al mismo tiempo ha alimentado su avaricia o logrado sostener su precaria y cuestionable sobrevivencia.

Los resultados, una vez más, demuestran la despreocupación casi generalizada de una ciudadanía que ha visto hacer de la política otra más de las formas de degradación de una humanidad deslucida en sus principios y valores, avanzados ya más de tres lustros del siglo XXI. Una degradación que ha lesionado profundamente las formas de cohesión e integración social y que terminó siendo, además, caldo de cultivo de la violencia y la perversión de la gestión pública, en donde hoy están las principales barreras para que se produzcan los cambios requeridos hacia el ingreso al umbral civilizatorio que, en prácticamente en todo el mundo, reclama la comunidad política.

Se validó otra vez la patente de corso de particulares o agentes de Estado que estimulan y celebran la comisión de delitos, y de los que, antes que llamar y comprometer al ciudadano con su rechazo, lo involucran en prácticas que hacen del mismo un aplicado borrego, especializados como están en banalizar el rol de las instituciones jurídicas y estimular costumbres contrarias a las reglas del derecho.

Quienes celebran la cifra de votación alcanzada, elevada solo si se compara con anteriores eventos electorales, deberían pensar que ello no es más que un lánguido consuelo, si se tiene en cuenta que la participación no representa más de un 32% del potencial electoral, cifra realmente insignificante, tratándose de un país en el que la corrupción –principal objeto de la convocatoria- es hoy su flagelo más deplorable.

Pero la cifra es lo de menos cuando se trata de un asunto de mayor complejidad y que al final es el reflejo de la quiebra ética que, a todos los niveles, vive la sociedad colombiana. Agentes del gobierno o el Estado, dirigencias políticas, sector privado y sociedad civil, en distintas proporciones, por omisión o compromiso, están incursas en el declive moral que nos acusa.  

Por donde quiera que se las mire, lo que las cifras muestran es que seguimos siendo una sociedad indolente, tolerante con la corrupción y sin mayor capacidad de indignación y reacción frente a los hechos a los que cotidianamente nos someten bandidos de carrera con títulos dudosos y galardones en el pecho, quienes con sus intríngulis y triquiñuelas han logrado la validación y legitimación de un régimen y un sistema de organización de la sociedad y del Estado por cuyas venas no fluye más que el pus de su degradación y sus embustes. 

El tema de fondo tiene que ver con la cultura política y el acumulado de un saber social en el que, sobre prácticas anómalas, se han sostenido históricamente unas fuerzas y hegemonías políticas que, aunque estén claramente en decadencia, se mantienen todavía incrustadas en los fundos de la burocracia, con el arrastre concomitante de sus vicios.

Así que, más allá de un conjunto de reformas legislativas, de lo que se trata es de un profundo proceso de transformación cultural que lleve a la clausura de la institucionalidad vigente y a la vindicación de nuevas formas de convivencia que, en el orden material y simbólico, refunden los cimientos del poder y den lugar a un nuevo sujeto y saber colectivo, inscrito en una renovada escala de valores y capaz de poner en cuestión los imaginarios que han confiscado el pensamiento y comportamiento de los electores.

Es la apuesta por un país de hombres y mujeres cuyas virtudes conduzcan a un nuevo universo de sentidos, entendiendo que las actitudes y el comportamiento ético no deviene de los conjuntos normativos ni es asunto de leyes o de tal o cual articulado; al fin y al cabo, mucho de aquello sobre lo que se propone legislar ya se prescribe en las normas. Lo que corresponde es que medios, instituciones, centros educativos, personas y organizaciones sociales y políticas se comprometan con un ejercicio de pedagogía social, cuyo propósito final sea refundar el pensamiento y por esa vía la cultura política.

Una sociedad en donde, más que la formalidad de un conjunto de instrumentos que reglamenten la participación, la democracia sea asumida como un estilo de vida, una conducta que trascienda la rigidez de las formas jurídicas y los esquemas institucionales. Es decir, en donde más que una grafía de procedimientos, el ejercicio de la política sea el punto de convergencia del comportamiento y las actitudes cotidianas de los ciudadanos, respetando sus procedencias, sus formas de vida y sus identidades sociales y culturales.


*Economista-Magister en Estudios políticos.


sábado, 26 de mayo de 2018

SE LLAMA GUSTAVO PETRO


Y es hoy la esperanza y está cerca de concretar el sueño de esa parte del país que nunca se ha sentido representada en quienes durante más de dos siglos de vida republicana nos han gobernado.
Es el líder en torno al cual se agrupa un movimiento social que hasta ahora no solo se había sentido huérfano de representación política, sino al que no se le veía vocación alguna de poder y convicciones serias de que sí era posible llegar a la presidencia de la república y derrotar a las viejas maquinarias que tienen al país sumido en la violencia, la miseria y la exclusión de una gran parte de su ciudadanía.
Es el único que tiene una propuesta a la altura de las demandas y necesidades del siglo XXI, para un país que requiere avanzar hacia la modernización e integración competitiva en los escenarios internacionales, pero con un modelo en donde se haga frente a las consecuencias del cambio climático, se proteja el medio ambiente, se dé lugar a una economía productiva generadora de empleo y de riqueza, de cuyos resultados nos beneficiemos todos.
En su propuesta el Estado Social de Derecho será una realidad y el acceso a la salud, la educación, el empleo, la seguridad alimentaria, la vivienda digna, serán posibles sin distingo de ninguna índole para hombres y mujeres.


En torno a Gustavo Petro se congregan representantes de todos los partidos y fuerzas sociales y políticas, de izquierda, liberales, conservadores, sectores religiosos, sin partido, jóvenes, mujeres, población LGTBI, afros, indígenas, campesinos, etc., porque él representa la idea de una sociedad pluralista, incluyente y que sabe que la consolidación de la paz necesita de la construcción de una nueva identidad en la que quepa el país megadiverso y variopinto que somos.
En esta primera elección después de que se han desmovilizado las FARC como organización armada, el país ha dado un salto importante, porque se ha develado que sus problemas estaban mucho más allá del conflicto armado entre el Estado y las guerrillas, y que la búsqueda de medidas para hacer frente a la pobreza, la corrupción, la politiquería es lo que está a la orden del día.
Votar por Gustavo Petro es empezar a abrir el camino por donde debemos conducirnos para que colombianos y colombianas podamos, por fin, ir hacia el encuentro de esa Colombia que nos ha sido negada y que esperamos disfruten al menos nuestras próximas generaciones.
Se llama Gustavo Petro y es el presidente que Colombia necesita. Vamos por el triunfo en la primera vuelta.





domingo, 20 de mayo de 2018

Presidente Trump, usted es un grandioso…



Orlando Ortiz Medina* 

Con una placa al fondo que señala la ubicación de la nueva sede de la embajada de su país en Jerusalén, Ivanka Trump, junto a su esposo, Jared Kushner, despliega una amplia sonrisa; junto a ellos está otro grupo de emisarios del gobierno norteamericano que, también sonriendo, aplauden y comparten el momento de euforia: celebran el traslado de la sede diplomática y el aniversario número setenta de la creación del Estado de Israel. Jared Kushner, además de yerno del presidente Trump y viejo amigo del primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, es también el enviado de paz de su gobierno a Oriente Próximo. 

En ese mismo momento, a ochenta kilómetros, en la franja de Gaza, el ejército israelí asesina a más de sesenta palestinos y hiere a más de dos millares que justamente marchaban contra la decisión del mandatario gringo de cambiar de lugar su casa en Israel, por razones del conflicto que históricamente ha enfrentado a estas dos naciones hasta ahora ubicada en Tel Aviv. 

Quienes fueron asesinados iban armados tan solo de su dignidad, que ha sido siempre la principal fortaleza de los palestinos. Fue a esa dignidad a la que los israelíes respondieron con sus armas de fuego, sin importar la presencia de niños, niñas, mujeres y adultos mayores, todos civiles, que acompañaban el acto pacífico y legítimo de protesta con el cual conmemoraban lo que para ellos no ha sido más que setenta años de catástrofe, Nakba en árabe; es decir, de usurpación y ocupación de su territorio, destierro, condena al exilio, bloqueo económico y desconocimiento de su derecho a una nacionalidad y a la soberanía de su Estado. 

Además de una provocación y una criminal afrenta contra el pueblo palestino, la decisión del traslado de la sede diplomática es una más de las maneras con las que al lunático presidente le gusta lucir su soberbia y el ego henchido con que acostumbra a pasarse por encima de las normas de la decencia, y en este caso sobre todo de los protocolos de la diplomacia, el respeto a los derechos, al orden jurídico internacional y a la autonomía de las naciones. 

Que su hija y su yerno rían mientras al otro lado niños, niñas, hombres y mujeres se desangran bajo el fuego del principal de sus aliados en el Oriente Próximo no significa nada; al fin y al cabo estamos frente al representante de un país que ha construido su poder y hegemonía gracias a su instinto invasor, sobre el que no ha tenido freno para perpetrar todo tipo de agresiones y poner bajo su albedrío a otras naciones del mundo; fue “un día de gloria”, como lo dijo el primer ministro Netanyahu, a quien, como punta de lanza de este acto de barbarie, ratifica como el cofrade número uno de su pandilla en la región. 

Qué ofensa más grande para la humanidad que el presidente de una potencia mundial y un Primer Ministro consideren glorioso, o “un gran día para la paz”, un hecho tan luctuoso como el que hoy le corresponde vivir a los palestinos; es la máxima expresión de la quiebra ética y la cumbre de la deshumanización en el ejercicio del poder y la conducción de un Estado por parte de quienes se siguen considerando amos y señores de la humanidad y miran a los demás como simples parias que  no tienen derecho a una nacionalidad, un territorio, un Estado y al respeto a su dignidad como seres humanos. 


Pero es también una prueba de lo poco que significa para las potencias el derecho internacional y el insulso rol al que han reducido a organismos internacionales a los que, como las Naciones Unidas, han puesto bajo su arbitrio, dejando de paso a los demás Estados miembro como elegantes y decorativas figuras. Se refleja allí el espíritu retardatario y el ímpetu colonialista que aún se respira de los viejos gobiernos imperiales y se lesiona el espíritu civilizador que debe orientar las relaciones internacionales para que la solución de los conflictos se enmarque dentro de lógicas que no sean las de las atrocidades de la guerra. 

Con su arrogancia y su impronta belicosa, Donald Trump no solo ha dado una bofetada a los esfuerzos de paz que con el apoyo de la comunidad internacional se han venido haciendo para encontrar una salida pacífica al conflicto entre israelíes y palestinos, sino que reafirma el rumbo por el que ha querido conducir las relaciones de su país con el resto del mundo, con el que solo busca afianzar su ambición de dominio, rehusando las salidas diplomáticas, a las que sustituye por su estirpe intimidadora y pendenciera; pues al traslado de su embajada a Jerusalén se suman acciones como la salida del Pacto de París contra el cambio climático, el bombardeo sobre Siria, la ruptura del acuerdo nuclear con Irán y la revisión de tratados comerciales con los que busca conculcar derechos adquiridos por otros países en las relaciones de intercambio. Lo anterior sin dejar de mencionar la dura posición que en su propio territorio ha tomado contra la población migrante, sobre la que suele pronunciarse con todo tipo de expresiones xenófobas, racistas y humillantes. 

Es la sintomatología de un ego y una personalidad enferma y trastornada, que por capricho de quien es su depositario se convierte en el ego y la razón de ser de una nación; sin duda un retroceso para una ciudadanía que, como la norteamericana, se reclama como una de las más avanzadas de la civilización y la democracia moderna. 

El señor se solaza con el fuego de la guerra y se pasa por encima de las vicisitudes de un conflicto de ya más de siete décadas en el que se cruzan todo tipo de complejidades de orden histórico, religioso, político, económico, cultural, etc., que lejos está de solucionarse con el prontuario y el culto a los insidiosos guerreristas que hoy se sientan en los sillones del poder. 

Respaldar la actuación genocida del ejército de Israel argumentando la defensa de su soberanía en un territorio que está en disputa es un contrasentido, cuando la declaración de su Estado por parte de Israel, en 1948, fue hecha de manera unilateral y pasándose por encima de los reclamos y las pretensiones que sobre el mismo territorio legítimamente reclama la comunidad palestina. En esas circunstancias, ningún país puede legitimar derecho alguno como se ha hecho ahora por parte de los EE. UU. y se ha imitado ya por parte del gobierno de Guatemala y respaldado por el candidato presidencial Iván Duque en Colombia; es lo que acudiendo a la prudencia y con la sindéresis que ordena la diplomacia han hecho la mayoría de naciones, entre ellas algunas de las grandes potencias. 

La creación de dos Estados, uno Palestino y otro Israelí, es lo que ha estado en el centro de las soluciones y es la salida por la que se debe seguir abogando; los palestinos buscan que Jerusalén Oriental sea la capital del Estado que quieren fundar en Cisjordania y en la Franja de Gaza; pero los israelíes, mientras tanto, gracias a su mayor riqueza y poderío bélico y al apoyo incondicional de su aliado americano, han ido apoderándose cada vez de una mayor porción del territorio con un costo enorme en vidas y en vulneración y violación de los derechos de la comunidad palestina, saltándose los compromisos históricos y alejando cada vez más las posibilidades de una solución pacífica. 

Hoy es claro que son los derechos del pueblo palestino los que deben ser reconocidos y respetados, la comunidad internacional debe mostrar firmeza frente al capricho del Estado sionista y su aliado norteamericano; no estamos en las épocas oscuras de las barbaries invasoras y el sometimiento al espíritu colonialista de las grandes potencias, cuyas pretensiones expansionistas deben ser proscritas de las bitácoras de sus agendas. 

Al señor presidente Trump, con todo respeto, como se acostumbra a decir ahora cuando se va a proferir cualquier vituperio o expresión baladí, no resta más que recordarle que, frente a la dignidad y fortaleza de los palestinos y sobre el dolor por la sangre que todavía lloran de sus hermanos muertos, él seguirá siendo nada más que un grandioso hijo de puta. 



*Economista-Magister en Estudios Políticos 


sábado, 17 de marzo de 2018

Ángela María

Foto de Ángela María y Petro el día que anunciaron la Vicepresidencia
Foto tomada del Twitter de Ángela María

Orlando Ortiz Medina*


Una acertada decisión y un paso firme ha dado el candidato de Colombia Humana, Gustavo Petro, al elegir como su fórmula presidencial a la actual representante a la Cámara Ángela María Robledo.

Con una hoja de vida impecable y con el talante ético del que infortunadamente carecen la mayoría políticos colombianos, en Ángela María Robledo las mujeres tienen a una verdadera defensora de sus derechos, tarea a la cual ha dedicado su esfuerzo en los diferentes cargos que por elección popular o como funcionaria pública ha desempeñado a lo largo de su vida.

Pero, más allá de su intensa lucha por la defensa de los derechos de la mujeres, que sin duda es uno de sus más grandes méritos, ha sido, en general, una ferviente defensora de los derechos humanos, en lo que cabe resaltar su compromiso con las víctimas del conflicto armado, especialmente quienes han sido objeto de violencia sexual, y de los derechos de los niños, niñas y adolescentes, en donde, entre otros, jugó un papel protagónico en la elaboración y promulgación de la Ley de infancia y adolescencia.

Ángela María, psicóloga de profesión, es ante todo una trabajadora social que llegó a la actividad política para poner en la agenda del debate público las demandas de los sectores sociales tradicionalmente excluidos. Ese ha sido fundamentalmente su rol en el Congreso de la República, en donde, en más de una ocasión, ha sido destacada como la mejor parlamentaria.

Está comprometida con que la consolidación de la paz siga adelante porque desde su lugar como mujer, como lideresa y como congresista sabe de lo costosa que ha sido para el país una guerra de la que todavía muchos se quieren seguir lucrando o buscan capitalizar a favor de sus intereses políticos o económicos.

Esta es sin duda una fórmula ideal que va a convocar a quienes están convencidos de que Colombia necesita una opción realmente alternativa, capaz de renovar la política, dispuesta a hacerle frente a males tan endémicos como la corrupción y a insistir para que Colombia no siga siendo el país en el que unos pocos viven de sus enormes privilegios, mientras muchos otros deben arreglárselas en el día a día para lograr su sobrevivencia.

Ángela María se suma a la propuesta de una Colombia más justa, más equitativa; a un programa de gobierno que pone en el centro la defensa de la vida, el uso responsable y democrático de los recursos naturales, la lucha contra todas las formas de exclusión y discriminación contra hombres y mujeres y el respeto a quienes piensan y profesan ideas diferentes. Asimismo, un desarrollo económico a cuyos beneficios accedan todos los sectores sociales y que tenga como fundamento el acceso a la educación y la gestión del conocimiento; que antes que discriminar integre armónicamente la vida y las dinámicas de campos y ciudades, ausente en el modelo que hasta ahora ha dominado en Colombia.

En esta polarización en la que se ha sumido el país, con una extrema derecha que, aunque a espaldas de las mayorías, se siente cada vez más fortalecida y un centro imaginario cada vez más diluido y muy poco claro en sus formas y contenidos, los ciudadanos y ciudadanas que nos hemos sentido excluidos por un sistema político y económico diseñado para sostenerse en las desigualdades tenemos hoy una posibilidad histórica.

Gustavo Petro y Ángela María Robledo condensan en su propuesta muchos años de esfuerzo y abren un espacio para que todos los movimiento sociales, y quienes no se sienten representados o convocados por las viejas élites y maquinarias políticas, tomen el lugar que les corresponde frente las decisiones que se necesitan para que el país se encause por las sendas del cambio.

Quienes, con alguna razón, descreen en la política, desconfían, son escépticos, han sido indiferentes, abstencionistas, etc., deben tomar posición; lo contrario es ceder el derecho que como ciudadanos les asiste para ser parte del destino de sus territorios, de su vida personal y familiar o de sus colectividades e intereses grupales.

Recrear la política, profundizar la democracia, consolidar la paz y pasar la dolorosa página de la violencia que aún hoy sacude al país es un compromiso de todos. Encontrar para ello a quienes logren liderar y encausar esos cambios ha sido un viejo anhelo, tantas veces frustrado, incluso porque quienes han encarnado esa posibilidad han sido asesinados. Respaldar la opción de Ángela María Robledo y Gustavo Petro abre de nuevo esa esperanza. Ojalá que esta vez la vida no sea asesinada en primavera.


*Economista-Magister en estudios políticos


domingo, 11 de marzo de 2018

Ahora o ahora

Orlando Ortíz Medina*

Muy gallardo y consecuente con la coyuntura y los resultados tanto de las consultas, como de Senado y Cámara de hoy, aún en proceso de conteo; Gustavo Petro ha hecho un nuevo llamado a Sergio Fajardo, Humberto de la Calle y todos los sectores alternativos para que concurran en una propuesta de unidad.

Ojalá ellos demuestren que tienen la humildad y sobre todo la inteligencia política suficiente para acudir a este llamado y entender que no otra cosa se puede hacer en este momento que es realmente histórico para Colombia.

Los resultados de la consulta son halagüeños, sin duda, fue una excelente votación la que se alcanzó, pese a las adversidades y las condiciones tan desiguales en que se enfrenta esta campaña.

Pero Gustavo Petro es consciente de que ello no es suficiente y que es necesario sumar otras fuerzas, máxime con la manera como va quedando conformado el Congreso, en el que siguen siendo mayoritarias las fuerzas de la derecha, lo que tampoco sorprende cuando sabemos el peso que en este tipo de elecciones juegan la corrupción y las maquinarias.

Si Fajardo, Navarro, Claudia, De la Calle y otros y otras que dentro de sus partidos encarnan algún tipo de liderazgo son inferiores a la hora de pensar y tomar una decisión consecuente con el llamado de esa parte del país que quiere y necesita un cambio, la historia sabrá pasarles una cuenta de cobro que nunca podrán pagar.

Es difícil, pero nunca como ahora habíamos estado tan cerca de la posibilidad de disputarle la presidencia a la derecha, los intereses que representa y sus mañosas maneras de encarar la política.

No hay que desconocer el liderazgo construido por Gustavo Petro para haber llegado a este punto; será digno que se le reconozca y qué mejor manera que deponer los egos, las prevenciones y acudir sensatamente a un diálogo que permita acumular las fuerzas que aún están dispersas.

La derecha y la extrema derecha sí son derrotables, eso es claro, sólo si el centro y la izquierda son capaces de mirarse como una opción posible, con sensatez y con espíritu de triunfo, más allá de los egos y la representaciones individuales.

*Economista-Magister en Estudios políticos