miércoles, 4 de noviembre de 2026

¡IVA la patria milagro!


Antes que rescate económico, lo que aquí se propone es una reforma tributaria, con cuentas alegres y resultados inciertos, basada en la captación de más y mayores impuestos y no en la austeridad y reducción del gasto. 

Orlando Ortiz Medina*


Foto: La Nación
Al IVA, Impuesto al Valor Agregado, se le considera el más regresivo de todos los impuestos que debemos pagar los ciudadanos. Pues, por el mismo producto, al precio al que se lo vendan en el mercado le adicionan la misma tasa, independiente de que usted gane uno, tres, diez o más salarios mínimos o de la riqueza que haya logrado acumular a lo largo de su vida. Lo contrario, un impuesto progresivo, es aquel en el que el contribuyente paga de acuerdo con sus capacidades, es decir, acogiendo un concepto de justicia distributiva, con lo que se haría honor a al menos uno de los fundamentos de la democracia. 

Pague más y reciba menos 

Pues bien, si es de los que va al mercado y compra una libra de tomate que vale $ 3.000, por ejemplo, en adelante a esos $ 3.000 tendrá que adicionarle el 19%, que corresponde al IVA con que quedarán gravados casi todos los productos y servicios de la canasta básica de consumo, si se aprueba el proyecto de ley de “rescate de la economía”, presentado por Abelardo de la Espriella al Congreso de la República. Al igual que con el tomate, le va a pasar si compra aguacate, zanahoria, cebolla, ajo, plátano, banano, lechuga, repollo, naranja, piña, mango, guayaba, papaya, uvas, manzanas, o productos como lentejas, sal, azúcar, garbanzo, fríjol, queso fresco, harina, pasta, chocolate, aceite y siguen más. 

El señor que una y otra vez prometió que si llegaba a tocar los impuestos era para bajarlos, se vino con una andanada de alzas que, al grito de Viva Cristo Rey, va a terminar gravando hasta las hostias. 

El efecto práctico es que su salario real va a bajar sustancial y sostenidamente, pues, aparte del IVA a los alimentos, que ya es mucho decir, el proyecto milagro establece que en adelante empezarán a pagar renta quienes ganen desde 1,8 salarios mínimos legales mensuales vigentes -SMLMV- (hoy pagan quienes ganan desde 2,7 SMLMV) después de deducidos los gastos de salud y pensión y el 25% de exención laboral, que también se va a modificar. Pero, además, crea un impuesto adicional, una tarifa marginal del 9% para quienes ganen entre 1,8 y 2,7 SMLMV; 19% para quienes ganen entre 2,7 y 4,2 SMLMV y 28% entre 4,2 y 10,2 SMLMV. Sigue subiendo escalonadamente hasta el 39 % para quienes ganen más de 10,2 SMLMV . 

Pero hay más: el aporte a salud de los asalariados ya no será del 4%, sino que estará entre el 5,5% y el 8%. Se elimina la deducción de 72 UVT por dependientes, que actualmente es deducible de la base gravable del impuesto a la renta. A los trabajadores independientes, por su parte, se les aumentará su contribución a la salud, que pasaría de 12% al 15,5%, cuando reciben desde dos SMLMV. Se modificarán igualmente las tasas de retención en la fuente para trabajadores dependientes y pensionados, y para trabajadores independientes que no descuenten costos ni gastos deducibles. El 25% de exención laboral que actualmente se hace sobre un tope de $ 41´375,000 (790 UVT) anuales bajaría a $ 32´996.000 (630 UVT) anuales.

Quienes viven entre los estratos 1 y 3 desde ahora pagarán IVA por el servicio de internet, la compra de un computador, del celular, las boletas de cine y espectáculos. En adelante pagará tarifa plena de IVA la medicina prepagada, así como los pagos a través de plataformas electrónicas, que hasta ahora están exentas para compras inferiores a US 200. Se incrementarán los impuestos a la cerveza, a los refajos y las mezclas de bebidas fermentadas con insumos no alcohólicos. También los juegos de suerte y azar en línea, los vehículos eléctricos, los licores, vinos y aperitivos quedarán con una tarifa del 19 %, una vez sea aprobada la ley. Se grava el componente inflacionario de los CDT y de las cuentas de ahorro. Sube del 20 al 30% el impuesto sobre premios, loterías, rifas y apuestas. 

Ni austeridad ni reducción de gastos

Lo que hasta aquí queda claro es el nuevo embuste del presidente, su vicepresidente y su ministro de hacienda, que se desgastan diciendo que el llamado rescate de la economía se concentra en la reducción y la búsqueda de mayor austeridad en los gastos del Estado, que fue por lo que presionaron y le negaron las propuestas al anterior gobierno. Nada más falso. Antes que rescate económico, lo que aquí se propone es una reforma tributaria, con cuentas alegres y resultados inciertos, basada en la captación de más y mayores impuestos y no en la austeridad y reducción del gasto. Nuevos impuestos que, además, castigan más a los que menos tienen y menos ingresos reciben, manteniendo el espíritu regresivo, que ha sido la característica dominante del sistema de tributación en Colombia. 

Tal regresividad se confirma con el hecho de que a quienes sí se les reduciría el impuesto a la renta es a las grandes empresas, pues pasaría del 35% al 31%. Se favorece igualmente a los grandes patrimonios, dado que se sube el umbral de pago; actualmente lo pagan quienes tienen valores superiores a $3.070 millones y con la reforma se pagaría a partir de 5.000 millones. Este impuesto, además, desaparecería en 2030. Reducir impuestos a grandes tenedores de riqueza es inexplicable y absurdamente regresivo en contextos de tanta desigualdad como el que existe en Colombia. En esa misma dirección y haciendo eco al ego del Tigre, se propone crear el RUGE, Régimen Único de Gestión Empresarial, que rebajará en 20% la tarifa de renta para proyectos que inicien en 2027 o 2028 y de 26 % en 2029. Una concesión adicional a los grandes empresarios por hacer lo que comúnmente hacen o deben hacer: invertir.  

Respecto del recorte del tamaño del Estado, difícil creerle a un presidente que viene haciendo eco al clientelismo, al nepotismo y al amiguismo, que poco aliento deja sobre el supuesto propósito de disminuir los gastos en burocracia, tal como se promete en el paquete de reformas. Valga como ejemplo que gran parte de la nómina de su empresa, De la Espriella Lawyers, hoy son funcionarios del Estado. Tampoco es buen augurio saber que, en su primer mes de gobierno, el gasto en viajes en helicóptero, algunos solo por unas cuadras, ascendieron a $ 2.286 millones. Nada austero el señor presidente.     

Lo que sí preocupa, al respecto, son las facultades extraordinarias que se le otorgarían, por seis meses en caso de aprobarse la reforma, para vender activos, modificar la DIAN y suprimir o fusionar ministerios y otras entidades públicas. Muy peligroso dejar estas tareas al arbitrio de un aprendiz de dictador que, por un lado, apenas se está enterando de la organización y el manejo del Estado y, por otro, se orienta más por el dogma y fanatismo ideológico, que emula de su homólogo argentino y de otros tarambanas de su especie.

Ajuste sí, pero no así 

No hay duda de que Colombia requiere una propuesta de ajuste fiscal, que hay que garantizar que el Estado cuente con recursos para honrar sus compromisos de deuda, atender los gastos de funcionamiento, mantener la infraestructura pública, asegurar la prestación de bienes o servicios colectivos: seguridad, medio ambiente, agua potable, saneamiento básico, etc.; pero es también cierto que la política fiscal debe establecerse dentro de un marco que, en vez de profundizar, ayude a corregir las enormes brechas que existen tanto entre personas y grupos sociales como entre las regiones y actividades económicas. La llamada propuesta de rescate económico está totalmente en contravía de este propósito. 

Ningún gobierno puede venirse con una lluvia de impuestos al desgaire; existen límites cuando hay fallas ya creadas y, más aún, cuando se advierte que sus impactos discriminan en contra de los grupos más vulnerables de la sociedad, afectan el consumo y la inversión y, al final, repercuten negativamente en el conjunto de la actividad productiva. No se debe dejar de lado que son las desigualdades las que, en gran medida, están en la base de los grandes problemas sociales, políticos y de la violencia que el país adolece, por lo que entre más progresiva sea la estructura tributaria, habrá menos personas en situación de pobreza y tendremos un país más estable social y políticamente. 

Estamos a merced, por un lado, de un poder legislativo —en su mayoría de los afectos del presidente — que aseguraría la aprobación ¬de la reforma, y por otro, de un movimiento social que logre aglutinar a quienes van a salir más afectados por esta para cerrarle el paso. Son dos lugares por excelencia de la política: uno, el de la democracia representativa, viciado por el trámite de prebendas y el saldo a favor de los grupos de poder que financiaron a sus representantes en el Congreso; otro, el de la democracia directa, los sectores sociales que, con menor presencia en el cuerpo parlamentario, se movilizan en calles, plazas y demás espacios naturales que aseguran su participación. Es un pulso en juego y entre luces y sombras queda por verse el desenlace.  

En cualquier circunstancia, lo que se necesita es una sociedad que se convenza de que es deshonroso mantenerse como el tercer país más desigual del mundo, que no hay lugar a que esa situación se siga profundizando y que es muy peligroso el punto al que, entre el autoritarismo, la improvisación, la mediocridad y la payasada del gobernante nos estamos conduciendo.  


*Economista-Magister en estudios políticos 



lunes, 26 de octubre de 2026

Bora, Latinoamérica


Hay mucho que aprender de esta experiencia de contrapoder mediático, con la que esta vez también jugó la izquierda, acompañada de arte, calle y multitudes alegres y dispuestas. 


Orlando Ortiz Medina*


Foto: La Jornada Zacatecas
Aunque la oleada de la extrema derecha parecía imparable, con el triunfo de Luiz Inácio Lula da Silva, América Latina toma un nuevo aire. Brasil se planta como muro de contención y se convierte en la voz de quienes, como ocurre en otras latitudes, se levantan frente a una sociedad que desvaría en su crisis. 

El asunto no era solo ganarle a Bolsonaro. Al fin y al cabo es un personaje insignificante, vacío y sin mayores méritos, como corresponde a los de su especie, esa hornada de nuevos dirigentes que ofrecen el pasado como futuro y que hasta ahora se sentían a sus anchas y con el camino despejado.

Lo ocurrido el pasado 25 de octubre fue un capítulo más en el que, desde el otro lado del péndulo, se enfrentaba a esa fuerza que desde el conservadurismo y la extrema derecha se ha ido consolidando y pretende la involución como respuesta a las demandas de quienes ponen en cuestión sus desatinos. El resultado deja a Brasil como la insignia de esa parte del mundo que desafía a un modelo de sociedad que avanza entre los oropeles de un progreso deshumanizante y negador de la vida.

Fue una derrota a los traficantes de una fe instrumentalizada a favor de quienes inflaman su poder y hacen fortuna con el analfabetismo al que han reducido a sus pobladores.

Fue un revés a la voracidad del regente de un imperio que ha creído que el mundo le pertenece y que no hay hombres o mujeres que mantengan su dignidad y no están dispuestos a bajarse a sus rodillas. 

Fue un triunfo contra el poderoso y manoseado influjo de las redes sociales, que secuestra tiempo, vidas y emociones, pero que hoy sufre un revés y nos demuestra que tampoco es infalible. Hay mucho que aprender de esta experiencia de contrapoder mediático, con la que esta vez también jugó la izquierda, acompañada de arte, calle y multitudes alegres y dispuestas. 

Con Lula gana el multilateralismo, la posibilidad de un mundo que abrace la diversidad cultural, que se sobreponga a la pretensión de un poder único y totalitario que deshace la humanidad en guerras y quiere imponer una sola manera de entender el desarrollo, de comprender y conquistar la felicidad, de imaginar y manifestar los deseos. 

Brasil se planta como muro de contención y se convierte en la voz de quienes, como ocurre en otras latitudes, se levantan frente a una sociedad que desvaría en su crisis. 

Junto a México, Brasil se mantiene en América Latina como la puerta abierta para una más diversificada red de fuentes de intercambio de conocimiento, tecnologías, productos, servicios y divisas internacionales. También como la contracara del proyecto militarista en el que se enmarca el llamado Escudo de las Américas, al que sin ningún miramiento se acogen la mayoría de presidentes de la región, cogidos como están de las férulas que los mantienen a discreción del impresentable mandatario norteamericano. 

Gana la defensa del caudal de recursos que a bien puso la naturaleza para los hijos de su tierra y que hoy pretenden ser puestos en la contabilidad de quienes no se ruborizan por apropiárselos, sin que importe la vida y el sacrificio de generaciones presentes y futuras.

Brasil ganó un pulso en defensa de la Amazonía, cuyas bondades de su cuidado extienden la posibilidad de lluvias frescas y aire impoluto más allá de sus fronteras. Ganó el derecho a decidir cómo disponer de sus recursos sin necesidad de endosarlos solo al valor de cambio y sí al valor de uso, sin el propósito depredador que domina a los aviesos contadores de dinero.

El joven de 80 años ꟷporque para la revolución no se envejeceꟷ, obrero metalúrgico que no terminó sus estudios secundarios e hijo de una madre analfabeta, fue esta vez el David que se actualizó para enfrentar a un Goliat multiforme, ubicuo y de mil caras, al que le fueron superiores la valentía, la sapiencia y la dignidad de un pueblo.



*Economista-Magister en estudios políticos



miércoles, 21 de octubre de 2026

Brasil, a tiro de as

 

Un eventual triunfo de Bolsonaro tan solo ratificará el decurso regresivo que arrastra al mundo, en uno de los momentos tal vez más críticos a que asiste la civilización occidental


Orlando Ortiz Medina*


Foto: Prensa Latina
Con los resultados de la primera vuelta de las elecciones presidenciales del pasado 4 de octubre en Brasil, quedó a tiro de as la derrota completa del movimiento progresista y democrático en América del Sur. Lo que falta podría consumarse este domingo 25 de octubre, en un escenario que se avizora muy difícil para el presidente Luiz Inácio Lula da Silva, quien mide su fuerza frente al candidato de la extrema derecha, Flavio Bolsonaro.

Las cifras hablan 

Si bien la diferencia entre Bolsonaro, Partido Liberal (PL) y Lula, Partido de los trabajadores (PT), fue menos del 2 % (47,03 % contra 45,16 %), un empate técnico, los resultados son más crudos si se miran en el conjunto de elecciones que se llevaron a cabo de manera simultánea: Senado, Cámara de Diputados, gobernaciones y asambleas regionales. 

El saldo neto es una extrema derecha consolidada. Frente a la primera vuelta de 2022, Lula, del partido de los Trabajadores (PT), retrocedió 3,5 %, mientras que Bolsonaro aumentó 3,9 %. El PL dobló su representación en el Senado al ganar 19 de los 54 escaños que estaban en disputa, con lo que el año entrante tendrá 28 de las 81 curules que conforman esa cámara, una representación mayoritaria que no se veía desde 1998. El PT tendrá solo nueve. 

En la Cámara de Diputados, el PL se quedó con 121 de los 513 diputados que la conforman; casi 24 % del total y un crecimiento de 22 % respecto a 2022 (tenía 98). Es la mayor bancada en la historia reciente de Brasil. El PT, por su parte, pasó de 82 a 88 diputados, adicionando solo seis, aunque se mantenga como la segunda fuerza política para esta nueva legislatura. 

En el caso de las gobernaciones, en primera vuelta se eligieron 20 de las 27 en disputa (las siete restantes se resolverán en la segunda porque ningún candidato superó el 50%). De ellas, el partido de Bolsonaro aseguró seis y el partido de Lula tres. En los Estados de Sao Paulo y de Minas Gerais, así como el de Río de Janeiro, considerados de los más claves en el conjunto del electorado, el bolsonarismo se impuso con sobrada distancia frente a Lula. 

¿Qué pasa en Brasil?

Nada distinto a lo que ha pasado en Colombia, Argentina, Chile, Bolivia, Perú, Ecuador y pasa más allá del continente. Es el saldo de una sociedad que ha elegido subordinarse a la falange indecorosa que se está tomando el mundo, conformada por liderazgos venidos de una humanidad resquebrajada y que ofrecen la regresión como futuro, y a los que, más que vena de estadistas, los destaca su prontuario delictivo y la carencia absoluta de fundamentos y principios éticos.  

Es la irrupción de una derecha ultraconservadora que se propone sellar sus creencias e ideologías como norma, anegar los derechos conquistados por decenas de generaciones anteriores, naturalizar la violencia y deshacer los valores y las instituciones democráticas. Es, de alguna manera, lo que queda de las malogradas promesas de la modernidad y de la ilustración, que terminaron convertidas en la antítesis del progreso y consagraron el sálvense quien pueda por encima de una ética del bien común, de la solidaridad y de la posibilidad de convivir entre las diferencias. 

Son los tiempos de una política espectáculo en donde la razón y el debate calificado se subsumen a la manipulación de las emociones, el insulto tiene más valor que el argumento y la incompetencia y la capacidad para mentir se valoran como virtud. Una sociedad conducida por los algoritmos y la vacuidad de las redes, que la hacen incapaz de advertir la derrota a la que se le conduce como civilización y como especie.

El resultado es manifiesto 

Lo anterior explica que quedemos en cabeza de gobernantes condenados o incursos en investigaciones por pedofilia, abuso sexual, narcotráfico, connivencia con grupos delincuenciales, trampas al fisco, riquezas de oscura procedencia, etc., aspectos en los que poco repara la ciudadanía a la hora de elegir. Una ciudadanía cada vez más lenta e irreflexiva, dispuesta a la condonación y normalización de los delitos independientemente de su estatus, nivel de formación, procedencia o condición social.

Casi como autómatas, los ciudadanos eligen a personajes crapulosos, picarescos, histriónicos y cultores del show con el que disfrazan su mediocridad y su falta de talento. Trump, Milei, Noboa, De la Espriella, Bukele, Bolsonaro… son parte de esa nómina de actores en la penosa escenografía que, entre el drama y la comedia, se ha tomado el lugar de la política y deshace lo que va quedando de la democracia. 

Son los mismos que niegan los fracasos a los que ha conducido un modelo de desarrollo cuyos impactos truncan las posibilidades de realización de la vida y condenan a millones de seres humanos a la exclusión, el hambre y la pobreza; los clamorosos de la xenofobia y la homofobia; los negacionistas de derechos para los grupos étnicos, las mujeres, las comunidades diversas, etc., pese a que se proclamen desde creencias o doctrinas que invocan la comunión y preconizan la fe, cuando en realidad la instrumentalizan al convertirla en el soporte de sus estrategias políticas y electorales. 

Falta decir que son, además, los mentores de unas patrias que condenan al destierro, cuando ceden las instituciones, someten sus decisiones y ponen territorios, capacidades y recursos a merced de intereses que no son los de sus naciones, mientras pregonan soberanías en las que no creen y ofrecen seguridades que no poseen, pese a convertir a sus países en bastiones del militarismo. 

Blanco es…

Así, un eventual triunfo de Bolsonaro tan solo ratificará el decurso regresivo que arrastra al mundo, en uno de los momentos tal vez más críticos a que asiste la civilización occidental, oscurecida por las guerras, la reencarnación de dictadores, la supremacía de potencias y plutócratas, y cerebros conducidos desde una granja de bots o desde el lugar de homilías de un acaudalado pastor religioso. 

Si de potencias y plutócratas se trata, los Estados Unidos, el máximo ejemplo de un gobierno que es emblema de la degradación (con el perdón del de Colombia si siente que se le quitan méritos), lograrán con Bolsonaro ubicar a uno de sus mejores peones en el tablero para la consolidación de su poder en América Latina. Sobran razones para explicar su injerencia en las elecciones a través de aranceles, presiones diplomáticas, el bloqueo al presidente Lula en las plataformas de Meta y el cierre de su embajada pocos días antes de las votaciones.  

Por su inmenso caudal de recursos naturales: petróleo, carbón, tierras raras y la inmensa riqueza de la Amazonía, Brasil, como en realidad todo el orbe, está en la mira del proyecto MAGA y la doctrina Donroe, que son la carta de navegación para las ambiciones del mandatario gringo. 

También por ser Brasil en la región uno de los principales contendientes del consabido amo de la región, al que pone en apuros y establece límites a su estrategia expansionista, mediante la diversificación de su portafolio de relaciones, con los BRICS, por ejemplo, y especialmente China. Ha logrado, además, un mejor posicionamiento de su economía a nivel internacional y le ha dado un mayor dinamismo a su mercado interno, que lo hace hoy un país con mayor autonomía, menos frágil a los flujos y los choques internacionales y con más distancia de las directrices del norte.

Queda entonces una reflexión final. Si también Brasil, como Colombia, México, Bolivia y otros países de la región han logrado durante los gobiernos progresistas reducir sustancialmente los niveles de pobreza, corregir inequidades, bajar la informalidad, mejorar los salarios y elevar en general la calidad de vida de sus ciudadanos, ¿Por qué, entonces, buena parte de esas poblaciones se mantiene inclinada a favor de quienes han jugado y siguen jugando en contra de sus intereses?

Todo indica que no basta resolver las llamadas necesidades primarias o asuntos del estómago. Hay frentes en los que el progresismo se ha quedado corto o no ha logrado dar en el clavo.  Vale la pena pensarlo


*Economista-Magíster en estudios políticos


miércoles, 7 de octubre de 2026

¿Por qué no aplauden?


Tenemos, por decir lo menos, un presidente de mentiras y un país expuesto a una enorme capacidad de daño.


Orlando Ortiz Medina*


Foto: Cedar News
Igual que una camisa o una corbata italiana, unos mocasines sin medias o una barba arreglada en Miami, Abelardo de La Espriella luce una pistola al cinto y se pasea como farolero entre cadáveres.  

Mocasines, camisa, corbata o pistola son, indistintamente, una representación de su arrogancia; un dispositivo que adiciona a su vanidad; una puesta en escena para llenar sus vacíos, suplir sus caprichos y lucir sus necedades. Lo que definitivamente no reflejan sus atuendos y excéntricos comportamientos es grandeza de estadista, que es lo que pretende simular. Tenemos, por decir lo menos, un presidente de mentiras y un país expuesto a una enorme capacidad de daño.  

El continuo giro alrededor del enclave narcisista que lo domina le impide entrar en contacto con la tumultuosa realidad que lo circunda. Su gobierno se mueve al calor de la necesidad de abonar el culto de su imagen, refrendar su poder, henchir su ego y convenir aplausos. No importa que se le vea lejos de contar con el conocimiento, la experiencia, seriedad y responsabilidad que se demanda para afrontar los problemas de un país de tan pesada complejidad como Colombia. 

Para De la Espriella, gobernar es darse palmaditas en el hombro y no tener otra interlocución que la que guarda con su espejo, carcelero de su imagen. Es a él al único que consulta para descubrirse una y otra vez en las que, cree, son sus hazañas. Lástima, como dice el poeta Juan Manuel Roca, que los espejos no reflexionan antes de devolvernos su imagen (deberían hacerlo), pues no siempre son sinceros. 

Si en campaña fue desde religioso hasta animador de piñatas, como gobernante luce un disfraz para cada ocasión, confeccionado a la medida del vendedor de ilusiones con que se hizo al cargo. Es impulsivo, imprudente, con ínfulas dictatoriales y sin la gala de quien tiene la tarea de representar a una nación, a la que está ahogando en sus insolencias.  

El desvergonzado gesto de huir —a oscuras y a hurtadillas, como roedor culpable— del recinto en que se realizaba su posesión como presidente fue un anuncio de lo que iba a ser su mandato. Su aparición, minutos después, a través de una pantalla en una guarnición militar dejó claro que iba a gobernar al ritmo de sus caprichos y del brillo de las pistolas, pasándose por encima de los límites que la Constitución le impone. Ignoró, además, el decoro y los principios y valores a los que está obligado como persona y como gobernante, cuando dejó abandonado al pleno del Congreso y a la nómina de invitados nacionales e internacionales que asistían al evento. Reafirmó, de paso, la impronta militarista que ronronea en los oídos de quienes han sido los amos del poder en Colombia. 

Con Abelardo de la Espriella la democracia está en riesgo. Más rápido de lo que hubiéramos podido imaginar, avanza el cierre de los espacios participativos y se advierte una peligrosa demolición de las instituciones. Frente al Congreso, las Cortes, los jueces de la república, los medios de comunicación y los llamados de la oposición se muestra ajeno y no exhibe más que su odiosa y grosera personalidad. Es un patán que se viste de lujo, pero transpira humor de ropa humedecida en vertederos. 

Su gobierno se mueve al calor de la necesidad de abonar el culto de su imagen, refrendar su poder, henchir su ego y convenir aplausos.

Exalta constantemente una azarosa simbología de violencia, bajo premisas basadas, entre otras, en el fundamentalismo religioso, que utiliza a sabiendas del peligroso contenido que inoculan; especialmente en Colombia, en donde en otros tiempos, al grito de «¡Viva Cristo rey!», los púlpitos y las sotanas de un clero retardatario aplaudió e hizo eco de quienes mochaban cabezas, desocupaban a cuchilladas los vientres de mujeres embarazadas y cortaban lenguas por ser coloradas y no azules. De ello bien podría hablarnos algún miembro de su gabinete, su secretario en la presidencia o su ficha en el Congreso, todos de la genealogía de un llamado «Monstruo» que gobernó a principios de los años cincuenta del siglo pasado. Omito su nombre porque solo nombrarlo causa miedo.  

Su gabinete no está compuesto propiamente por personas expertas en lo que requieren los cargos. Cada ministro, ministra o cualquier miembro de su equipo es, antes que nada, parte de la insufrible carga ideológica que aureola su gobierno, fundada en el conservadurismo extremo, el fanatismo religioso —al que se convirtió para llegar a ser presidente— y la orientación ultraderechista que quiere imponer a toda costa como parte de lo que denomina la batalla cultural. 

Dentro de esa catadura fundamentalista quedaron inscritos los Ministerios de Educación, de Cultura, la Cancillería, el Ministerio de Vivienda, el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF) y el Instituto Caro y Cuervo, que son parte de los que ahora fungen como altares de la llamada patria milagro, por donde desfilan sheriffs y camanduleros a los que se les ha encomendado la misión de refundar el lenguaje y construir un nuevo diccionario, a tono con un discurso que desconoce la realidad de un país diverso, así como los derechos de grupos y sectores de población que han puesto sangre y vidas en su tarea de conquistarlos.

Orígenes, historias de vida, conceptos, creencias, raíces, pertenencias culturales, géneros, identidades, orientaciones sexuales, libertades sobre el cuerpo y la reproducción, así como manifestaciones artísticas y culturales en el campo de las letras, el teatro, la danza, la música, la pintura, etc., pretenden ser anegados en el marco de una arenga unanimista y canónica que quiere imponer la mediocre y atrasada burocracia que se ha hecho al control de las instituciones. 

Es penosa la situación en que se encuentra postrado el país: amenazas, persecuciones, hostigamiento, actuaciones deshumanizantes que degradan el ejercicio de gobierno y que a lo único que llaman es a la reafirmación de la violencia como única razón de la existencia del Estado y único camino para la solución de los problemas. En un país como Colombia, en donde la violencia, el crimen y el poder de las mafias ha sido un medio expedito de ascenso y representación, un personaje de la estirpe y el pasado de Abelardo de la Espriella no es propiamente abono para la democracia. 

Se requiere un presidente que actúe conforme a derecho y sea respetuoso de los límites que fijan los marcos institucionales, así como los valores y principios que imponen la ética y el sentido de humanidad en el ejercicio del poder. Los caprichos, la arrogancia o el deseo de venganza del mandatario no pueden llevar a la ciudadanía a un estado permanente de miedo y de zozobra. No es válido exaltar una obra de gobierno que se mida, y de la que se ufanen, por la celebración de la muerte. En la guerra, vencedores, vencidos y hasta el más saciado en su sed de triunfo son víctimas; nadie gana; ni los muertos ni la sangre son, para ningún país, brillo que enaltezca. 

No se trata de hacer de la guerra un juego ni de que el presidente se muestre como Rambo o el protagonista de una película de vaqueros. Se trata, sí, de dar cuerpo a una política de seguridad, que en efecto se requiere, pero como parte de un conjunto más amplio de políticas basadas en una adecuada lectura de contexto y con la capacidad de dar respuesta a los factores que dan lugar a la generación de violencia, asociados en su mayoría a causas estructurales.  

La seguridad no es el realce -más bien el morbo- de una estética de la guerra que para los ciudadanos significa inestabilidad física, emocional, social, incluso política, independientemente de que en ella se recree el presidente. Es también la solución de la pobreza, la desigualdad, el desempleo, la garantía de los derechos, la superación de las deficiencias y las inequidades regionales. Es decir, es la conjunción con una agenda social, cuánto mejor si está basada en el diálogo, la participación ciudadana y la formación de consensos. 

Capturar, dar de baja o extraditar un delincuente no son nada novedoso ni significan mayores proezas; son golpes de rutina que realmente no logran debilitar el poder ni las estructuras de sus organizaciones. Cientos o miles de delincuentes a lo largo de décadas han sido dados de baja o extraditados, pero luego se reproducen como reflejo de unas políticas que, pese a rebasar varios gobiernos, han resultado inútiles. Es una clara muestra del fracaso de quienes, en Colombia y más allá, persisten en su tozudez o se hacen los de la vista gorda, porque se arriesgarían a perder si de verdad tomaran el toro por los cuernos. Nada agrega que contemos con un presidente pantallero y armado de pistola. 

Mientras tanto, el país se mantiene a la espera de la propuesta con que se iba a enfrentar la problemática de la salud y a la presentación de un presupuesto de austeridad para corregir el déficit fiscal, reducir el endeudamiento y asegurar los gastos de funcionamiento e inversión del Estado. Con apenas dos meses de avance del gobierno ya sabemos que eso no va a ser y que todo era parte de la demagógica estrategia de campaña.

No es válido exaltar una obra de gobierno que se mida, y de la que se ufanen, por la celebración de la muerte. 

El presupuesto presentado no solo no disminuyó, sino que se incrementó en sesenta billones. Tampoco se reduce, como se había prometido, el tamaño del Estado, puesto que aumentarán los gastos en burocracia. También se han anunciado crecidos montos de endeudamiento que castigarán el bolsillo de todos los colombianos. Eso sí, se recortarán los recursos dirigidos al componente social del gasto: salud, educación, cultura, agricultura y el Departamento de Prosperidad social, mientras se aumentan los rubros destinados a los ministerios de Hacienda y de Defensa. Se recortan los gastos de inversión del Estado y se calcula que, antes que disminuir, el déficit fiscal llegará al 9,4 % del PIB (alrededor de tres puntos más que el valor actual) y la deuda llegará a un 66 %, significativamente superior al saldo heredado del anterior Gobierno. 

Si en su interior la patria milagro es un mar de angustias e incertidumbre, hacia el mundo es solo una parcela endosada a la agenda de Estados Unidos y el libreto de su lunático gobernante, al que el presidente de Colombia le copia o le copia so pena de ser reprendido —por qué no aprehendido— si llegare a hacer caso omiso a sus dictados. 

Por eso Medellín es la sede del Escudo de las Américas, una iniciativa política y militar para cuidarle, no solo la espalda, sino las bases militares, los recursos naturales y todo lo que en América Latina esté incluido en el saco de las ambiciones del mandatario gringo. Por eso también se le dio un lugar secundario a la atención de las secuelas del terremoto, al ocuparse primero de firmar un acuerdo que autoriza la realización de operaciones militares entre los dos países, pasándose por la faja la debida autorización del Congreso de la República. Se restablecieron las relaciones diplomáticas con Israel, al que se reconoció su soberanía en los Altos del Golán y se autorizó el traslado de la embajada de Colombia a Jerusalén. Se retiró la demanda que cursa contra ese país en la Corte Internacional de Justicia (CIJ), se reconoció la soberanía de Marruecos sobre el Sáhara Occidental y se ha puesto en cuestión la participación de Colombia en organismos como la ONU, la misma CIJ y otros escenarios internacionales.

El milagro va a ser que nos quede patria mientras jugamos a ser parias en la arena internacional y mantenemos la penosa humillación a que está sometido Abelardo de la Espriella, tramitando deportaciones, amenazando con o solicitando quitar visas a críticos u opositores, incluyendo a comunicadores, líderes, mandatarios regionales o jueces de la república que pongan en cuestión sus autoritarias decisiones y actitudes. 

Además, anticipándose a lo que se puede venir, está en curso una propuesta de reglamentación de la protesta social que recuerda la Ley de los Caballos de 1888, el Estado de Sitio que se respaldaba en el artículo 121 de la Constitución de 1886 y, a su amparo, el tenebroso Estatuto de Seguridad del Gobierno de Julio César Turbay Ayala, a finales de la década de los setenta del siglo pasado. Sabemos lo que estas medidas significaron en materia de represión de la movilización ciudadana y de cualquier asomo de manifestación en contra de las iniciativas del gobierno. 

Se le teme a que, de seguir como vamos, Colombia se está convirtiendo en un peligroso barril de pólvora que, más temprano que tarde, podría conducir a un nuevo estallido social con consecuencias que, si se acude a la sensatez, pudieran evitarse. 


*Economista-Magister en estudios políticos 


sábado, 29 de agosto de 2026

Cinco en la Comisión, cero en conducta


Difícil aceptar que una representación política, de la cual parte de sus lideres y militancia ha sido sacrificada, termine, por no sabemos qué razones, conciliando con quienes, además de su presunta responsabilidad material, se han empeñado en obstruir la justicia y deshonrar la memoria de las víctimas.  ´


Orlando Ortiz Medina*

 

Foto: Costa Noticias
En un sistema de democracia representativa, como el que, al menos formalmente, existe en Colombia, quien resulte elegido administra un poder delegado y debe obediencia a quienes le otorgaron su voto. Más allá de una escueta representación política, es también vocero de quienes comprometieron voluntades, valores y principios éticos. Ni el poder ni la autonomía del elegido son omnímodos, cumple un mandato, rinde cuentas y está sometido al escrutinio de sus electores.  

Viene al caso el llamado por la actuación de cinco congresistas del Pacto Histórico, que dieron su voto para que el proceso que cursa en la Fiscalía contra el expresidente Alvaro Uribe Vélez por su presunta participación en las masacres de El Aro, La Granja y el asesinato del defensor de derechos humanos, Jesús María Valle, sea trasladad a la Comisión de Acusaciones de la Cámara de Representantes (más conocida como Comisión de Absoluciones) de la cual forman parte.  

Viejo zorro, el expresidente, junto con su bufete de abogados, se apunta este nuevo golpe de astucia, que no es sino otra maniobra dilatoria para prolongar el juicio y allanar el camino hacia una impunidad casi segura por crímenes cometidos hace cerca de tres décadas. Pero más grave y doloroso es saber que sea una bofetada a las víctimas y un supremo acto de incoherencia de parte de la bancada progresista, elegida precisamente para que represente sus intereses y no los de quienes se presumen como victimarios. 

Los hechos que se imputan al expresidente revisten extrema gravedad y son serios los indicios de su participación en los mismos; forman parte, además, de un momento especialmente doloroso de la historia de Colombia, lo que no admite pretexto o razón alguna que los lleve a ser otros más de los tantos consignados en el libro del olvido. 

Los casos de El Aro, La Granja y el asesinato de Jesús María Valle son emblemáticos y personifican crímenes como los cometidos contra Bernardo Jaramillo, Jaime Pardo Leal, Carlos Pizarro, José Antequera, Manuel Cepeda, Héctor Abad Gómez, cientos más de líderes y defensores de derechos humanos y más de cinco mil militantes de la Unión Patriótica asesinados. Unos y otros en la más absoluta impunidad y ovillados en la parafernalia criminal en que de distintas formas ha sido implicado el controvertido expresidente. 

En un sistema de democracia representativa, como, al menos formalmente, es el que existe en Colombia, quien resulte elegido administra un poder delegado y debe obediencia a quienes le otorgaron su voto.

Difícil aceptar que una representación política, de la cual parte de sus lideres y militancia ha sido sacrificada, termine, por no sabemos qué razones, conciliando con quienes, además de su presunta responsabilidad material, se han empeñado en obstruir la justicia y deshonrar la memoria de las víctimas.  

¿A qué propósitos estaban respondiendo María del Mar Pizarro, Alejandro Toro, Jorge Bastidas, Heráclito Landinez y Gabriel Becerra, cuando deciden comprometer el voto de sus electores en esa decisión? 

¿Qué explica que no se haya analizado, o se haya hecho caso omiso, de que los delitos imputados al señor Uribe fueron cometidos antes de haber ejercido como presidente, lo que de suyo invalida que puedan ser tramitados en la Comisión de Acusaciones de la Cámara? 

De qué manera se ha sumado a las artimañas de Uribe, a sus abogados y a sus calanchines en el Congreso el cuestionado quíntuple de representantes. Imposible pensar que no fueran conscientes del inmenso favor que le estaban haciendo al decano de las cabriolas y los quites a la justicia. Cuantos años más le han regalado a su ya larga carrera de evasiones ahora que, muy seguramente, el caso deberá someterse a una nueva travesía en la Corte Constitucional, única autorizada para dirimir la supuesta colisión de competencias.  

Es imperativo que el Pacto Histórico dé una explicación a sus electores. Lo ocurrido no es un asunto menor y deja serias dudas del rol de su representación en la Cámara de Representantes, o al menos en la cuestionada Comisión de Acusaciones. Ni sus bases ni su militancia, mucho menos la memoria de quienes fueron sacrificados en esta larga historia de dolor y de violencia pueden terminar siendo un rey de burlas. 

Se conoció un pronunciamiento del senador y excandidato Iván Cepeda, en el que se aparta de la decisión, llama a que el caso continúe en la Fiscalía y reafirma su compromiso con la verdad y con las víctimas. También sería pertinente un pronunciamiento del expresidente Gustavo Petro, no solo por su condición de líder del partido, sino por los rumores que circulan en torno a que la actuación de los congresistas obedece a un acuerdo con el Centro Democrático -avalado por él-,  en una especie de “hagámonos pasito”, frente a eventuales procesos que puedan adelantarse en su contra en la misma Comisión.   

Es claro que los espacios de representación dan lugar a la celebración de acuerdos con otras fuerzas políticas, pero también lo es que hay límites que no pueden sobrepasarse, especialmente cuando se trata de poner en juego valores y principios de quienes se representan, máxime frente a sucesos que han comprometido el respeto a los derechos, la dignidad y la vida.  

El comunicado expedido por los representantes del Pacto Histórico en la Comisión de Acusaciones es una justificación evasiva y mediocre del porqué de su actuación, y un maltrato más a quienes les exigimos coherencia, respeto y responsabilidad en sus decisiones.  

Colombia, particularmente la izquierda, vive un momento en el que el palo no está para cucharas. Mucho menos para que se ayude a clavar el cuchillo.  


*Economista-Magister en estudios políticos




jueves, 13 de agosto de 2026

Qué desfase, señor presidente


 No hay mandatario alguno al que se le pueda aceptar sustraerse de los principios éticos y el sentido de humanidad en su ejercicio de gobierno, menos cuando escasean las manos, faltan recursos y cada minuto es oro para el rescate de una vida.


Orlando Ortiz Medina*


Foto: The New York Times
Mientras literalmente el país se derrumba, el presidente Abelardo de La Espriella ha dejado ver que su cabeza está más ocupada en desarrollar su política internacional que en la atención de las prioridades que demanda la emergencia ocasionada por el sismo ocurrido el pasado 10 de agosto. 

Es claro que el señor De la Espriella no tiene los pies en la tierra, la que de manera implacable se sacude y nos castiga. No sabe dónde está parado, no es consciente de lo que necesita un país al que su gente llora, aunque con coraje y resistencia. Está en las nubes, situado en el universo de su megalomanía y disfrutando con insolencia las mieles del poder, de las que tanto gusta.  

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Apenas se estaban conociendo los primeros efectos del terremoto y, sin haberse referido al mismo, el presidente se ocupaba más bien de dar a conocer que reconocía la soberanía de Israel sobre los Altos del Golán. Colombia se suma a la pandilla de gobernantes que se toman por asalto territorios, se pasan por encima del derecho internacional y de la voluntad y soberanía de las naciones. 

Qué desfase de agenda, qué señor fuera de foco. El departamento de Chocó, Pereira, Cali, Manizales y Buenaventura esperaban en ese momento al menos un mensaje de aliento y solidaridad, a falta igualmente de medidas para atender la emergencia. 

A pocos días de iniciado su mandato, era más urgente reafirmar su adscripción a la política expansionista de Donald Trump y Benjamin Netanyahu, que la atención a las consecuencias de un hecho, en efecto sobreviniente, pero que no debería demandar mayor desgaste de sesos para un señor de tan vasta frente.  

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De nuevo meando fuera del tiesto en cuanto a prioridades se refiere, pocas horas después se conocía la firma de un acuerdo para la realización de operaciones militares conjuntas con Estados Unidos, en un supuesto apoyo a la lucha contra el narcotráfico. Una medida claramente violatoria de la Constitución colombiana que, en su artículo 173, establece que ese tipo de decisiones deben ser autorizadas por el Senado de la República.

De esto nos hemos enterado por boca del secretario de Defensa estadounidense Pete Hegseth, y no por la del gran comunicador que suele ser el señor presidente, hábil gestualizador y manipulador de imágenes. Era urgente certificar que los Estados Unidos necesitan un patio trasero más seguro, qué importa que, en el entretanto, se nos estuvieran cayendo las ciudades al interior del país. 

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En simultánea, en la misma noche del terremoto se produjeron bombardeos por parte de las fuerzas armadas en la región del Catatumbo para atacar supuestos blancos del Ejército de Liberación Nacional -ELN-. Lo que hasta ahora se conoce, según un comunicado de la Defensoría del Pueblo, es que la única afectada fue la población civil, pues quedaron tres personas heridas y un importante número de desplazados hacia el municipio de El Tarra.

No creo que alguien se oponga a que el Estado se ocupe de combatir a los grupos armados y delincuenciales, solo que, en momentos de tensión, de tanto dolor y depresión colectiva, bien vale pensar en si es necesario darse un respiro. El conflicto en el Catatumbo, que es el de toda Colombia, no comenzó ayer ni va a terminar mañana. 

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Desconcertante por demás ha sido la posición asumida por el Gobierno frente a la ayuda humanitaria ofrecida por otros países para atender la emergencia. Apoyos de naciones como México, China o Brasil han sido groseramente rechazados, mientras en Colombia la ciudadanía pone al tope el temple de su dolor, el alcance de sus manos y su indoblegable espíritu de solidaridad para ayudar al rescate de su gente. 

Todo indica que se ha establecido un curioso y deplorable filtro que deja pasar solamente el socorro que proviene de gobiernos afines a sus posturas ideológicas. Esto de alinear la cooperación internacional no es de un estadista serio y refleja solo una torpeza sin límites. No hay mandatario alguno al que se le pueda aceptar sustraerse de los principios éticos y el sentido de humanidad en su ejercicio de gobierno, menos cuando escasean las manos, faltan recursos y cada minuto es oro para el rescate de una vida. 

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En sus pocos días de gobierno, hasta ahora son un fiasco las hechuras y apariciones del presidente. Común en él, denotan antes que nada una muestra mediática, cada vez una nueva exposición de su vanidad y su arrogancia.

Lo vimos en su primer pronunciamiento sobre el balance del desastre, con una sonrisa de oreja a oreja, caminando y lanzando besos como reina en pasarela. Una imagen reprochable e indignante frente a un país que en ese mismo instante lloraba y sentía el dolor de cada vida perdida, de cada familia afectada.

Como se dice coloquialmente, el señor presidente no ha sentado cabeza, no se ha ubicado, no ha notado que ya pasaron los tiempos de campaña; no es consciente de las responsabilidades que ha asumido; no sabe en qué silla lo sentaron. 

Qué dirá ese medio país que lo eligió, si es que ya notó, que puso a un señor en el lugar equivocado. Un saltimbanqui que llega al ejercicio de gobierno como debutante de un circo y sin otra experiencia que la de haber deambulado entre negocios infectos e impuros recovecos.   

Sabemos, como dice un poema popular, de esos que a su refinado gusto no lo deben complacer, que “su extranjerismo es delicioso”; que delira siendo rey más allá de los confines de su patria; la misma de la que desprecia su comida y se mofa de su cultura. Sabemos, como bien lo ha destacado su agenda de estos primeros y atormentados días, que ha llegado más presto a servir a otros intereses que a atender las afugias de su gente. Todo eso y más sabemos del número uno del exhibicionismo y cero en humildad y sensatez que nos toca soportar en esta mala hora de Colombia. 


*Economista-Magister en estudios políticos

jueves, 23 de julio de 2026

Mundial 2026: Argentina, nacionalismo y soberanía.


Tantas cosas que pasan, que a veces se ignoran, y que para verlas no se necesita más que echar a rodar una pelota. 


Orlando Ortiz Medina*


Foto:Perfil
En medio de todas las inconstancias que se vivieron durante el encuentro mundialista, es difícil poner en cuestión que la selección española le otorgó a su país el legítimo derecho a brindar en su nueva copa. Pero lo mejor que queda de este Mundial es la reafirmación de que el fútbol, más allá de una disciplina deportiva, es la caja de resonancia de lo que está siendo el mundo. Los tartufos, la geografía del poder, las desigualdades, la política, la tecnología con sus más y sus menos, el márquetin, la generalizada cultura del emprendimiento, las guerras, además de las manifestaciones racistas y de desprecio por culturas y nacionalidades fueron el plato servido en los manteles multicolores de sus tribunas. 

Absurdo el tufillo de moralidad con el que quiso aureolarse la confluencia de los seleccionados, pese a que tuvo tantas manchas; una en especial, la FIFA, cuyo presidente, Gianni Infantino, dio el peor ejemplo al doblegarse a uno de los seres más despreciables del mundo y cuyas manos lavadas en tintas de sangre manosearon la majestuosidad del trofeo.

Faltos de autoridad y prohibidos para prohibir quienes, en una decisión claramente política, obligaron a Haití a cambiar su camiseta por llevar una pequeña imagen que solo hacía alusión a su guerra de independencia. Más aún, los que prohibieron a la delegación de Irán pernoctar en el país que oficiaba como sede principal del mundial, aunque allí mismo les programaron partidos: Inglewood, California y Seattle, Washington. 

Pretender, además, controlar las emociones en canchas y tribunas es desconocer que a ellas llegan la historia y los símbolos que arrastran las sociedades como reflejo de sus identidades, alegrías y tristezas.

Ingenuidad, cinismo o falta de comprensión eso de querer evitar que en el juego se mezclaran hechos extrafutbolísticos; que se trataba solo de un evento deportivo, como se proclamó desde distintas voces, sobre todo a propósito del partido de Argentina contra Inglaterra, sin duda el de mayor relevancia en el torneo. Absurdo aquello de que estaban prohibidas las manifestaciones políticas en los estadios, que ignora la dimensión sustancialmente política de lo que cada vez menos se refiere a una confluencia de representaciones lúdicas.

Pretender, además, controlar las emociones en canchas y tribunas es desconocer que a ellas llegan la historia y los símbolos que arrastran las sociedades como reflejo de sus identidades, alegrías y tristezas. La afición no solo sufre o celebra lo que ocurre en el momento de juego; con el movimiento de la pelota se afloran los resentimientos, las broncas, las diferencias y el saldo que las sociedades heredan de sus conflictos, dentro o más allá de sus fronteras.  

Argentina ganó el partido que tenía que ganar

El ejemplo más ilustrativo de estos planos cruzados en el fútbol es el de la selección argentina, cuyo partido más significativo no fue su final contra España, sino el de la semifinal con Inglaterra, en el que se impuso por dos goles a uno. Frente a los ingleses, Argentina ganó el partido que por encima de todo tenía que ganar; pues era la remembranza de un momento doloroso de su historia que evocaba, por un lado, el vergonzoso rezago de colonialismo que todavía persiste en América Latina, y, por otro, los luctuosos tiempos de dictadura que vivió entre los años setenta y ochenta, a la par con otros países de la región.    

El presidente Javier Milei y su canciller Pablo Quirno, así como el presidente de la FIFA, prohibieron el ingreso de objetos y la entonación en el estadio de cánticos que evocaran el conflicto que existe entre los dos países por la propiedad de las islas Malvinas, the Falkland Islands para los ingleses. Se equivocaron, era imposible evitar que ese encuentro rememorara la guerra, conocida como la del Atlántico Sur, ocurrida entre el dos de abril y el 14 de junio de 1982.

La tela blanca con letras negras que izaron los muchachos del equipo de Messi rechazaba la ocupación de las islas por parte de los ingleses desde hace cerca de doscientos años. Recordaba también las vidas de 649 jóvenes sacrificados durante los 74 días que duró la confrontación y que tuvo como telón de fondo las argucias de la Junta Militar que desde marzo de 1976 se apoderó del gobierno.

Adicionalmente, para los argentinos glorioso y para los ingleses doloroso, el recuerdo del partido jugado en el estadio Azteca (México-1986) en el que el todopoderoso del país austral, Diego Armando Maradona, anotó los que son tal vez los dos goles más históricos del siglo XX: uno por su indiscutible calidad y otro por su — aunque cuestionable — indiscutible y apreciado valor simbólico, el de la mano de Dios. 

Los militares, en su momento en cabeza de Leopoldo Fortunato Galtieri, se habían propuesto la recuperación de las islas, no propiamente con el interés de defender la soberanía nacional, sino como un grosero acto de manipulación que buscaba exaltar el patriotismo y generar un sentimiento de entusiasmo colectivo que pusiera un velo sobre la grave crisis que vivía el país. Declive económico, protestas sociales y, sobre todo, el desprestigio interno e internacional por las graves violaciones de los derechos humanos expresadas en torturas, asesinatos, secuestros y desapariciones forzadas, cometidas por miembros del ejército, la fuerza aérea y la armada argentina.

Frente a los ingleses, Argentina ganó el partido que por encima de todo tenía que ganar; pues era la remembranza de un momento doloroso de su historia

El 30 de marzo de 1982 una marcha obrera de cincuenta mil personas convocada hacia Plaza de Mayo puteaba a Galtieri reclamando paz, pan y trabajo. El 2 de abril, apenas dos días después, en esa misma plaza, ese número de población se duplicaba, banderas en mano, esta vez para cantar vivas a Galtieri y a la marina argentina que iniciaba su gesta por la “recuperación” de las islas (Guerriero, 2024).

La gran distracción

Para 1978, Jorge Rafael Videla, el primero en asumir el gobierno a nombre de la Junta Militar, con su país como sede, había utilizado el Mundial para distraer a la comunidad internacional y a sus propios ciudadanos de las tropelías cometidas por el régimen.

Fue tal que la llegada del equipo argentino a la fase final estuvo precedida por un icónico partido contra la selección de Perú, a la que, para pasar y dejar por fuera a Brasil, Argentina tenía que ganarle por una diferencia de cuatro goles.

La diferencia no fue de cuatro sino de seis goles, marcador sobrado. Lo que más se recuerda de ese partido es que, antes de jugarse, el seleccionado de Perú recibió en el camerino la visita del dictador argentino, acompañado nada menos que del secretario de Estado norteamericano Henry Kissinger. Sobre el particular vinieron después todo tipo de versiones y es difícil saber en realidad de qué hablaron, pero fueron seis goles y Videla era Videla y Kissinger era Kissinger.

La Junta Militar se acrecentó en honores y le dijo al mundo que su país era un paraíso, una democracia sólida y que nadie como sus jugadores -eso sí era cierto- albergaba ese ímpetu de ganadores. Ese año Argentina se coronó campeón y en las calles los gritos de celebración ahogaban los de quienes, al mismo tiempo, estaban siendo desaparecidos, tirados al mar, sometidos a torturas o asesinados en los cuarteles.  

Fútbol y soberanía

La guerra por las Malvinas terminó un día después de que la selección argentina debutara ahora en el Mundial de España, con un partido que perdió contra Bélgica. La nueva participación mundialista hacia curso entre la exaltación del nacionalismo, el encubrimiento a los desmanes de la dictadura, los soldados que se rendían humillados a la marina británica y los cuerpos que llegaban en los ataúdes para ser entregados a sus familiares, envueltos en la bandera azul y blanco que los recordaría siempre como héroes de la patria. 

Hoy, a casi cincuenta años de su primer título mundial en 1978, cuarenta después del triunfo contra Inglaterra en 1986 que le serviría para ganar su segunda copa en final disputada contra Alemania, y campeona luego en el Mundial de Catar en 2022, entre los mismos avatares del fútbol, el reclamo por la soberanía sigue siendo una lucha de diversos sectores políticos y sociales argentinos.  

Esta vez con más razones porque a la devolución de las islas se agrega lo que allí mismo ocurre en materia de explotación y aprovechamiento de sus recursos naturales, cuando empresas israelíes y británicas avanzan en la exploración de yacimientos petroleros, no obstante estar prohibido por resoluciones de la Organización de Naciones Unidas.

Mientras se jugaba el Mundial, por iniciativa del gobierno de Milei, el Congreso argentino discutía un proyecto de ley dirigido a eliminar restricciones a la compra de tierras rurales por parte de ciudadanos y empresas extranjeras

Además, porque, mientras se jugaba el Mundial, por iniciativa del gobierno de Milei, el Congreso argentino discutía un proyecto de ley dirigido a eliminar restricciones a la compra de tierras rurales por parte de ciudadanos y empresas extranjeras, lo que llevaría a que, aparte de las tierras, fuentes de agua, yacimientos mineros o de hidrocarburos, glaciares, bosques nativos, así como los suelos quemados debido a incendios forestales, quedarían bajo su mando. 

Vuelve aquí el balón y sus dominios. La prohibición a hinchas y jugadores de usar sus banderas para reclamar que "Las Malvinas son argentinas" reavivó las demandas de soberanía; tanto que alteró los nervios de los congresistas y, al menos por ahora, hizo recular a los que están dispuestos a votar a favor del proyecto. Así que, en vez de actuar como anestesiante, esta vez el fútbol sirvió para acrecentar la identidad en torno a la defensa de sus recursos y en contra de un Gobierno cuyo presidente se ha mostrado más cerca de los intereses foráneos que de los de su propio país. 

La pelota mueve 

Argentina no logró ser campeón, pero el fútbol como emblema sobresaliente de su historia ha servido esta vez para reafirmar que, si no un gobierno, sí hay un pueblo que no olvida que todavía pisan su suelo enclaves coloniales y que se mantiene dispuesto a plantarse para que ni se mantenga ni se extienda una situación que, avanzado más de un cuarto del nuevo siglo, indigna por su permanencia y avergüenza por su anacronismo.  

Vimos pasar de todo en este Mundial organizado en su mayoría por un país no futbolista: las banderas de Israel que evocaban sin ruborizarse a uno de los decanos del crimen en el mundo;  el cambio en las reglas de juego de manera que se adaptara a las codiciosas necesidades de las marcas publicitarias; los ecos y resquemores de las guerras promovidas por algunos de los que, sin pudor, entregaron medallas y trofeos; la bandera palestina ondeada para condenar el genocidio en Gaza; la estatua humana que emulaba a Patrice Lumumba para simbolizar la lucha contra el crimen y el racismo en África.

Cómo no nombrar el desfile de Trump e Infantino dirigiéndose a la tribuna de premiación coreados por una adorable melodía de chiflidos que les recordaba que en el campo de futbol son mucho menos que su arrogancia.

Tantas cosas que pasan, que a veces se ignoran, y que para verlas no se necesita más que echar a rodar una pelota. 

Bibliografía de referencia

Galeano, Eduardo, 1995. El fútbol a sol y sombra. Tercer mundo editores.  

Guerrero Leila, 2024. La otra guerra, una historia del cementerio argentino en las islas Malvinas. Nuevos cuadernos de Anagrama, 4ª edición.

Valdano, Jorge, 2016. Fútbol: juego infinito. Conecta. Penguin Random House  

Villoro, Juan, 2026. Los héroes numerados. Seix Barral

https://www.filo.news/noticia/2026/05/24/petroleras-britanica-e-israeli-planean-duplicar-la-produccion-de-petroleo-en-malvinas-pese-al-rechazo-argentino

https://www.pagina12.com.ar/2026/07/20/el-ultimo-tango/

https://www.pagina12.com.ar/2026/07/20/la-vidriera-irrespetuosa-2/

https://www.pagina12.com.ar/2026/07/19/todo-esta-guardado-en-la-memoria/


*Economista-Magister en estudios políticos