miércoles, 7 de octubre de 2026

¿Por qué no aplauden?


Tenemos, por decir lo menos, un presidente de mentiras y un país expuesto a una enorme capacidad de daño.


Orlando Ortiz Medina*


Foto: Cedar News
Igual que una camisa o una corbata italiana, unos mocasines sin medias o una barba arreglada en Miami, Abelardo de La Espriella luce una pistola al cinto y se pasea como farolero entre cadáveres.  

Mocasines, camisa, corbata o pistola son, indistintamente, una representación de su arrogancia; un dispositivo que adiciona a su vanidad; una puesta en escena para llenar sus vacíos, suplir sus caprichos y lucir sus necedades. Lo que definitivamente no reflejan sus atuendos y excéntricos comportamientos es grandeza de estadista, que es lo que pretende simular. Tenemos, por decir lo menos, un presidente de mentiras y un país expuesto a una enorme capacidad de daño.  

El continuo giro alrededor del enclave narcisista que lo domina le impide entrar en contacto con la tumultuosa realidad que lo circunda. Su gobierno se mueve al calor de la necesidad de abonar el culto de su imagen, refrendar su poder, henchir su ego y convenir aplausos. No importa que se le vea lejos de contar con el conocimiento, la experiencia, seriedad y responsabilidad que se demanda para afrontar los problemas de un país de tan pesada complejidad como Colombia. 

Para De la Espriella, gobernar es darse palmaditas en el hombro y no tener otra interlocución que la que guarda con su espejo, carcelero de su imagen. Es a él al único que consulta para descubrirse una y otra vez en las que, cree, son sus hazañas. Lástima, como dice el poeta Juan Manuel Roca, que los espejos no reflexionan antes de devolvernos su imagen (deberían hacerlo), pues no siempre son sinceros. 

Si en campaña fue desde religioso hasta animador de piñatas, como gobernante luce un disfraz para cada ocasión, confeccionado a la medida del vendedor de ilusiones con que se hizo al cargo. Es impulsivo, imprudente, con ínfulas dictatoriales y sin la gala de quien tiene la tarea de representar a una nación, a la que está ahogando en sus insolencias.  

El desvergonzado gesto de huir —a oscuras y a hurtadillas, como roedor culpable— del recinto en que se realizaba su posesión como presidente fue un anuncio de lo que iba a ser su mandato. Su aparición, minutos después, a través de una pantalla en una guarnición militar dejó claro que iba a gobernar al ritmo de sus caprichos y del brillo de las pistolas, pasándose por encima de los límites que la Constitución le impone. Ignoró, además, el decoro y los principios y valores a los que está obligado como persona y como gobernante, cuando dejó abandonado al pleno del Congreso y a la nómina de invitados nacionales e internacionales que asistían al evento. Reafirmó, de paso, la impronta militarista que ronronea en los oídos de quienes han sido los amos del poder en Colombia. 

Con Abelardo de la Espriella la democracia está en riesgo. Más rápido de lo que hubiéramos podido imaginar, avanza el cierre de los espacios participativos y se advierte una peligrosa demolición de las instituciones. Frente al Congreso, las Cortes, los jueces de la república, los medios de comunicación y los llamados de la oposición se muestra ajeno y no exhibe más que su odiosa y grosera personalidad. Es un patán que se viste de lujo, pero transpira humor de ropa humedecida en vertederos. 

Su gobierno se mueve al calor de la necesidad de abonar el culto de su imagen, refrendar su poder, henchir su ego y convenir aplausos.

Exalta constantemente una azarosa simbología de violencia, bajo premisas basadas, entre otras, en el fundamentalismo religioso, que utiliza a sabiendas del peligroso contenido que inoculan; especialmente en Colombia, en donde en otros tiempos, al grito de «¡Viva Cristo rey!», los púlpitos y las sotanas de un clero retardatario aplaudió e hizo eco de quienes mochaban cabezas, desocupaban a cuchilladas los vientres de mujeres embarazadas y cortaban lenguas por ser coloradas y no azules. De ello bien podría hablarnos algún miembro de su gabinete, su secretario en la presidencia o su ficha en el Congreso, todos de la genealogía de un llamado «Monstruo» que gobernó a principios de los años cincuenta del siglo pasado. Omito su nombre porque solo nombrarlo causa miedo.  

Su gabinete no está compuesto propiamente por personas expertas en lo que requieren los cargos. Cada ministro, ministra o cualquier miembro de su equipo es, antes que nada, parte de la insufrible carga ideológica que aureola su gobierno, fundada en el conservadurismo extremo, el fanatismo religioso —al que se convirtió para llegar a ser presidente— y la orientación ultraderechista que quiere imponer a toda costa como parte de lo que denomina la batalla cultural. 

Dentro de esa catadura fundamentalista quedaron inscritos los Ministerios de Educación, de Cultura, la Cancillería, el Ministerio de Vivienda, el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF) y el Instituto Caro y Cuervo, que son parte de los que ahora fungen como altares de la llamada patria milagro, por donde desfilan sheriffs y camanduleros a los que se les ha encomendado la misión de refundar el lenguaje y construir un nuevo diccionario, a tono con un discurso que desconoce la realidad de un país diverso, así como los derechos de grupos y sectores de población que han puesto sangre y vidas en su tarea de conquistarlos.

Orígenes, historias de vida, conceptos, creencias, raíces, pertenencias culturales, géneros, identidades, orientaciones sexuales, libertades sobre el cuerpo y la reproducción, así como manifestaciones artísticas y culturales en el campo de las letras, el teatro, la danza, la música, la pintura, etc., pretenden ser anegados en el marco de una arenga unanimista y canónica que quiere imponer la mediocre y atrasada burocracia que se ha hecho al control de las instituciones. 

Es penosa la situación en que se encuentra postrado el país: amenazas, persecuciones, hostigamiento, actuaciones deshumanizantes que degradan el ejercicio de gobierno y que a lo único que llaman es a la reafirmación de la violencia como única razón de la existencia del Estado y único camino para la solución de los problemas. En un país como Colombia, en donde la violencia, el crimen y el poder de las mafias ha sido un medio expedito de ascenso y representación, un personaje de la estirpe y el pasado de Abelardo de la Espriella no es propiamente abono para la democracia. 

Se requiere un presidente que actúe conforme a derecho y sea respetuoso de los límites que fijan los marcos institucionales, así como los valores y principios que imponen la ética y el sentido de humanidad en el ejercicio del poder. Los caprichos, la arrogancia o el deseo de venganza del mandatario no pueden llevar a la ciudadanía a un estado permanente de miedo y de zozobra. No es válido exaltar una obra de gobierno que se mida, y de la que se ufanen, por la celebración de la muerte. En la guerra, vencedores, vencidos y hasta el más saciado en su sed de triunfo son víctimas; nadie gana; ni los muertos ni la sangre son, para ningún país, brillo que enaltezca. 

No se trata de hacer de la guerra un juego ni de que el presidente se muestre como Rambo o el protagonista de una película de vaqueros. Se trata, sí, de dar cuerpo a una política de seguridad, que en efecto se requiere, pero como parte de un conjunto más amplio de políticas basadas en una adecuada lectura de contexto y con la capacidad de dar respuesta a los factores que dan lugar a la generación de violencia, asociados en su mayoría a causas estructurales.  

La seguridad no es el realce -más bien el morbo- de una estética de la guerra que para los ciudadanos significa inestabilidad física, emocional, social, incluso política, independientemente de que en ella se recree el presidente. Es también la solución de la pobreza, la desigualdad, el desempleo, la garantía de los derechos, la superación de las deficiencias y las inequidades regionales. Es decir, es la conjunción con una agenda social, cuánto mejor si está basada en el diálogo, la participación ciudadana y la formación de consensos. 

Capturar, dar de baja o extraditar un delincuente no son nada novedoso ni significan mayores proezas; son golpes de rutina que realmente no logran debilitar el poder ni las estructuras de sus organizaciones. Cientos o miles de delincuentes a lo largo de décadas han sido dados de baja o extraditados, pero luego se reproducen como reflejo de unas políticas que, pese a rebasar varios gobiernos, han resultado inútiles. Es una clara muestra del fracaso de quienes, en Colombia y más allá, persisten en su tozudez o se hacen los de la vista gorda, porque se arriesgarían a perder si de verdad tomaran el toro por los cuernos. Nada agrega que contemos con un presidente pantallero y armado de pistola. 

Mientras tanto, el país se mantiene a la espera de la propuesta con que se iba a enfrentar la problemática de la salud y a la presentación de un presupuesto de austeridad para corregir el déficit fiscal, reducir el endeudamiento y asegurar los gastos de funcionamiento e inversión del Estado. Con apenas dos meses de avance del gobierno ya sabemos que eso no va a ser y que todo era parte de la demagógica estrategia de campaña.

No es válido exaltar una obra de gobierno que se mida, y de la que se ufanen, por la celebración de la muerte. 

El presupuesto presentado no solo no disminuyó, sino que se incrementó en sesenta billones. Tampoco se reduce, como se había prometido, el tamaño del Estado, puesto que aumentarán los gastos en burocracia. También se han anunciado crecidos montos de endeudamiento que castigarán el bolsillo de todos los colombianos. Eso sí, se recortarán los recursos dirigidos al componente social del gasto: salud, educación, cultura, agricultura y el Departamento de Prosperidad social, mientras se aumentan los rubros destinados a los ministerios de Hacienda y de Defensa. Se recortan los gastos de inversión del Estado y se calcula que, antes que disminuir, el déficit fiscal llegará al 9,4 % del PIB (alrededor de tres puntos más que el valor actual) y la deuda llegará a un 66 %, significativamente superior al saldo heredado del anterior Gobierno. 

Si en su interior la patria milagro es un mar de angustias e incertidumbre, hacia el mundo es solo una parcela endosada a la agenda de Estados Unidos y el libreto de su lunático gobernante, al que el presidente de Colombia le copia o le copia so pena de ser reprendido —por qué no aprehendido— si llegare a hacer caso omiso a sus dictados. 

Por eso Medellín es la sede del Escudo de las Américas, una iniciativa política y militar para cuidarle, no solo la espalda, sino las bases militares, los recursos naturales y todo lo que en América Latina esté incluido en el saco de las ambiciones del mandatario gringo. Por eso también se le dio un lugar secundario a la atención de las secuelas del terremoto, al ocuparse primero de firmar un acuerdo que autoriza la realización de operaciones militares entre los dos países, pasándose por la faja la debida autorización del Congreso de la República. Se restablecieron las relaciones diplomáticas con Israel, al que se reconoció su soberanía en los Altos del Golán y se autorizó el traslado de la embajada de Colombia a Jerusalén. Se retiró la demanda que cursa contra ese país en la Corte Internacional de Justicia (CIJ), se reconoció la soberanía de Marruecos sobre el Sáhara Occidental y se ha puesto en cuestión la participación de Colombia en organismos como la ONU, la misma CIJ y otros escenarios internacionales.

El milagro va a ser que nos quede patria mientras jugamos a ser parias en la arena internacional y mantenemos la penosa humillación a que está sometido Abelardo de la Espriella, tramitando deportaciones, amenazando con o solicitando quitar visas a críticos u opositores, incluyendo a comunicadores, líderes, mandatarios regionales o jueces de la república que pongan en cuestión sus autoritarias decisiones y actitudes. 

Además, anticipándose a lo que se puede venir, está en curso una propuesta de reglamentación de la protesta social que recuerda la Ley de los Caballos de 1888, el Estado de Sitio que se respaldaba en el artículo 121 de la Constitución de 1886 y, a su amparo, el tenebroso Estatuto de Seguridad del Gobierno de Julio César Turbay Ayala, a finales de la década de los setenta del siglo pasado. Sabemos lo que estas medidas significaron en materia de represión de la movilización ciudadana y de cualquier asomo de manifestación en contra de las iniciativas del gobierno. 

Se le teme a que, de seguir como vamos, Colombia se está convirtiendo en un peligroso barril de pólvora que, más temprano que tarde, podría conducir a un nuevo estallido social con consecuencias que, si se acude a la sensatez, pudieran evitarse. 


*Economista-Magister en estudios políticos 


sábado, 29 de agosto de 2026

Cinco en la Comisión, cero en conducta


Difícil aceptar que una representación política, de la cual parte de sus lideres y militancia ha sido sacrificada, termine, por no sabemos qué razones, conciliando con quienes, además de su presunta responsabilidad material, se han empeñado en obstruir la justicia y deshonrar la memoria de las víctimas.  ´


Orlando Ortiz Medina*

 

Foto: Costa Noticias
En un sistema de democracia representativa, como el que, al menos formalmente, existe en Colombia, quien resulte elegido administra un poder delegado y debe obediencia a quienes le otorgaron su voto. Más allá de una escueta representación política, es también vocero de quienes comprometieron voluntades, valores y principios éticos. Ni el poder ni la autonomía del elegido son omnímodos, cumple un mandato, rinde cuentas y está sometido al escrutinio de sus electores.  

Viene al caso el llamado por la actuación de cinco congresistas del Pacto Histórico, que dieron su voto para que el proceso que cursa en la Fiscalía contra el expresidente Alvaro Uribe Vélez por su presunta participación en las masacres de El Aro, La Granja y el asesinato del defensor de derechos humanos, Jesús María Valle, sea trasladad a la Comisión de Acusaciones de la Cámara de Representantes (más conocida como Comisión de Absoluciones) de la cual forman parte.  

Viejo zorro, el expresidente, junto con su bufete de abogados, se apunta este nuevo golpe de astucia, que no es sino otra maniobra dilatoria para prolongar el juicio y allanar el camino hacia una impunidad casi segura por crímenes cometidos hace cerca de tres décadas. Pero más grave y doloroso es saber que sea una bofetada a las víctimas y un supremo acto de incoherencia de parte de la bancada progresista, elegida precisamente para que represente sus intereses y no los de quienes se presumen como victimarios. 

Los hechos que se imputan al expresidente revisten extrema gravedad y son serios los indicios de su participación en los mismos; forman parte, además, de un momento especialmente doloroso de la historia de Colombia, lo que no admite pretexto o razón alguna que los lleve a ser otros más de los tantos consignados en el libro del olvido. 

Los casos de El Aro, La Granja y el asesinato de Jesús María Valle son emblemáticos y personifican crímenes como los cometidos contra Bernardo Jaramillo, Jaime Pardo Leal, Carlos Pizarro, José Antequera, Manuel Cepeda, Héctor Abad Gómez, cientos más de líderes y defensores de derechos humanos y más de cinco mil militantes de la Unión Patriótica asesinados. Unos y otros en la más absoluta impunidad y ovillados en la parafernalia criminal en que de distintas formas ha sido implicado el controvertido expresidente. 

En un sistema de democracia representativa, como, al menos formalmente, es el que existe en Colombia, quien resulte elegido administra un poder delegado y debe obediencia a quienes le otorgaron su voto.

Difícil aceptar que una representación política, de la cual parte de sus lideres y militancia ha sido sacrificada, termine, por no sabemos qué razones, conciliando con quienes, además de su presunta responsabilidad material, se han empeñado en obstruir la justicia y deshonrar la memoria de las víctimas.  

¿A qué propósitos estaban respondiendo María del Mar Pizarro, Alejandro Toro, Jorge Bastidas, Heráclito Landinez y Gabriel Becerra, cuando deciden comprometer el voto de sus electores en esa decisión? 

¿Qué explica que no se haya analizado, o se haya hecho caso omiso, de que los delitos imputados al señor Uribe fueron cometidos antes de haber ejercido como presidente, lo que de suyo invalida que puedan ser tramitados en la Comisión de Acusaciones de la Cámara? 

De qué manera se ha sumado a las artimañas de Uribe, a sus abogados y a sus calanchines en el Congreso el cuestionado quíntuple de representantes. Imposible pensar que no fueran conscientes del inmenso favor que le estaban haciendo al decano de las cabriolas y los quites a la justicia. Cuantos años más le han regalado a su ya larga carrera de evasiones ahora que, muy seguramente, el caso deberá someterse a una nueva travesía en la Corte Constitucional, única autorizada para dirimir la supuesta colisión de competencias.  

Es imperativo que el Pacto Histórico dé una explicación a sus electores. Lo ocurrido no es un asunto menor y deja serias dudas del rol de su representación en la Cámara de Representantes, o al menos en la cuestionada Comisión de Acusaciones. Ni sus bases ni su militancia, mucho menos la memoria de quienes fueron sacrificados en esta larga historia de dolor y de violencia pueden terminar siendo un rey de burlas. 

Se conoció un pronunciamiento del senador y excandidato Iván Cepeda, en el que se aparta de la decisión, llama a que el caso continúe en la Fiscalía y reafirma su compromiso con la verdad y con las víctimas. También sería pertinente un pronunciamiento del expresidente Gustavo Petro, no solo por su condición de líder del partido, sino por los rumores que circulan en torno a que la actuación de los congresistas obedece a un acuerdo con el Centro Democrático -avalado por él-,  en una especie de “hagámonos pasito”, frente a eventuales procesos que puedan adelantarse en su contra en la misma Comisión.   

Es claro que los espacios de representación dan lugar a la celebración de acuerdos con otras fuerzas políticas, pero también lo es que hay límites que no pueden sobrepasarse, especialmente cuando se trata de poner en juego valores y principios de quienes se representan, máxime frente a sucesos que han comprometido el respeto a los derechos, la dignidad y la vida.  

El comunicado expedido por los representantes del Pacto Histórico en la Comisión de Acusaciones es una justificación evasiva y mediocre del porqué de su actuación, y un maltrato más a quienes les exigimos coherencia, respeto y responsabilidad en sus decisiones.  

Colombia, particularmente la izquierda, vive un momento en el que el palo no está para cucharas. Mucho menos para que se ayude a clavar el cuchillo.  


*Economista-Magister en estudios políticos




jueves, 13 de agosto de 2026

Qué desfase, señor presidente


 No hay mandatario alguno al que se le pueda aceptar sustraerse de los principios éticos y el sentido de humanidad en su ejercicio de gobierno, menos cuando escasean las manos, faltan recursos y cada minuto es oro para el rescate de una vida.


Orlando Ortiz Medina*


Foto: The New York Times
Mientras literalmente el país se derrumba, el presidente Abelardo de La Espriella ha dejado ver que su cabeza está más ocupada en desarrollar su política internacional que en la atención de las prioridades que demanda la emergencia ocasionada por el sismo ocurrido el pasado 10 de agosto. 

Es claro que el señor De la Espriella no tiene los pies en la tierra, la que de manera implacable se sacude y nos castiga. No sabe dónde está parado, no es consciente de lo que necesita un país al que su gente llora, aunque con coraje y resistencia. Está en las nubes, situado en el universo de su megalomanía y disfrutando con insolencia las mieles del poder, de las que tanto gusta.  

*

Apenas se estaban conociendo los primeros efectos del terremoto y, sin haberse referido al mismo, el presidente se ocupaba más bien de dar a conocer que reconocía la soberanía de Israel sobre los Altos del Golán. Colombia se suma a la pandilla de gobernantes que se toman por asalto territorios, se pasan por encima del derecho internacional y de la voluntad y soberanía de las naciones. 

Qué desfase de agenda, qué señor fuera de foco. El departamento de Chocó, Pereira, Cali, Manizales y Buenaventura esperaban en ese momento al menos un mensaje de aliento y solidaridad, a falta igualmente de medidas para atender la emergencia. 

A pocos días de iniciado su mandato, era más urgente reafirmar su adscripción a la política expansionista de Donald Trump y Benjamin Netanyahu, que la atención a las consecuencias de un hecho, en efecto sobreviniente, pero que no debería demandar mayor desgaste de sesos para un señor de tan vasta frente.  

**

De nuevo meando fuera del tiesto en cuanto a prioridades se refiere, pocas horas después se conocía la firma de un acuerdo para la realización de operaciones militares conjuntas con Estados Unidos, en un supuesto apoyo a la lucha contra el narcotráfico. Una medida claramente violatoria de la Constitución colombiana que, en su artículo 173, establece que ese tipo de decisiones deben ser autorizadas por el Senado de la República.

De esto nos hemos enterado por boca del secretario de Defensa estadounidense Pete Hegseth, y no por la del gran comunicador que suele ser el señor presidente, hábil gestualizador y manipulador de imágenes. Era urgente certificar que los Estados Unidos necesitan un patio trasero más seguro, qué importa que, en el entretanto, se nos estuvieran cayendo las ciudades al interior del país. 

***

En simultánea, en la misma noche del terremoto se produjeron bombardeos por parte de las fuerzas armadas en la región del Catatumbo para atacar supuestos blancos del Ejército de Liberación Nacional -ELN-. Lo que hasta ahora se conoce, según un comunicado de la Defensoría del Pueblo, es que la única afectada fue la población civil, pues quedaron tres personas heridas y un importante número de desplazados hacia el municipio de El Tarra.

No creo que alguien se oponga a que el Estado se ocupe de combatir a los grupos armados y delincuenciales, solo que, en momentos de tensión, de tanto dolor y depresión colectiva, bien vale pensar en si es necesario darse un respiro. El conflicto en el Catatumbo, que es el de toda Colombia, no comenzó ayer ni va a terminar mañana. 

****

Desconcertante por demás ha sido la posición asumida por el Gobierno frente a la ayuda humanitaria ofrecida por otros países para atender la emergencia. Apoyos de naciones como México, China o Brasil han sido groseramente rechazados, mientras en Colombia la ciudadanía pone al tope el temple de su dolor, el alcance de sus manos y su indoblegable espíritu de solidaridad para ayudar al rescate de su gente. 

Todo indica que se ha establecido un curioso y deplorable filtro que deja pasar solamente el socorro que proviene de gobiernos afines a sus posturas ideológicas. Esto de alinear la cooperación internacional no es de un estadista serio y refleja solo una torpeza sin límites. No hay mandatario alguno al que se le pueda aceptar sustraerse de los principios éticos y el sentido de humanidad en su ejercicio de gobierno, menos cuando escasean las manos, faltan recursos y cada minuto es oro para el rescate de una vida. 

*****

En sus pocos días de gobierno, hasta ahora son un fiasco las hechuras y apariciones del presidente. Común en él, denotan antes que nada una muestra mediática, cada vez una nueva exposición de su vanidad y su arrogancia.

Lo vimos en su primer pronunciamiento sobre el balance del desastre, con una sonrisa de oreja a oreja, caminando y lanzando besos como reina en pasarela. Una imagen reprochable e indignante frente a un país que en ese mismo instante lloraba y sentía el dolor de cada vida perdida, de cada familia afectada.

Como se dice coloquialmente, el señor presidente no ha sentado cabeza, no se ha ubicado, no ha notado que ya pasaron los tiempos de campaña; no es consciente de las responsabilidades que ha asumido; no sabe en qué silla lo sentaron. 

Qué dirá ese medio país que lo eligió, si es que ya notó, que puso a un señor en el lugar equivocado. Un saltimbanqui que llega al ejercicio de gobierno como debutante de un circo y sin otra experiencia que la de haber deambulado entre negocios infectos e impuros recovecos.   

Sabemos, como dice un poema popular, de esos que a su refinado gusto no lo deben complacer, que “su extranjerismo es delicioso”; que delira siendo rey más allá de los confines de su patria; la misma de la que desprecia su comida y se mofa de su cultura. Sabemos, como bien lo ha destacado su agenda de estos primeros y atormentados días, que ha llegado más presto a servir a otros intereses que a atender las afugias de su gente. Todo eso y más sabemos del número uno del exhibicionismo y cero en humildad y sensatez que nos toca soportar en esta mala hora de Colombia. 


*Economista-Magister en estudios políticos

jueves, 23 de julio de 2026

Mundial 2026: Argentina, nacionalismo y soberanía.


Tantas cosas que pasan, que a veces se ignoran, y que para verlas no se necesita más que echar a rodar una pelota. 


Orlando Ortiz Medina*


Foto:Perfil
En medio de todas las inconstancias que se vivieron durante el encuentro mundialista, es difícil poner en cuestión que la selección española le otorgó a su país el legítimo derecho a brindar en su nueva copa. Pero lo mejor que queda de este Mundial es la reafirmación de que el fútbol, más allá de una disciplina deportiva, es la caja de resonancia de lo que está siendo el mundo. Los tartufos, la geografía del poder, las desigualdades, la política, la tecnología con sus más y sus menos, el márquetin, la generalizada cultura del emprendimiento, las guerras, además de las manifestaciones racistas y de desprecio por culturas y nacionalidades fueron el plato servido en los manteles multicolores de sus tribunas. 

Absurdo el tufillo de moralidad con el que quiso aureolarse la confluencia de los seleccionados, pese a que tuvo tantas manchas; una en especial, la FIFA, cuyo presidente, Gianni Infantino, dio el peor ejemplo al doblegarse a uno de los seres más despreciables del mundo y cuyas manos lavadas en tintas de sangre manosearon la majestuosidad del trofeo.

Faltos de autoridad y prohibidos para prohibir quienes, en una decisión claramente política, obligaron a Haití a cambiar su camiseta por llevar una pequeña imagen que solo hacía alusión a su guerra de independencia. Más aún, los que prohibieron a la delegación de Irán pernoctar en el país que oficiaba como sede principal del mundial, aunque allí mismo les programaron partidos: Inglewood, California y Seattle, Washington. 

Pretender, además, controlar las emociones en canchas y tribunas es desconocer que a ellas llegan la historia y los símbolos que arrastran las sociedades como reflejo de sus identidades, alegrías y tristezas.

Ingenuidad, cinismo o falta de comprensión eso de querer evitar que en el juego se mezclaran hechos extrafutbolísticos; que se trataba solo de un evento deportivo, como se proclamó desde distintas voces, sobre todo a propósito del partido de Argentina contra Inglaterra, sin duda el de mayor relevancia en el torneo. Absurdo aquello de que estaban prohibidas las manifestaciones políticas en los estadios, que ignora la dimensión sustancialmente política de lo que cada vez menos se refiere a una confluencia de representaciones lúdicas.

Pretender, además, controlar las emociones en canchas y tribunas es desconocer que a ellas llegan la historia y los símbolos que arrastran las sociedades como reflejo de sus identidades, alegrías y tristezas. La afición no solo sufre o celebra lo que ocurre en el momento de juego; con el movimiento de la pelota se afloran los resentimientos, las broncas, las diferencias y el saldo que las sociedades heredan de sus conflictos, dentro o más allá de sus fronteras.  

Argentina ganó el partido que tenía que ganar

El ejemplo más ilustrativo de estos planos cruzados en el fútbol es el de la selección argentina, cuyo partido más significativo no fue su final contra España, sino el de la semifinal con Inglaterra, en el que se impuso por dos goles a uno. Frente a los ingleses, Argentina ganó el partido que por encima de todo tenía que ganar; pues era la remembranza de un momento doloroso de su historia que evocaba, por un lado, el vergonzoso rezago de colonialismo que todavía persiste en América Latina, y, por otro, los luctuosos tiempos de dictadura que vivió entre los años setenta y ochenta, a la par con otros países de la región.    

El presidente Javier Milei y su canciller Pablo Quirno, así como el presidente de la FIFA, prohibieron el ingreso de objetos y la entonación en el estadio de cánticos que evocaran el conflicto que existe entre los dos países por la propiedad de las islas Malvinas, the Falkland Islands para los ingleses. Se equivocaron, era imposible evitar que ese encuentro rememorara la guerra, conocida como la del Atlántico Sur, ocurrida entre el dos de abril y el 14 de junio de 1982.

La tela blanca con letras negras que izaron los muchachos del equipo de Messi rechazaba la ocupación de las islas por parte de los ingleses desde hace cerca de doscientos años. Recordaba también las vidas de 649 jóvenes sacrificados durante los 74 días que duró la confrontación y que tuvo como telón de fondo las argucias de la Junta Militar que desde marzo de 1976 se apoderó del gobierno.

Adicionalmente, para los argentinos glorioso y para los ingleses doloroso, el recuerdo del partido jugado en el estadio Azteca (México-1986) en el que el todopoderoso del país austral, Diego Armando Maradona, anotó los que son tal vez los dos goles más históricos del siglo XX: uno por su indiscutible calidad y otro por su — aunque cuestionable — indiscutible y apreciado valor simbólico, el de la mano de Dios. 

Los militares, en su momento en cabeza de Leopoldo Fortunato Galtieri, se habían propuesto la recuperación de las islas, no propiamente con el interés de defender la soberanía nacional, sino como un grosero acto de manipulación que buscaba exaltar el patriotismo y generar un sentimiento de entusiasmo colectivo que pusiera un velo sobre la grave crisis que vivía el país. Declive económico, protestas sociales y, sobre todo, el desprestigio interno e internacional por las graves violaciones de los derechos humanos expresadas en torturas, asesinatos, secuestros y desapariciones forzadas, cometidas por miembros del ejército, la fuerza aérea y la armada argentina.

Frente a los ingleses, Argentina ganó el partido que por encima de todo tenía que ganar; pues era la remembranza de un momento doloroso de su historia

El 30 de marzo de 1982 una marcha obrera de cincuenta mil personas convocada hacia Plaza de Mayo puteaba a Galtieri reclamando paz, pan y trabajo. El 2 de abril, apenas dos días después, en esa misma plaza, ese número de población se duplicaba, banderas en mano, esta vez para cantar vivas a Galtieri y a la marina argentina que iniciaba su gesta por la “recuperación” de las islas (Guerriero, 2024).

La gran distracción

Para 1978, Jorge Rafael Videla, el primero en asumir el gobierno a nombre de la Junta Militar, con su país como sede, había utilizado el Mundial para distraer a la comunidad internacional y a sus propios ciudadanos de las tropelías cometidas por el régimen.

Fue tal que la llegada del equipo argentino a la fase final estuvo precedida por un icónico partido contra la selección de Perú, a la que, para pasar y dejar por fuera a Brasil, Argentina tenía que ganarle por una diferencia de cuatro goles.

La diferencia no fue de cuatro sino de seis goles, marcador sobrado. Lo que más se recuerda de ese partido es que, antes de jugarse, el seleccionado de Perú recibió en el camerino la visita del dictador argentino, acompañado nada menos que del secretario de Estado norteamericano Henry Kissinger. Sobre el particular vinieron después todo tipo de versiones y es difícil saber en realidad de qué hablaron, pero fueron seis goles y Videla era Videla y Kissinger era Kissinger.

La Junta Militar se acrecentó en honores y le dijo al mundo que su país era un paraíso, una democracia sólida y que nadie como sus jugadores -eso sí era cierto- albergaba ese ímpetu de ganadores. Ese año Argentina se coronó campeón y en las calles los gritos de celebración ahogaban los de quienes, al mismo tiempo, estaban siendo desaparecidos, tirados al mar, sometidos a torturas o asesinados en los cuarteles.  

Fútbol y soberanía

La guerra por las Malvinas terminó un día después de que la selección argentina debutara ahora en el Mundial de España, con un partido que perdió contra Bélgica. La nueva participación mundialista hacia curso entre la exaltación del nacionalismo, el encubrimiento a los desmanes de la dictadura, los soldados que se rendían humillados a la marina británica y los cuerpos que llegaban en los ataúdes para ser entregados a sus familiares, envueltos en la bandera azul y blanco que los recordaría siempre como héroes de la patria. 

Hoy, a casi cincuenta años de su primer título mundial en 1978, cuarenta después del triunfo contra Inglaterra en 1986 que le serviría para ganar su segunda copa en final disputada contra Alemania, y campeona luego en el Mundial de Catar en 2022, entre los mismos avatares del fútbol, el reclamo por la soberanía sigue siendo una lucha de diversos sectores políticos y sociales argentinos.  

Esta vez con más razones porque a la devolución de las islas se agrega lo que allí mismo ocurre en materia de explotación y aprovechamiento de sus recursos naturales, cuando empresas israelíes y británicas avanzan en la exploración de yacimientos petroleros, no obstante estar prohibido por resoluciones de la Organización de Naciones Unidas.

Mientras se jugaba el Mundial, por iniciativa del gobierno de Milei, el Congreso argentino discutía un proyecto de ley dirigido a eliminar restricciones a la compra de tierras rurales por parte de ciudadanos y empresas extranjeras

Además, porque, mientras se jugaba el Mundial, por iniciativa del gobierno de Milei, el Congreso argentino discutía un proyecto de ley dirigido a eliminar restricciones a la compra de tierras rurales por parte de ciudadanos y empresas extranjeras, lo que llevaría a que, aparte de las tierras, fuentes de agua, yacimientos mineros o de hidrocarburos, glaciares, bosques nativos, así como los suelos quemados debido a incendios forestales, quedarían bajo su mando. 

Vuelve aquí el balón y sus dominios. La prohibición a hinchas y jugadores de usar sus banderas para reclamar que "Las Malvinas son argentinas" reavivó las demandas de soberanía; tanto que alteró los nervios de los congresistas y, al menos por ahora, hizo recular a los que están dispuestos a votar a favor del proyecto. Así que, en vez de actuar como anestesiante, esta vez el fútbol sirvió para acrecentar la identidad en torno a la defensa de sus recursos y en contra de un Gobierno cuyo presidente se ha mostrado más cerca de los intereses foráneos que de los de su propio país. 

La pelota mueve 

Argentina no logró ser campeón, pero el fútbol como emblema sobresaliente de su historia ha servido esta vez para reafirmar que, si no un gobierno, sí hay un pueblo que no olvida que todavía pisan su suelo enclaves coloniales y que se mantiene dispuesto a plantarse para que ni se mantenga ni se extienda una situación que, avanzado más de un cuarto del nuevo siglo, indigna por su permanencia y avergüenza por su anacronismo.  

Vimos pasar de todo en este Mundial organizado en su mayoría por un país no futbolista: las banderas de Israel que evocaban sin ruborizarse a uno de los decanos del crimen en el mundo;  el cambio en las reglas de juego de manera que se adaptara a las codiciosas necesidades de las marcas publicitarias; los ecos y resquemores de las guerras promovidas por algunos de los que, sin pudor, entregaron medallas y trofeos; la bandera palestina ondeada para condenar el genocidio en Gaza; la estatua humana que emulaba a Patrice Lumumba para simbolizar la lucha contra el crimen y el racismo en África.

Cómo no nombrar el desfile de Trump e Infantino dirigiéndose a la tribuna de premiación coreados por una adorable melodía de chiflidos que les recordaba que en el campo de futbol son mucho menos que su arrogancia.

Tantas cosas que pasan, que a veces se ignoran, y que para verlas no se necesita más que echar a rodar una pelota. 

Bibliografía de referencia

Galeano, Eduardo, 1995. El fútbol a sol y sombra. Tercer mundo editores.  

Guerrero Leila, 2024. La otra guerra, una historia del cementerio argentino en las islas Malvinas. Nuevos cuadernos de Anagrama, 4ª edición.

Valdano, Jorge, 2016. Fútbol: juego infinito. Conecta. Penguin Random House  

Villoro, Juan, 2026. Los héroes numerados. Seix Barral

https://www.filo.news/noticia/2026/05/24/petroleras-britanica-e-israeli-planean-duplicar-la-produccion-de-petroleo-en-malvinas-pese-al-rechazo-argentino

https://www.pagina12.com.ar/2026/07/20/el-ultimo-tango/

https://www.pagina12.com.ar/2026/07/20/la-vidriera-irrespetuosa-2/

https://www.pagina12.com.ar/2026/07/19/todo-esta-guardado-en-la-memoria/


*Economista-Magister en estudios políticos 


miércoles, 8 de julio de 2026

Tarjeta roja para el mundial


Bien vale que supiéramos hasta dónde llega el poder discrecional del presidente de la FIFA para otorgar ese tipo de favores y cuánto de esa discreción se encuentra atada a los intereses de aquellos a quienes simplemente se rinde como si su fueran sus amos. 


Orlando Ortiz Medina*


Imagen tomada de redes sociales
Definitivamente este sí ha sido el mundial de la vergüenza, como desde diferentes lugares se ha denominado. Lo que hasta ahora se establecía por lo ocurrido estrictamente en el campo de juego hoy se pone fuera de lugar y se traslada a la esfera de los poderes y las influencias políticas. 

Entra en barrena la máxima de que es el juego el único y último determinador de las decisiones que se tomen en la cancha, avaladas, claro está, por el juez central y los de línea, burlados esta vez por el influjo de fuerzas ajenas a la grama. 

El delantero de la selección de Estados Unidos, Folarin Balogun, recibió tarjeta roja en el partido contra Bosnia y Herzegovina, que lo dejaba inhabilitado para jugar contra Bélgica en el encuentro del 6 de junio en Seattle. Pero una llamada del presidente Donald Trump al presidente de la FIFA, Gianni Infantino, hizo que el futbolista fuera exonerado de la sanción. 

Lo ocurrido es el síntoma más claro del proceso de degradación en que viene el deporte más popular del mundo; la insignia del derrumbe moral y la quiebra ética de quienes están a cargo de su dirección, además de su anegamiento como lenguaje universal de comunicación entre pueblos, geografías, culturas y nacionalidades.  

En mal momento el fútbol deja de depender de las habilidades, destrezas y la condición física o los comportamientos de los deportistas en el terreno de juego, y se transfiere a quienes, faltos de escrúpulos y al arbitrio de sus poderes, se pasan por encima de las actuaciones de jueces y jugadores. 

El papel del presidente de los Estados Unidos y su interferencia para cambiar la decisión sobre hechos ocurridos en el juego es una desfachatez y una falta de respeto a quienes se sienten convocados al certamen futbolero. No menos lo es el del genuflexo presidente de la FIFA, del que deja poco que decir su impresentable gesto de humillación y de quien sabemos que no propiamente se ha lucido por su honradez, altitud y coherencia. 

Ya bastaba con haberle otorgado al fastidioso anfitrión del mundial el simulado Premio FIFA de la paz, que si algo busca es poner un velo a su ociosa manía de abrir cada vez más nuevos frentes de guerra en el mundo. 

Ya bastaba con haberle otorgado al fastidioso anfitrión del mundial el simulado Premio FIFA de la paz, que si algo busca es poner un velo a su ociosa manía de abrir cada vez más nuevos frentes de guerra en el mundo. Sin embargo, esta vez tocó fondo con el nuevo lengüetazo que muestra no solo su complejo de inferioridad y su odioso servilismo, sino la falta de atributos para estar al frente de la organización de la que es presidente. 

Bien vale que supiéramos hasta dónde llega el poder discrecional del presidente de la FIFA para otorgar ese tipo de favores y cuánto de esa discreción se encuentra atada a los intereses de aquellos a quienes simplemente se rinde como si su fueran sus amos.  

El talento de los deportistas no puede ser reemplazado por el juego sucio de las burocracias y el papel de quienes figuran como bisagras del poder. Las bondades del fútbol deben seguir siendo su capacidad de convocatoria, la pasión que despierta en sus hinchas, el espacio de lucimiento para los jugadores, su valor como espectáculo y las identidades que construye como símbolo de encuentro de las naciones que representa. 

Que por el influjo de factores ajenos a los campos de juego no llegue la hora en que tengamos que decir: el fútbol ha muerto; máxime cuando organizaciones como la FIFA se asimilan más a un circuito de corredores de bolsa en donde no propiamente se transan valores deportivos.

La permanencia en el cargo de personajes como el señor Infantino es una burla y una violación al derecho de los países a estar justamente representados; pero es también una oportunidad para llamar la atención sobre qué tanto en el deporte como cualquier otra disciplina el mundo necesita ante todo apuestas éticas. 

El talento de los deportistas no puede ser reemplazado por el juego sucio de las burocracias y el papel de quienes figuran como bisagras del poder.

No es que el hecho sorprenda; el fútbol ha estado siempre bajo el influjo y las impudicias de la política. Pero en medio de tanto desfogue de supremacías, abusos y ambiciones de dominio, más vale evitar que situaciones como la ocurrida pasen inadvertidas. 

No solo fue la llamada que burló la decisión en el campo de juego; también hubo restricciones al ingreso de jugadores, árbitros y miembros de las delegaciones de África y de la república de Irán, que fueron sometidas a largos interrogatorios y diferentes situaciones de hostigamiento y acoso. Un claro eco de la guerra en el Medio Oriente y de las acostumbradas manifestaciones de racismo y exclusión, propias de la divisa norteamericana y otras naciones que celebran el supremacismo blanco. En rara coincidencia, se han presentado denuncias de amaño en las decisiones de algunos jueces, que han afectado especialmente a equipos africanos, como fueron los casos de Argelia y Egipto en sus partidos contra Argentina. 

Lo anterior sin descontar el riesgo de ser detenido por el tenebroso ICE, Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, dedicado a perseguir, sin apego al derecho y con todo tipo de atropellos, a inmigrantes latinos y de otras nacionalidades, quienes no se permiten siquiera el acercamiento a los estadios.

Mucho hay de la historia del fútbol para encubrir sucesos, desatar guerras y cambiar o lavarles la cara a gobiernos y dictaduras, entre otros. Recordemos, por ejemplo, que en 1985 se utilizó en Colombia para distraer a los ciudadanos mientras ardía en llamas el Palacio de Justicia y entre las balas del ejército y el comando guerrillero que se lo había tomado por asalto morían decenas de personas inocentes. Torturas, desapariciones y asesinatos extrajudiciales por parte de las fuerzas del Estado tuvieron lugar mientras las pantallas de televisión transmitían un encuentro entre el equipo Millonarios y el Unión Magdalena. El resultado fue 2-0 a favor de Millonarios y del número de víctimas de ese día el marcador hasta ahora no se ha logrado establecer.  

Menos mal que el equipo de los Estados Unidos perdió contra el seleccionado de Bélgica con un contundente marcador (4-1) que difícilmente podría revertirse con una nueva llamada telefónica. Aun así, es un partido que se seguirá recordando como una mancha más en la historia de los mundiales; solo que el justo e incontrovertible triunfo de Bélgica logra en parte atenuar el tamaño de la insolencia del jefe natural de la escuadra gringa.  

Esta vez por lo menos no se dijo que la llamada al presidente de la FIFA se había hecho por estrictas razones de seguridad nacional. Lamentable eso de que lo que no pueda el fútbol lo pueda la política.

Hagamos fuerza para que en lo que resta para llegar a la final, como decía Maradona, no se siga manchando la pelota. 


*Economista-Magister en estudios políticos

 

miércoles, 17 de junio de 2026

Ni por la razón ni por la fuerza, por la defensa de la democracia


Colombia ha cambiado para bien en medio de sus dificultades. No merece, no aguanta un retroceso; gobernantes investidos por las élites de la mediocracia o por los voceros de una ralea emergente de pilluelos con fortuna -pero sin valores- no pueden ser ya una opción. No es un asunto de clase, es cuestión de dignidad. 

Orlando Ortiz Medina*


El próximo domingo, en una de las contiendas electorales más reñidas de las últimas décadas, Colombia decidirá entre dos propuestas encarnadas en dos personalidades, dos orígenes, dos historias y dos modos de ver y entender el mundo, absolutamente divergentes. 

Por un lado, Abelardo de la Espriella; nacido en Bogotá, abogado de profesión y especialmente hombre de negocios, como la figura que, después de ires, venires y argucias, le quedó a la derecha para buscar el reacomodo del país en los rieles del viejo establecimiento. Por otro, Iván Cepeda; también nacido en Bogotá, filósofo de profesión, destacado parlamentario y líder social, quien representa a las fuerzas democráticas y progresistas que insisten en avanzar hacia un modelo de sociedad basado en la defensa de la vida, el desarrollo sostenible y la equidad y la justicia social. 

De la Espriella es la quintaesencia de los antivalores. Hijo de esa estirpe forjada en la doble moral, el clasismo, el arribismo, el desprecio y la indolencia, así como de quienes acostumbraron a recrearse en la violencia e hicieron del enriquecimiento fácil, de fuente oscura, la almendra de su poder y su arrogancia. Es la contracara de la aspiración a la dignidad y la decencia que cualquier sociedad reclama: Impulsivo, ambicioso, sin escrúpulos, misógino, machista, de acción y gesticulación violenta, ostentoso y humillante con el lucro, sin experiencia en el manejo del Estado, pandito de conocimientos y muy hondo sí para moverse entre los recovecos de lo más bajo de la alcurnia nacional. 

Cepeda, en cambio, atrae por su humildad, su espíritu reflexivo, su alma serena y su profundo sentido de humanidad. Es ajeno a cualquier tipo de arrogancias y ambiciones, está lejos de una personalidad ostentosa, invoca al diálogo, inspira confianza, educa y marca pauta con el ejemplo.  

De la Espriella aprendió la mentira como método; el todo vale, el atajo como camino al éxito. Víctima e instrumento de su petulancia, vive prisionero de su imagen, de su empaquetadura pomposa y carente de contenido.

De la política ha hecho un cómic, una teatralización embaucadora, un campo en el que solo lo mueve la realización de sus avideces personales. Con el espectáculo simula su falta de talento; enreda, manipula, parece una cosa y es otra. No le gusta el fútbol, pero, con su astucia de timador, sabe cuándo ponerse la camiseta; no juega, pero sabe meter goles. 

No vive en Colombia, la pisa. Presume de sus otras nacionalidades, mientras se apena de la de su origen. Desprecia a su gente y su gastronomía, odia sus costumbres, su cultura. Renunció a sus compromisos con la patria firme que aspira a gobernar, mientras prometió su entrega y abyección a otra, que si para algo le ha servido es solo para reafirmar su pequeñez y petulancia. 

Con Cepeda vislumbramos un país con más tranquilidad. Con Abelardo iremos hacia el máximo de desestabilización social e institucional. 

Para Iván la política es comunión, esfuerzo, un llamado a pensar cómo hacer mejor la humanidad, construcción colectiva. Vive en su país, lo conoce, lo recorre, lo disfruta; dialoga con él, con sus territorios, con su gente; conoce sus problemas y se reconoce como parte de sus soluciones. 

El espíritu sosegado, reflexivo y dialogante de Cepeda permitirá avanzar mediante acuerdos en las transformaciones que el país necesita. La impulsividad, el ego inflado, la falta de experiencia, la desmesura y el lado oscuro de De la Espriella llevarán el país al rompe; será un salto al vacío, regar la hoguera con líquido inflamable.

Con Cepeda vislumbramos un país con más tranquilidad. Con Abelardo iremos hacia el máximo de desestabilización social e institucional. El costo social será muy alto para un país que, como Colombia, sigue siendo el tercero más desigual del mundo y el segundo más desigual de América Latina.

Cerrar ministerios, instituciones especializadas, reducir el gasto social, significa mandar a la calle a miles de empleados públicos, negar la posibilidad a jóvenes de los sectores populares de que accedan a estudios superiores e incluso secundarios, dejar a la intemperie a poblaciones vulnerables: niños, jóvenes, mujeres, familias en situación de pobreza extrema, minorías étnicas, población LGBTIQ+, personas en condición de discapacidad, madres cabeza de hogar, adultos mayores, entre otros. 

Cepeda tiene como eje de su programa la política social. Es decir, la reducción de la desigualdad, el cierre de brechas de pobreza y riqueza, la superación de las inequidades regionales. Asegura la protección de los derechos recuperados con la reforma laboral, la gratuidad en la educación, la posibilidad de que más personas alcancen una jubilación, el acceso a tierras para las familias campesinas, etc.; falencias que históricamente ha arrastrado el país y que están en la base de lo que ha alimentado la violencia. 

No es por la razón o por la fuerza, ese no es el dilema; es por la realización de la vida, la defensa de la democracia y la materialización del sueño de un país en el que alguna vez, por fin, quepamos todos. 

Tenemos pues la opción de elegir entre un candidato que propone acabar con la estructura del Estado, las instituciones democráticas y el respeto a las libertades y derechos; y otro que, sin que prometa acabar con todos sus problemas, seguirá llevando al país en medio de unas condiciones de estabilidad social, aceptable desempeño económico y un sistema institucional que ha respetado la división de poderes, el sistema de pesos y contrapesos y la garantía de derechos para todos los sectores políticos y sociales. 

Colombia ha cambiado para bien en medio de sus dificultades. No merece, no aguanta un retroceso; gobernantes investidos por las élites de la mediocracia o por los voceros de una ralea emergente de pilluelos con fortuna -pero sin valores- no pueden ser ya una opción. No es un asunto de clase, es cuestión de dignidad. 

Con un mínimo de razón e inteligencia, la propia derecha -sobre todo el sector empresarial- y la desubicada clase media entenderían los riesgos a los que a sí mismas se exponen con una eventual presidencia de Abelardo de la Espriella. No cabe una propuesta que prometa destripar la oposición, pues esa violencia ya con muchos costos la hemos padecido. No puede aspirar a ser presidente quien propone seguir cultivando en los rastrojos de la guerra.

No es por la razón o por la fuerza, ese no es el dilema; es por la realización de la vida, la defensa de la democracia y la materialización del sueño de un país en el que alguna vez, por fin, quepamos todos. 


*Economista-magister en estudios políticos


miércoles, 27 de mayo de 2026

Primera vuelta, profundizar el cambio


El triunfo de Iván Cepeda y Aída Quilcué en primera vuelta es un propósito a cumplir para asegurar el avance de una democracia que, en todos los órdenes, apenas empezamos a vivir.  


Orlando Ortiz Medina*


*

Foto: Pares
La llegada, por primera vez, de un gobierno progresista fue un paso más de una serie de hechos que Colombia ha vivido en la última década. El cambio de signo de una dirigencia que se había mantenido en el poder por más de ciento cincuenta años abrió, por fin, el espectro de la democracia.

El triunfo de Gustavo Petro en 2022 sumó a la esperanza de una sociedad que ya vivía los cambios heredados de la firma del acuerdo de paz de 2016, que, pese a sus dificultades, dio impulso a la desactivación de la violencia y la vindicación de la política como forma de encarar los conflictos. De igual manera, los problemas develados por la pandemia del covid-19 y el estallido social de 2021 bajaron el telón y mostraron los protagonistas del nuevo país que entraba a escena. 

Es innegable que el país está cambiando y el gran reto de este 31 de mayo consiste en garantizar que no haya un retroceso. El regreso de las anteriores dirigencias sería una enorme frustración para una sociedad hoy habitada por la certeza de que otro modo de vida es posible. El triunfo de Iván Cepeda y Aída Quilcué en primera vuelta es un propósito a cumplir para asegurar el avance de una democracia que, en todos los órdenes, apenas empezamos a vivir.  

Contamos hoy con una ciudadanía más deliberante, más participativa, más consciente de sus problemas y con mayor claridad sobre la política como el lugar para allanar soluciones. Es la democracia en acto, la contracara de una realidad que había mantenido invisibilizados y reducidos a objetos de manipulación a importantes sectores de la población. Se ha ganado en que la democracia sea una forma de vida, algo más que un sistema de procedimientos o un conjunto de normas, no pocas veces confeccionadas justamente para burlarla.

El cambio de signo de una dirigencia que se había mantenido en el poder por más de ciento cincuenta años abrió, por fin, el espectro de la democracia.

La confluencia de obreros, campesinos, ambientalistas, indígenas, afrocolombianos, estudiantes, maestros, mujeres, comunidades diversas, etc., que hicieron de calles, plazas y otros lugares públicos el escenario para ejercer y valer sus derechos, fueron la clave para la aprobación de las reformas -las que se lograron- ante un Congreso siempre dispuesto a bloquear las iniciativas del Gobierno.

El protagonismo de estos nuevos actores y el contar con un gobierno salido de su entraña condujo a que en la agenda del Estado se pusieran en discusión problemas que han obstaculizado el desarrollo y las posibilidades de una sociedad menos violenta y más justa y democrática. La desigualdad, la pobreza, la elevada concentración de la riqueza, las brechas entre las zonas urbanas y rurales y las enormes disparidades regionales, son, entre otros, temas que hoy centran la atención, cuando antes se ignoraban como parte de la tragedia que ha padecido Colombia. 

**

Una nueva manera de orientar la economía ha demostrado que es posible, de manera simultánea, promover su crecimiento, corregir las desigualdades y mejorar las condiciones de vida de las personas, en especial de las que viven en situación de mayor vulnerabilidad. En ello ha consistido el cambio de salario mínimo a salario vital que les permite a los trabajadores cubrir sus necesidades básicas; la apuesta por un sistema de tributación más progresivo; los esfuerzos por diversificar la producción, reducir la dependencia de unos pocos productos de exportación, especialmente minerales e hidrocarburos, y lograr una inserción más competitiva en los mercados internacionales. Hoy Colombia tiene un sector agropecuario más potente, ha diversificado su canasta exportadora y es de los que más ha visto crecer el flujo de turistas desde diferentes regiones del mundo.  

Los resultados son elocuentes:

• El salario real aumentó durante este gobierno alrededor del 30%, muy por encima del incremento de los ocho gobiernos anteriores, que sumados ascienden al 26,1%.

• La tasa de desempleo registra la cifra más baja del siglo: 8,8% al cierre del mes de marzo.

• La inflación cerró en 5,1% en diciembre de 2025, después de haber llegado al 13,2% en 2022.

• La pobreza multidimensional cayó por primera vez a un solo dígito: 9,9% en 2025, el nivel más bajo desde que se mide en Colombia.

• La pobreza monetaria se redujo a 31,8% en 2024 a nivel nacional, la cifra más baja registrada en los últimos 13 años.

• En total, 2.6 millones de personas han salido de la pobreza durante el actual gobierno. 

***

Cepeda y Quilcué son la única garantía de que esta senda de cambio y profundización de la democracia continue. 

Él es un líder en el que lo primero que hay que resaltar es su enorme sentido de humanidad y su incuestionable talante ético. Sereno, respetuoso, dispuesto siempre al diálogo y la conciliación, pese a una historia que en muchas oportunidades le ha sido adversa. Filósofo de formación, reflexivo, alejado de odios y venganzas y ajeno a ambiciones personales, ha sido un incansable luchador por la defensa de los derechos humanos y una de las personas que más ha hecho esfuerzos por alcanzar la paz. 

La revolución ética es la base principal de la propuesta de Iván y Aida. 

Ella es una lideresa indígena que lleva también la vocería de los pueblos a los que se ha querido condenar a la exclusión y el destierro. Actualmente es senadora de la República y ha ocupado varios cargos de liderazgo en su lucha por la protección de sus territorios y la defensa de los derechos humanos. Como Iván, es igualmente una víctima de la violencia de los agentes del Estado; su esposo, también líder, fue asesinado en 2008 por miembros del Ejército Nacional. 

Iván y Aída son sin duda la fórmula para enfrentar a quienes quieren retornar a la sociedad del pasado y siguen sin entender que el país cambió y que no se puede continuar en el estado de privilegios y desigualdades en que se ha sostenido Colombia. Peor aún, que se regocijan creyendo en las supuestas virtudes de la guerra, el autoritarismo y la violencia como premisas del orden y la estabilidad democrática, y no en la necesidad de un desarrollo incluyente y pensado para la vida y la justicia social como bases fundantes. 

La revolución ética es la base principal de la propuesta de Iván y Aida. Es algo que no interpela, por un lado, a quien pretende retornar al gobierno como heredera de una dinastía familiar a la que le pesa la historia de una nación hendida en sangre. Por otro, a quien solo hemos visto transitar por oscuros recovecos que le han inflado fama y bolsas, y promete un país y un Estado reducido al tamaño de su minúscula y ostentosa manera de ver y entender el mundo. 

El domingo tendremos la oportunidad de confirmar cuánto la sociedad ha cambiado y qué tan fortalecida está para defender el legado de un Gobierno que, por primera vez, ha estado del lado de quienes han asumido la tarea de construir la nueva historia.  


*Economista-magister en estudios políticos