Un eventual triunfo de Bolsonaro tan solo ratificará el decurso regresivo que arrastra al mundo, en uno de los momentos tal vez más críticos a que asiste la civilización occidental
Orlando Ortiz Medina*
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| Foto: Prensa Latina |
Las cifras hablan
Si bien la diferencia entre Bolsonaro, Partido Liberal (PL) y Lula, Partido de los trabajadores (PT), fue menos del 2 % (47,03 % contra 45,16 %), un empate técnico, los resultados son más crudos si se miran en el conjunto de elecciones que se llevaron a cabo de manera simultánea: Senado, Cámara de Diputados, gobernaciones y asambleas regionales.
El saldo neto es una extrema derecha consolidada. Frente a la primera vuelta de 2022, Lula, del partido de los Trabajadores (PT), retrocedió 3,5 %, mientras que Bolsonaro aumentó 3,9 %. El PL dobló su representación en el Senado al ganar 19 de los 54 escaños que estaban en disputa, con lo que el año entrante tendrá 28 de las 81 curules que conforman esa cámara, una representación mayoritaria que no se veía desde 1998. El PT tendrá solo nueve.
En la Cámara de Diputados, el PL se quedó con 121 de los 513 diputados que la conforman; casi 24 % del total y un crecimiento de 22 % respecto a 2022 (tenía 98). Es la mayor bancada en la historia reciente de Brasil. El PT, por su parte, pasó de 82 a 88 diputados, adicionando solo seis, aunque se mantenga como la segunda fuerza política para esta nueva legislatura.
En el caso de las gobernaciones, en primera vuelta se eligieron 20 de las 27 en disputa (las siete restantes se resolverán en la segunda porque ningún candidato superó el 50%). De ellas, el partido de Bolsonaro aseguró seis y el partido de Lula tres. En los Estados de Sao Paulo y de Minas Gerais, así como el de Río de Janeiro, considerados de los más claves en el conjunto del electorado, el bolsonarismo se impuso con sobrada distancia frente a Lula.
¿Qué pasa en Brasil?
Nada distinto a lo que ha pasado en Colombia, Argentina, Chile, Bolivia, Perú, Ecuador y pasa más allá del continente. Es el saldo de una sociedad que ha elegido subordinarse a la falange indecorosa que se está tomando el mundo, conformada por liderazgos venidos de una humanidad resquebrajada y que ofrecen la regresión como futuro, y a los que, más que vena de estadistas, los destaca su prontuario delictivo y la carencia absoluta de fundamentos y principios éticos.
Es la irrupción de una derecha ultraconservadora que se propone sellar sus creencias e ideologías como norma, anegar los derechos conquistados por decenas de generaciones anteriores, naturalizar la violencia y deshacer los valores y las instituciones democráticas. Es, de alguna manera, lo que queda de las malogradas promesas de la modernidad y de la ilustración, que terminaron convertidas en la antítesis del progreso y consagraron el sálvense quien pueda por encima de una ética del bien común, de la solidaridad y de la posibilidad de convivir entre las diferencias.
Son los tiempos de una política espectáculo en donde la razón y el debate calificado se subsumen a la manipulación de las emociones, el insulto tiene más valor que el argumento y la incompetencia y la capacidad para mentir se valoran como virtud. Una sociedad conducida por los algoritmos y la vacuidad de las redes, que la hacen incapaz de advertir la derrota a la que se le conduce como civilización y como especie.
El resultado es manifiesto
Lo anterior explica que quedemos en cabeza de gobernantes condenados o incursos en investigaciones por pedofilia, abuso sexual, narcotráfico, connivencia con grupos delincuenciales, trampas al fisco, riquezas de oscura procedencia, etc., aspectos en los que poco repara la ciudadanía a la hora de elegir. Una ciudadanía cada vez más lenta e irreflexiva, dispuesta a la condonación y normalización de los delitos independientemente de su estatus, nivel de formación, procedencia o condición social.
Casi como autómatas, los ciudadanos eligen a personajes crapulosos, picarescos, histriónicos y cultores del show con el que disfrazan su mediocridad y su falta de talento. Trump, Milei, Noboa, De la Espriella, Bukele, Bolsonaro… son parte de esa nómina de actores en la penosa escenografía que, entre el drama y la comedia, se ha tomado el lugar de la política y deshace lo que va quedando de la democracia.
Son los mismos que niegan los fracasos a los que ha conducido un modelo de desarrollo cuyos impactos truncan las posibilidades de realización de la vida y condenan a millones de seres humanos a la exclusión, el hambre y la pobreza; los clamorosos de la xenofobia y la homofobia; los negacionistas de derechos para los grupos étnicos, las mujeres, las comunidades diversas, etc., pese a que se proclamen desde creencias o doctrinas que invocan la comunión y preconizan la fe, cuando en realidad la instrumentalizan al convertirla en el soporte de sus estrategias políticas y electorales.
Falta decir que son, además, los mentores de unas patrias que condenan al destierro, cuando ceden las instituciones, someten sus decisiones y ponen territorios, capacidades y recursos a merced de intereses que no son los de sus naciones, mientras pregonan soberanías en las que no creen y ofrecen seguridades que no poseen, pese a convertir a sus países en bastiones del militarismo.
Blanco es…
Así, un eventual triunfo de Bolsonaro tan solo ratificará el decurso regresivo que arrastra al mundo, en uno de los momentos tal vez más críticos a que asiste la civilización occidental, oscurecida por las guerras, la reencarnación de dictadores, la supremacía de potencias y plutócratas, y cerebros conducidos desde una granja de bots o desde el lugar de homilías de un acaudalado pastor religioso.
Si de potencias y plutócratas se trata, los Estados Unidos, el máximo ejemplo de un gobierno que es emblema de la degradación (con el perdón del de Colombia si siente que se le quitan méritos), lograrán con Bolsonaro ubicar a uno de sus mejores peones en el tablero para la consolidación de su poder en América Latina. Sobran razones para explicar su injerencia en las elecciones a través de aranceles, presiones diplomáticas, el bloqueo al presidente Lula en las plataformas de Meta y el cierre de su embajada pocos días antes de las votaciones.
Por su inmenso caudal de recursos naturales: petróleo, carbón, tierras raras y la inmensa riqueza de la Amazonía, Brasil, como en realidad todo el orbe, está en la mira del proyecto MAGA y la doctrina Donroe, que son la carta de navegación para las ambiciones del mandatario gringo.
También por ser Brasil en la región uno de los principales contendientes del consabido amo de la región, al que pone en apuros y establece límites a su estrategia expansionista, mediante la diversificación de su portafolio de relaciones, con los BRICS, por ejemplo, y especialmente China. Ha logrado, además, un mejor posicionamiento de su economía a nivel internacional y le ha dado un mayor dinamismo a su mercado interno, que lo hace hoy un país con mayor autonomía, menos frágil a los flujos y los choques internacionales y con más distancia de las directrices del norte.
Queda entonces una reflexión final. Si también Brasil, como Colombia, México, Bolivia y otros países de la región han logrado durante los gobiernos progresistas reducir sustancialmente los niveles de pobreza, corregir inequidades, bajar la informalidad, mejorar los salarios y elevar en general la calidad de vida de sus ciudadanos, ¿Por qué, entonces, buena parte de esas poblaciones se mantiene inclinada a favor de quienes han jugado y siguen jugando en contra de sus intereses?
Todo indica que no basta resolver las llamadas necesidades primarias o asuntos del estómago. Hay frentes en los que el progresismo se ha quedado corto o no ha logrado dar en el clavo. Vale la pena pensarlo
*Economista-Magíster en estudios políticos





