jueves, 23 de julio de 2026

Mundial 2026: Argentina, nacionalismo y soberanía.


Tantas cosas que pasan, que a veces se ignoran, y que para verlas no se necesita más que echar a rodar una pelota. 


Orlando Ortiz Medina*


Foto:Perfil
En medio de todas las inconstancias que se vivieron durante el encuentro mundialista, es difícil poner en cuestión que la selección española le otorgó a su país el legítimo derecho a brindar en su nueva copa. Pero lo mejor que queda de este Mundial es la reafirmación de que el fútbol, más allá de una disciplina deportiva, es la caja de resonancia de lo que está siendo el mundo. Los tartufos, la geografía del poder, las desigualdades, la política, la tecnología con sus más y sus menos, el márquetin, la generalizada cultura del emprendimiento, las guerras, además de las manifestaciones racistas y de desprecio por culturas y nacionalidades fueron el plato servido en los manteles multicolores de sus tribunas. 

Absurdo el tufillo de moralidad con el que quiso aureolarse la confluencia de los seleccionados, pese a que tuvo tantas manchas; una en especial, la FIFA, cuyo presidente, Gianni Infantino, dio el peor ejemplo al doblegarse a uno de los seres más despreciables del mundo y cuyas manos lavadas en tintas de sangre manosearon la majestuosidad del trofeo.

Faltos de autoridad y prohibidos para prohibir quienes, en una decisión claramente política, obligaron a Haití a cambiar su camiseta por llevar una pequeña imagen que solo hacía alusión a su guerra de independencia. Más aún, los que prohibieron a la delegación de Irán pernoctar en el país que oficiaba como sede principal del mundial, aunque allí mismo les programaron partidos: Inglewood, California y Seattle, Washington. 

Pretender, además, controlar las emociones en canchas y tribunas es desconocer que a ellas llegan la historia y los símbolos que arrastran las sociedades como reflejo de sus identidades, alegrías y tristezas.

Ingenuidad, cinismo o falta de comprensión eso de querer evitar que en el juego se mezclaran hechos extrafutbolísticos; que se trataba solo de un evento deportivo, como se proclamó desde distintas voces, sobre todo a propósito del partido de Argentina contra Inglaterra, sin duda el de mayor relevancia en el torneo. Absurdo aquello de que estaban prohibidas las manifestaciones políticas en los estadios, que ignora la dimensión sustancialmente política de lo que cada vez menos se refiere a una confluencia de representaciones lúdicas.

Pretender, además, controlar las emociones en canchas y tribunas es desconocer que a ellas llegan la historia y los símbolos que arrastran las sociedades como reflejo de sus identidades, alegrías y tristezas. La afición no solo sufre o celebra lo que ocurre en el momento de juego; con el movimiento de la pelota se afloran los resentimientos, las broncas, las diferencias y el saldo que las sociedades heredan de sus conflictos, dentro o más allá de sus fronteras.  

Argentina ganó el partido que tenía que ganar

El ejemplo más ilustrativo de estos planos cruzados en el fútbol es el de la selección argentina, cuyo partido más significativo no fue su final contra España, sino el de la semifinal con Inglaterra, en el que se impuso por dos goles a uno. Frente a los ingleses, Argentina ganó el partido que por encima de todo tenía que ganar; pues era la remembranza de un momento doloroso de su historia que evocaba, por un lado, el vergonzoso rezago de colonialismo que todavía persiste en América Latina, y, por otro, los luctuosos tiempos de dictadura que vivió entre los años setenta y ochenta, a la par con otros países de la región.    

El presidente Javier Milei y su canciller Pablo Quirno, así como el presidente de la FIFA, prohibieron el ingreso de objetos y la entonación en el estadio de cánticos que evocaran el conflicto que existe entre los dos países por la propiedad de las islas Malvinas, the Falkland Islands para los ingleses. Se equivocaron, era imposible evitar que ese encuentro rememorara la guerra, conocida como la del Atlántico Sur, ocurrida entre el dos de abril y el 14 de junio de 1982.

La tela blanca con letras negras que izaron los muchachos del equipo de Messi rechazaba la ocupación de las islas por parte de los ingleses desde hace cerca de doscientos años. Recordaba también las vidas de 649 jóvenes sacrificados durante los 74 días que duró la confrontación y que tuvo como telón de fondo las argucias de la Junta Militar que desde marzo de 1976 se apoderó del gobierno.

Adicionalmente, para los argentinos glorioso y para los ingleses doloroso, el recuerdo del partido jugado en el estadio Azteca (México-1986) en el que el todopoderoso del país austral, Diego Armando Maradona, anotó los que son tal vez los dos goles más históricos del siglo XX: uno por su indiscutible calidad y otro por su — aunque cuestionable — indiscutible y apreciado valor simbólico, el de la mano de Dios

Los militares, en su momento en cabeza de Leopoldo Fortunato Galtieri, se habían propuesto la recuperación de las islas, no propiamente con el interés de defender la soberanía nacional, sino como un grosero acto de manipulación que buscaba exaltar el patriotismo y generar un sentimiento de entusiasmo colectivo que pusiera un velo sobre la grave crisis que vivía el país. Declive económico, protestas sociales y, sobre todo, el desprestigio interno e internacional por las graves violaciones de los derechos humanos expresadas en torturas, asesinatos, secuestros y desapariciones forzadas, cometidas por miembros del ejército, la fuerza aérea y la armada argentina.

Frente a los ingleses, Argentina ganó el partido que por encima de todo tenía que ganar; pues era la remembranza de un momento doloroso de su historia

El 30 de marzo de 1982 una marcha obrera de cincuenta mil personas convocada hacia Plaza de Mayo puteaba a Galtieri reclamando paz, pan y trabajo. El 2 de abril, apenas dos días después, en esa misma plaza, ese número de población se duplicaba, banderas en mano, esta vez para cantar vivas a Galtieri y a la marina argentina que iniciaba su gesta por la “recuperación” de las islas (Guerriero, 2024).

La gran distracción

Para 1978, Jorge Rafael Videla, el primero en asumir el gobierno a nombre de la Junta Militar, con su país como sede, había utilizado el Mundial para distraer a la comunidad internacional y a sus propios ciudadanos de las tropelías cometidas por el régimen.

Fue tal que la llegada del equipo argentino a la fase final estuvo precedida por un icónico partido contra la selección de Perú, a la que, para pasar y dejar por fuera a Brasil, Argentina tenía que ganarle por una diferencia de cuatro goles.

La diferencia no fue de cuatro sino de seis goles, marcador sobrado. Lo que más se recuerda de ese partido es que, antes de jugarse, el seleccionado de Perú recibió en el camerino la visita del dictador argentino, acompañado nada menos que del secretario de Estado norteamericano Henry Kissinger. Sobre el particular vinieron después todo tipo de versiones y es difícil saber en realidad de qué hablaron, pero fueron seis goles y Videla era Videla y Kissinger era Kissinger.

La Junta Militar se acrecentó en honores y le dijo al mundo que su país era un paraíso, una democracia sólida y que nadie como sus jugadores -eso sí era cierto- albergaba ese ímpetu de ganadores. Ese año Argentina se coronó campeón y en las calles los gritos de celebración ahogaban los de quienes, al mismo tiempo, estaban siendo desaparecidos, tirados al mar, sometidos a torturas o asesinados en los cuarteles.  

Fútbol y soberanía

La guerra por las Malvinas terminó un día después de que la selección argentina debutara ahora en el Mundial de España, con un partido que perdió contra Bélgica. La nueva participación mundialista hacia curso entre la exaltación del nacionalismo, el encubrimiento a los desmanes de la dictadura, los soldados que se rendían humillados a la marina británica y los cuerpos que llegaban en los ataúdes para ser entregados a sus familiares, envueltos en la bandera azul y blanco que los recordaría siempre como héroes de la patria. 

Hoy, a casi cincuenta años de su primer título mundial en 1978, cuarenta después del triunfo contra Inglaterra en 1986 que le serviría para ganar su segunda copa en final disputada contra Alemania, y campeona luego en el Mundial de Catar en 2022, entre los mismos avatares del fútbol, el reclamo por la soberanía sigue siendo una lucha de diversos sectores políticos y sociales argentinos.  

Esta vez con más razones porque a la devolución de las islas se agrega lo que allí mismo ocurre en materia de explotación y aprovechamiento de sus recursos naturales, cuando empresas israelíes y británicas avanzan en la exploración de yacimientos petroleros, no obstante estar prohibido por resoluciones de la Organización de Naciones Unidas.

Mientras se jugaba el Mundial, por iniciativa del gobierno de Milei, el Congreso argentino discutía un proyecto de ley dirigido a eliminar restricciones a la compra de tierras rurales por parte de ciudadanos y empresas extranjeras

Además, porque, mientras se jugaba el Mundial, por iniciativa del gobierno de Milei, el Congreso argentino discutía un proyecto de ley dirigido a eliminar restricciones a la compra de tierras rurales por parte de ciudadanos y empresas extranjeras, lo que llevaría a que, aparte de las tierras, fuentes de agua, yacimientos mineros o de hidrocarburos, glaciares, bosques nativos, así como los suelos quemados debido a incendios forestales, quedarían bajo su mando. 

Vuelve aquí el balón y sus dominios. La prohibición a hinchas y jugadores de usar sus banderas para reclamar que "Las Malvinas son argentinas" reavivó las demandas de soberanía; tanto que alteró los nervios de los congresistas y, al menos por ahora, hizo recular a los que están dispuestos a votar a favor del proyecto. Así que, en vez de actuar como anestesiante, esta vez el fútbol sirvió para acrecentar la identidad en torno a la defensa de sus recursos y en contra de un Gobierno cuyo presidente se ha mostrado más cerca de los intereses foráneos que de los de su propio país. 

La pelota mueve 

Argentina no logró ser campeón, pero el fútbol como emblema sobresaliente de su historia ha servido esta vez para reafirmar que, si no un gobierno, sí hay un pueblo que no olvida que todavía pisan su suelo enclaves coloniales y que se mantiene dispuesto a plantarse para que ni se mantenga ni se extienda una situación que, avanzado más de un cuarto del nuevo siglo, indigna por su permanencia y avergüenza por su anacronismo.  

Vimos pasar de todo en este Mundial organizado en su mayoría por un país no futbolista: las banderas de Israel que evocaban sin ruborizarse a uno de los decanos del crimen en el mundo;  el cambio en las reglas de juego de manera que se adaptara a las codiciosas necesidades de las marcas publicitarias; los ecos y resquemores de las guerras promovidas por algunos de los que, sin pudor, entregaron medallas y trofeos; la bandera palestina ondeada para condenar el genocidio en Gaza; la estatua humana que emulaba a Patrice Lumumba para simbolizar la lucha contra el crimen y el racismo en África.

Cómo no nombrar el desfile de Trump e Infantino dirigiéndose a la tribuna de premiación coreados por una adorable melodía de chiflidos que les recordaba que en el campo de futbol son mucho menos que su arrogancia.

Tantas cosas que pasan, que a veces se ignoran, y que para verlas no se necesita más que echar a rodar una pelota. 

Bibliografía de referencia

Galeano, Eduardo, 1995. El fútbol a sol y sombra. Tercer mundo editores.  

Guerrero Leila, 2024. La otra guerra, una historia del cementerio argentino en las islas Malvinas. Nuevos cuadernos de Anagrama, 4ª edición.

Valdano, Jorge, 2016. Fútbol: juego infinito. Conecta. Penguin Random House  

Villoro, Juan, 2026. Los héroes numerados. Seix Barral

https://www.filo.news/noticia/2026/05/24/petroleras-britanica-e-israeli-planean-duplicar-la-produccion-de-petroleo-en-malvinas-pese-al-rechazo-argentino

https://www.pagina12.com.ar/2026/07/20/el-ultimo-tango/

https://www.pagina12.com.ar/2026/07/20/la-vidriera-irrespetuosa-2/

https://www.pagina12.com.ar/2026/07/19/todo-esta-guardado-en-la-memoria/


*Economista-Magister en estudios políticos 


miércoles, 8 de julio de 2026

Tarjeta roja para el mundial


Bien vale que supiéramos hasta dónde llega el poder discrecional del presidente de la FIFA para otorgar ese tipo de favores y cuánto de esa discreción se encuentra atada a los intereses de aquellos a quienes simplemente se rinde como si su fueran sus amos. 


Orlando Ortiz Medina*


Imagen tomada de redes sociales
Definitivamente este sí ha sido el mundial de la vergüenza, como desde diferentes lugares se ha denominado. Lo que hasta ahora se establecía por lo ocurrido estrictamente en el campo de juego hoy se pone fuera de lugar y se traslada a la esfera de los poderes y las influencias políticas. 

Entra en barrena la máxima de que es el juego el único y último determinador de las decisiones que se tomen en la cancha, avaladas, claro está, por el juez central y los de línea, burlados esta vez por el influjo de fuerzas ajenas a la grama. 

El delantero de la selección de Estados Unidos, Folarin Balogun, recibió tarjeta roja en el partido contra Bosnia y Herzegovina, que lo dejaba inhabilitado para jugar contra Bélgica en el encuentro del 6 de junio en Seattle. Pero una llamada del presidente Donald Trump al presidente de la FIFA, Gianni Infantino, hizo que el futbolista fuera exonerado de la sanción. 

Lo ocurrido es el síntoma más claro del proceso de degradación en que viene el deporte más popular del mundo; la insignia del derrumbe moral y la quiebra ética de quienes están a cargo de su dirección, además de su anegamiento como lenguaje universal de comunicación entre pueblos, geografías, culturas y nacionalidades.  

En mal momento el fútbol deja de depender de las habilidades, destrezas y la condición física o los comportamientos de los deportistas en el terreno de juego, y se transfiere a quienes, faltos de escrúpulos y al arbitrio de sus poderes, se pasan por encima de las actuaciones de jueces y jugadores. 

El papel del presidente de los Estados Unidos y su interferencia para cambiar la decisión sobre hechos ocurridos en el juego es una desfachatez y una falta de respeto a quienes se sienten convocados al certamen futbolero. No menos lo es el del genuflexo presidente de la FIFA, del que deja poco que decir su impresentable gesto de humillación y de quien sabemos que no propiamente se ha lucido por su honradez, altitud y coherencia. 

Ya bastaba con haberle otorgado al fastidioso anfitrión del mundial el simulado Premio FIFA de la paz, que si algo busca es poner un velo a su ociosa manía de abrir cada vez más nuevos frentes de guerra en el mundo

Ya bastaba con haberle otorgado al fastidioso anfitrión del mundial el simulado Premio FIFA de la paz, que si algo busca es poner un velo a su ociosa manía de abrir cada vez más nuevos frentes de guerra en el mundo. Sin embargo, esta vez tocó fondo con el nuevo lengüetazo que muestra no solo su complejo de inferioridad y su odioso servilismo, sino la falta de atributos para estar al frente de la organización de la que es presidente. 

Bien vale que supiéramos hasta dónde llega el poder discrecional del presidente de la FIFA para otorgar ese tipo de favores y cuánto de esa discreción se encuentra atada a los intereses de aquellos a quienes simplemente se rinde como si su fueran sus amos.  

El talento de los deportistas no puede ser reemplazado por el juego sucio de las burocracias y el papel de quienes figuran como bisagras del poder. Las bondades del fútbol deben seguir siendo su capacidad de convocatoria, la pasión que despierta en sus hinchas, el espacio de lucimiento para los jugadores, su valor como espectáculo y las identidades que construye como símbolo de encuentro de las naciones que representa. 

Que por el influjo de factores ajenos a los campos de juego no llegue la hora en que tengamos que decir: el fútbol ha muerto; máxime cuando organizaciones como la FIFA se asimilan más a un circuito de corredores de bolsa en donde no propiamente se transan valores deportivos.

La permanencia en el cargo de personajes como el señor Infantino es una burla y una violación al derecho de los países a estar justamente representados; pero es también una oportunidad para llamar la atención sobre qué tanto en el deporte como cualquier otra disciplina el mundo necesita ante todo apuestas éticas. 

El talento de los deportistas no puede ser reemplazado por el juego sucio de las burocracias y el papel de quienes figuran como bisagras del poder.

No es que el hecho sorprenda; el fútbol ha estado siempre bajo el influjo y las impudicias de la política. Pero en medio de tanto desfogue de supremacías, abusos y ambiciones de dominio, más vale evitar que situaciones como la ocurrida pasen inadvertidas. 

No solo fue la llamada que burló la decisión en el campo de juego; también hubo restricciones al ingreso de jugadores, árbitros y miembros de las delegaciones de África y de la república de Irán, que fueron sometidas a largos interrogatorios y diferentes situaciones de hostigamiento y acoso. Un claro eco de la guerra en el Medio Oriente y de las acostumbradas manifestaciones de racismo y exclusión, propias de la divisa norteamericana y otras naciones que celebran el supremacismo blanco. En rara coincidencia, se han presentado denuncias de amaño en las decisiones de algunos jueces, que han afectado especialmente a equipos africanos, como fueron los casos de Argelia y Egipto en sus partidos contra Argentina. 

Lo anterior sin descontar el riesgo de ser detenido por el tenebroso ICE, Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, dedicado a perseguir, sin apego al derecho y con todo tipo de atropellos, a inmigrantes latinos y de otras nacionalidades, quienes no se permiten siquiera el acercamiento a los estadios.

Mucho hay de la historia del fútbol para encubrir sucesos, desatar guerras y cambiar o lavarles la cara a gobiernos y dictaduras, entre otros. Recordemos, por ejemplo, que en 1985 se utilizó en Colombia para distraer a los ciudadanos mientras ardía en llamas el Palacio de Justicia y entre las balas del ejército y el comando guerrillero que se lo había tomado por asalto morían decenas de personas inocentes. Torturas, desapariciones y asesinatos extrajudiciales por parte de las fuerzas del Estado tuvieron lugar mientras las pantallas de televisión transmitían un encuentro entre el equipo Millonarios y el Unión Magdalena. El resultado fue 2-0 a favor de Millonarios y del número de víctimas de ese día el marcador hasta ahora no se ha logrado establecer.  

Menos mal que el equipo de los Estados Unidos perdió contra el seleccionado de Bélgica con un contundente marcador (4-1) que difícilmente podría revertirse con una nueva llamada telefónica. Aun así, es un partido que se seguirá recordando como una mancha más en la historia de los mundiales; solo que el justo e incontrovertible triunfo de Bélgica logra en parte atenuar el tamaño de la insolencia del jefe natural de la escuadra gringa.  

Esta vez por lo menos no se dijo que la llamada al presidente de la FIFA se había hecho por estrictas razones de seguridad nacional. Lamentable eso de que lo que no pueda el fútbol lo pueda la política.

Hagamos fuerza para que en lo que resta para llegar a la final, como decía Maradona, no se siga manchando la pelota. 


*Economista-Magister en estudios políticos

 

miércoles, 17 de junio de 2026

Ni por la razón ni por la fuerza, por la defensa de la democracia


Colombia ha cambiado para bien en medio de sus dificultades. No merece, no aguanta un retroceso; gobernantes investidos por las élites de la mediocracia o por los voceros de una ralea emergente de pilluelos con fortuna -pero sin valores- no pueden ser ya una opción. No es un asunto de clase, es cuestión de dignidad. 

Orlando Ortiz Medina*


El próximo domingo, en una de las contiendas electorales más reñidas de las últimas décadas, Colombia decidirá entre dos propuestas encarnadas en dos personalidades, dos orígenes, dos historias y dos modos de ver y entender el mundo, absolutamente divergentes. 

Por un lado, Abelardo de la Espriella; nacido en Bogotá, abogado de profesión y especialmente hombre de negocios, como la figura que, después de ires, venires y argucias, le quedó a la derecha para buscar el reacomodo del país en los rieles del viejo establecimiento. Por otro, Iván Cepeda; también nacido en Bogotá, filósofo de profesión, destacado parlamentario y líder social, quien representa a las fuerzas democráticas y progresistas que insisten en avanzar hacia un modelo de sociedad basado en la defensa de la vida, el desarrollo sostenible y la equidad y la justicia social. 

De la Espriella es la quintaesencia de los antivalores. Hijo de esa estirpe forjada en la doble moral, el clasismo, el arribismo, el desprecio y la indolencia, así como de quienes acostumbraron a recrearse en la violencia e hicieron del enriquecimiento fácil, de fuente oscura, la almendra de su poder y su arrogancia. Es la contracara de la aspiración a la dignidad y la decencia que cualquier sociedad reclama: Impulsivo, ambicioso, sin escrúpulos, misógino, machista, de acción y gesticulación violenta, ostentoso y humillante con el lucro, sin experiencia en el manejo del Estado, pandito de conocimientos y muy hondo sí para moverse entre los recovecos de lo más bajo de la alcurnia nacional. 

Cepeda, en cambio, atrae por su humildad, su espíritu reflexivo, su alma serena y su profundo sentido de humanidad. Es ajeno a cualquier tipo de arrogancias y ambiciones, está lejos de una personalidad ostentosa, invoca al diálogo, inspira confianza, educa y marca pauta con el ejemplo.  

De la Espriella aprendió la mentira como método; el todo vale, el atajo como camino al éxito. Víctima e instrumento de su petulancia, vive prisionero de su imagen, de su empaquetadura pomposa y carente de contenido.

De la política ha hecho un cómic, una teatralización embaucadora, un campo en el que solo lo mueve la realización de sus avideces personales. Con el espectáculo simula su falta de talento; enreda, manipula, parece una cosa y es otra. No le gusta el fútbol, pero, con su astucia de timador, sabe cuándo ponerse la camiseta; no juega, pero sabe meter goles. 

No vive en Colombia, la pisa. Presume de sus otras nacionalidades, mientras se apena de la de su origen. Desprecia a su gente y su gastronomía, odia sus costumbres, su cultura. Renunció a sus compromisos con la patria firme que aspira a gobernar, mientras prometió su entrega y abyección a otra, que si para algo le ha servido es solo para reafirmar su pequeñez y petulancia. 

Con Cepeda vislumbramos un país con más tranquilidad. Con Abelardo iremos hacia el máximo de desestabilización social e institucional. 

Para Iván la política es comunión, esfuerzo, un llamado a pensar cómo hacer mejor la humanidad, construcción colectiva. Vive en su país, lo conoce, lo recorre, lo disfruta; dialoga con él, con sus territorios, con su gente; conoce sus problemas y se reconoce como parte de sus soluciones. 

El espíritu sosegado, reflexivo y dialogante de Cepeda permitirá avanzar mediante acuerdos en las transformaciones que el país necesita. La impulsividad, el ego inflado, la falta de experiencia, la desmesura y el lado oscuro de De la Espriella llevarán el país al rompe; será un salto al vacío, regar la hoguera con líquido inflamable.

Con Cepeda vislumbramos un país con más tranquilidad. Con Abelardo iremos hacia el máximo de desestabilización social e institucional. El costo social será muy alto para un país que, como Colombia, sigue siendo el tercero más desigual del mundo y el segundo más desigual de América Latina.

Cerrar ministerios, instituciones especializadas, reducir el gasto social, significa mandar a la calle a miles de empleados públicos, negar la posibilidad a jóvenes de los sectores populares de que accedan a estudios superiores e incluso secundarios, dejar a la intemperie a poblaciones vulnerables: niños, jóvenes, mujeres, familias en situación de pobreza extrema, minorías étnicas, población LGBTIQ+, personas en condición de discapacidad, madres cabeza de hogar, adultos mayores, entre otros. 

Cepeda tiene como eje de su programa la política social. Es decir, la reducción de la desigualdad, el cierre de brechas de pobreza y riqueza, la superación de las inequidades regionales. Asegura la protección de los derechos recuperados con la reforma laboral, la gratuidad en la educación, la posibilidad de que más personas alcancen una jubilación, el acceso a tierras para las familias campesinas, etc.; falencias que históricamente ha arrastrado el país y que están en la base de lo que ha alimentado la violencia. 

No es por la razón o por la fuerza, ese no es el dilema; es por la realización de la vida, la defensa de la democracia y la materialización del sueño de un país en el que alguna vez, por fin, quepamos todos. 

Tenemos pues la opción de elegir entre un candidato que propone acabar con la estructura del Estado, las instituciones democráticas y el respeto a las libertades y derechos; y otro que, sin que prometa acabar con todos sus problemas, seguirá llevando al país en medio de unas condiciones de estabilidad social, aceptable desempeño económico y un sistema institucional que ha respetado la división de poderes, el sistema de pesos y contrapesos y la garantía de derechos para todos los sectores políticos y sociales. 

Colombia ha cambiado para bien en medio de sus dificultades. No merece, no aguanta un retroceso; gobernantes investidos por las élites de la mediocracia o por los voceros de una ralea emergente de pilluelos con fortuna -pero sin valores- no pueden ser ya una opción. No es un asunto de clase, es cuestión de dignidad. 

Con un mínimo de razón e inteligencia, la propia derecha -sobre todo el sector empresarial- y la desubicada clase media entenderían los riesgos a los que a sí mismas se exponen con una eventual presidencia de Abelardo de la Espriella. No cabe una propuesta que prometa destripar la oposición, pues esa violencia ya con muchos costos la hemos padecido. No puede aspirar a ser presidente quien propone seguir cultivando en los rastrojos de la guerra.

No es por la razón o por la fuerza, ese no es el dilema; es por la realización de la vida, la defensa de la democracia y la materialización del sueño de un país en el que alguna vez, por fin, quepamos todos. 


*Economista-magister en estudios políticos


miércoles, 27 de mayo de 2026

Primera vuelta, profundizar el cambio


El triunfo de Iván Cepeda y Aída Quilcué en primera vuelta es un propósito a cumplir para asegurar el avance de una democracia que, en todos los órdenes, apenas empezamos a vivir.  


Orlando Ortiz Medina*


*

Foto: Pares
La llegada, por primera vez, de un gobierno progresista fue un paso más de una serie de hechos que Colombia ha vivido en la última década. El cambio de signo de una dirigencia que se había mantenido en el poder por más de ciento cincuenta años abrió, por fin, el espectro de la democracia.

El triunfo de Gustavo Petro en 2022 sumó a la esperanza de una sociedad que ya vivía los cambios heredados de la firma del acuerdo de paz de 2016, que, pese a sus dificultades, dio impulso a la desactivación de la violencia y la vindicación de la política como forma de encarar los conflictos. De igual manera, los problemas develados por la pandemia del covid-19 y el estallido social de 2021 bajaron el telón y mostraron los protagonistas del nuevo país que entraba a escena. 

Es innegable que el país está cambiando y el gran reto de este 31 de mayo consiste en garantizar que no haya un retroceso. El regreso de las anteriores dirigencias sería una enorme frustración para una sociedad hoy habitada por la certeza de que otro modo de vida es posible. El triunfo de Iván Cepeda y Aída Quilcué en primera vuelta es un propósito a cumplir para asegurar el avance de una democracia que, en todos los órdenes, apenas empezamos a vivir.  

Contamos hoy con una ciudadanía más deliberante, más participativa, más consciente de sus problemas y con mayor claridad sobre la política como el lugar para allanar soluciones. Es la democracia en acto, la contracara de una realidad que había mantenido invisibilizados y reducidos a objetos de manipulación a importantes sectores de la población. Se ha ganado en que la democracia sea una forma de vida, algo más que un sistema de procedimientos o un conjunto de normas, no pocas veces confeccionadas justamente para burlarla.

El cambio de signo de una dirigencia que se había mantenido en el poder por más de ciento cincuenta años abrió, por fin, el espectro de la democracia.

La confluencia de obreros, campesinos, ambientalistas, indígenas, afrocolombianos, estudiantes, maestros, mujeres, comunidades diversas, etc., que hicieron de calles, plazas y otros lugares públicos el escenario para ejercer y valer sus derechos, fueron la clave para la aprobación de las reformas -las que se lograron- ante un Congreso siempre dispuesto a bloquear las iniciativas del Gobierno.

El protagonismo de estos nuevos actores y el contar con un gobierno salido de su entraña condujo a que en la agenda del Estado se pusieran en discusión problemas que han obstaculizado el desarrollo y las posibilidades de una sociedad menos violenta y más justa y democrática. La desigualdad, la pobreza, la elevada concentración de la riqueza, las brechas entre las zonas urbanas y rurales y las enormes disparidades regionales, son, entre otros, temas que hoy centran la atención, cuando antes se ignoraban como parte de la tragedia que ha padecido Colombia. 

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Una nueva manera de orientar la economía ha demostrado que es posible, de manera simultánea, promover su crecimiento, corregir las desigualdades y mejorar las condiciones de vida de las personas, en especial de las que viven en situación de mayor vulnerabilidad. En ello ha consistido el cambio de salario mínimo a salario vital que les permite a los trabajadores cubrir sus necesidades básicas; la apuesta por un sistema de tributación más progresivo; los esfuerzos por diversificar la producción, reducir la dependencia de unos pocos productos de exportación, especialmente minerales e hidrocarburos, y lograr una inserción más competitiva en los mercados internacionales. Hoy Colombia tiene un sector agropecuario más potente, ha diversificado su canasta exportadora y es de los que más ha visto crecer el flujo de turistas desde diferentes regiones del mundo.  

Los resultados son elocuentes:

El salario real aumentó durante este gobierno alrededor del 30%, muy por encima del incremento de los ocho gobiernos anteriores, que sumados ascienden al 26,1%.

La tasa de desempleo registra la cifra más baja del siglo: 8,8% al cierre del mes de marzo.

La inflación cerró en 5,1% en diciembre de 2025, después de haber llegado al 13,2% en 2022.

La pobreza multidimensional cayó por primera vez a un solo dígito: 9,9% en 2025, el nivel más bajo desde que se mide en Colombia.

La pobreza monetaria se redujo a 31,8% en 2024 a nivel nacional, la cifra más baja registrada en los últimos 13 años.

En total, 2.6 millones de personas han salido de la pobreza durante el actual gobierno. 

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Cepeda y Quilcué son la única garantía de que esta senda de cambio y profundización de la democracia continue. 

Él es un líder en el que lo primero que hay que resaltar es su enorme sentido de humanidad y su incuestionable talante ético. Sereno, respetuoso, dispuesto siempre al diálogo y la conciliación, pese a una historia que en muchas oportunidades le ha sido adversa. Filósofo de formación, reflexivo, alejado de odios y venganzas y ajeno a ambiciones personales, ha sido un incansable luchador por la defensa de los derechos humanos y una de las personas que más ha hecho esfuerzos por alcanzar la paz. 

La revolución ética es la base principal de la propuesta de Iván y Aida. 

Ella es una lideresa indígena que lleva también la vocería de los pueblos a los que se ha querido condenar a la exclusión y el destierro. Actualmente es senadora de la República y ha ocupado varios cargos de liderazgo en su lucha por la protección de sus territorios y la defensa de los derechos humanos. Como Iván, es igualmente una víctima de la violencia de los agentes del Estado; su esposo, también líder, fue asesinado en 2008 por miembros del Ejército Nacional. 

Iván y Aída son sin duda la fórmula para enfrentar a quienes quieren retornar a la sociedad del pasado y siguen sin entender que el país cambió y que no se puede continuar en el estado de privilegios y desigualdades en que se ha sostenido Colombia. Peor aún, que se regocijan creyendo en las supuestas virtudes de la guerra, el autoritarismo y la violencia como premisas del orden y la estabilidad democrática, y no en la necesidad de un desarrollo incluyente y pensado para la vida y la justicia social como bases fundantes. 

La revolución ética es la base principal de la propuesta de Iván y Aida. Es algo que no interpela, por un lado, a quien pretende retornar al gobierno como heredera de una dinastía familiar a la que le pesa la historia de una nación hendida en sangre. Por otro, a quien solo hemos visto transitar por oscuros recovecos que le han inflado fama y bolsas, y promete un país y un Estado reducido al tamaño de su minúscula y ostentosa manera de ver y entender el mundo. 

El domingo tendremos la oportunidad de confirmar cuánto la sociedad ha cambiado y qué tan fortalecida está para defender el legado de un Gobierno que, por primera vez, ha estado del lado de quienes han asumido la tarea de construir la nueva historia.  


*Economista-magister en estudios políticos 

domingo, 17 de mayo de 2026

Si la muerte pisa mi huerto, que el otro sirva también de abono

Colombia clama el abandono de ese dejo filial entre muerte y política, de esa vena necrosante que no deja de supurar, aun en la hora de los oficios religiosos. 


Orlando Ortiz Medina*


Foto: Meer
Clemencia Vargas, hija del fallecido exvicepresidente Germán Vargas Lleras, destacó en sus manifestaciones de pesar que la mejor manera de honrar a su padre es evitar que Iván Cepeda Castro, candidato del Frente por la vida, llegue a la presidencia de la República. Algo similar ocurrió con Claudia Tarazona, viuda de Miguel Uribe, en su caso asesinado, quien afirmó que, si la muerte de su esposo había valido la pena, era para derrotar a Iván Cepeda. 

Las dos afirmaciones generan una pregunta: ¿Acaso la muerte de un ser querido tiene sentido o puede valer la pena?

Tal vez esta sea una nueva y vulgarizada versión del concepto de necropolítica, inicialmente propuesto por el filósofo camerunés Achille Mbembe, que se refiere al uso de la muerte como dispositivo de control y dominio de la población: la administración de la muerte por parte de quienes ejercen el poder y que se sienten facultados para decidir quién debe vivir y quién debe morir. 

Esta versión, digamos criolla, de la necropolítica, trasciende el hecho fúnebre para llevarlo a un lugar de celebración: la derrota del otro. La muerte física del líder sería compensada con la muerte política del adversario. 

Es también la invocación a la venganza como manera de redimir la pérdida; una contribución al duelo. Si la muerte pisa mi huerto, que el otro sirva también de abono. Es el uso utilitarista del hecho, sin recurso a valores o fundamentos éticos, donde el sujeto de duelo se deshumaniza y se le reduce a un objeto funcional, políticamente rentable. 

Como ha ocurrido con la vida, también se mercantiliza la muerte. Se le asigna un valor de uso: para movilizar, conmover, provocar emociones; asimismo un valor de cambio: se capitaliza el saldo que deja en el mundo de las transacciones políticas. 

Puestas vida y muerte en el mundo de las mercancías, la política se banaliza, evade su esencia, muere como espacio de discernimiento, posibilidad de construcción de un nosotros que genere comunión en las diferencias. 

Se necesita dejar de ser un país al que le pesan más los muertos que la solemnidad de la vida.

En Colombia, donde ejercer la política ha sido torear la muerte, va siendo hora dejar de vivir de la memoria de sus mártires: reales o inventados, de historia y legado o de fabricación mediática, de larga vida o de ocasión; pues cada invocación al mártir es un regreso al luto, un retorno al odio, una vuelta al origen de la tragedia. 

Se necesita dejar de ser un país al que le pesan más los muertos que la solemnidad de la vida. La muerte no puede seguir siendo un instrumento al servicio de la política ni el poder un bien más que se transmite por linaje y se rubrica secularmente a ciertas especies familiares. 

Se oye decir, curiosa demanda, que a Germán Vargas Lleras el país le quedó debiendo la presidencia; no es así, a menos que se considere que le correspondía por herencia o para no faltar a las costumbres que en el país han cercado el tránsito a la democracia. Si no llegó después de dos intentos fue porque no logró el respaldo de los electores y porque, de todas maneras, mucho va del siglo XIX al XXI, cuando éste ya no se conquista a coscorrones.

Tienen razón su hija, sus amigos y los miembros de su partido, Cambio Radical, en que él fue un elemento capital para la cultura política del país. Es cierto, de la política transaccional, del clientelismo, de los clanes regionales, de un partido destacado por sus récords de corrupción y del que fue mentor de un liderazgo arrogante, clasista y excluyente. 

Así que la idea de que el mejor legado de su partida sería “recuperar el rumbo de Colombia y no entregarle el país a Cepeda y sus secuaces” es un dislate, en un momento en que se transita hacia un nuevo umbral civilizatorio en donde, física, política o simbólicamente, matar al otro no sea el clímax de la política. 

La muerte no puede seguir siendo un instrumento al servicio de la política ni el poder un bien más que se transmite por linaje y se rubrica secularmente a ciertas especies familiares

Es comprensible el dolor de Clemencia Vargas por el fallecimiento de su padre y el de Claudia Tarazona por el asesinato de su esposo; tal vez, si así lo fuera, también lo sea el odio de Claudia por quienes le segaron la vida. Pero no hay razón para decir que uno valió la pena y el otro tenga sentido. Aunque por distintas razones, son muertes que se producen en el marco de una contienda política y en un país que hace de ellas moneda para el cambio. Basta ver el manejo que hicieron de ello los medios de comunicación, con clara intención y animosidad política.   

En 1994 el padre de Iván Cepeda fue asesinado por paramilitares y agentes del Estado. Como él hay miles y miles de personas que por la violencia o debido a otras razones no disfrutan ya de la compañía de sus familiares; pero estemos seguros de que saben, por lo menos en su mayoría, que es con el apego a la ética y la exaltación de otros valores como mejor se puede honrar su legado.

En medio de sus padecimientos, con la generalidad de sus conflictos no resueltos, aún en el kínder de la democracia y con el rezago de una violencia que ha sobresalido como soporte del poder, Colombia clama el abandono de ese dejo filial entre muerte y política, de esa vena necrosante que no deja de supurar, aun en la hora de los oficios religiosos. 

Sí, Colombia necesita cambiar el rumbo, y sí que lo viene haciendo; ojalá no haya regresiones y que los deudos, cualesquiera que ellos sean, dejen de tasar en codicias, cualesquiera que ellas sean, el saldo de sus dolores. 


*Economista-magister en estudios políticos 


miércoles, 6 de mayo de 2026

Miedo, política y violencia


Es verdad que hay serios problemas de seguridad, pero el temor no construye respuestas, no edifica en democracia y no logra sortear el fracaso del Estado ante ese conjunto complejo de factores en los que la inseguridad toma forma


Orlando Ortiz Medina*


Foto: Página 12
Estamos en el peor de los mundos cuando se espera que hechos de violencia, y el saldo que dejan de personas sacrificadas, se conviertan en una cifra a favor de quienes participan en las contiendas electorales. Es la miseria a la que se ha conducido la política y la degradación de valores de los que encarnan el liderazgo y la representación de sus organizaciones. 

Utilizar acciones, simbologías o imaginarios de violencia y hacer de ellos un medio para alcanzar objetivos políticos no es solo una muestra de la bajeza de ciertas colectividades políticas, sino el saldo histórico de la incapacidad para encontrar caminos civilizados frente a la superación de las tensiones que han inhibido las posibilidades de desarrollo y transformación del país. 

Es inadmisible que el rechazo y el dolor a que deben llevar situaciones como las que se presentaron recientemente en los departamentos del Valle y Valle del Cauca cedan a la avidez de triunfo de ciertos candidatos o candidatas, y que concitar el miedo sea la fuente de atracción y movilización de los electores, propósito en el que se incluyen, además, algunos medios de comunicación. 

Hacer del miedo un instrumento de movilización, políticamente rentable y traducirlo en políticas de gobierno desvirtúa la esencia de la democracia. Lleva a que individuos y colectivos actúen mediados por decisiones que, aunque aparente y razonablemente digeridas, no son más que formas viciadas de ejercer el control ciudadano y mantener las estructuras y relaciones de poder. Es un recurso de manipulación, se interioriza como condición psíquica, induce y condiciona la voluntad, vence la razón y falsifica la naturaleza de los problemas. 

Seguir recurriendo al pánico como estrategia de movilización o contención de la presencia ciudadana en el espacio de las deliberaciones es mantener el acento en premisas regresivas y cerrar el paso hacia una ciudadanía imbuida de principios y valores democráticos

El miedo y la violencia han trivializado la política, la han degradado, vaciado de contenidos y enajenado de sus ciudadanos. Le han negado el lugar que le corresponde como fuente de construcción de convivencia y han dado pábulo a la conformación de organizaciones armadas y delincuenciales, de diverso cuño, que ocupan, rechazan o reclaman la presencia del Estado, siempre lego a la hora de garantizar sus funciones. 

No se exagera al decir que Colombia es un país que hace muy poco ha comenzado a vivir en democracia; pues, además de lo que le ha significado trasegar en un escenario permanente de confrontaciones, la mayoría de su historia ha transcurrido bajo el dominio de una legión de políticos -y sus partidos- que llevaron al Estado a ser apropiado por prácticas non santas y a mantener excluidas a otras fuerzas o representaciones no afectas al establecimiento. 

Seguir recurriendo al pánico como estrategia de movilización o contención de la presencia ciudadana en el espacio de las deliberaciones es mantener el acento en premisas regresivas y cerrar el paso hacia una ciudadanía imbuida de principios y valores democráticos. Es, también, un contrasentido frente a los esfuerzos que se están librando para que política y violencia lleguen a ser realidades escindidas, y para lograr legitimar los conflictos y hacer que se tramiten por las vías institucionales; condición imperativa para vivir en democracia y superar esa especie de sino trágico al que al país pareciera querer condenársele. 

La situación ha cambiado, estamos en un escenario con presencia cada vez más protagónica de organizaciones y movimientos sociales que reafirman su liderazgo y trascendencia en la vida nacional

Colombia ya no es el monopolio bipartidista que anegó los caminos de la democracia durante prácticamente todo el siglo XX y los primeros lustros del siglo XXI. La situación ha cambiado, estamos en un escenario con presencia cada vez más protagónica de organizaciones y movimientos sociales que reafirman su liderazgo y trascendencia en la vida nacional. No es ésta la época del Estado de sitio ni la de una institucionalidad plenamente cooptada y roída por la corrupción, el nepotismo, el clientelismo y el dominio de clanes locales y regionales, aunque haya todavía quienes se resisten a la renovación de las dirigencias y sus amañadas costumbres.      

Es verdad que hay serios problemas de seguridad, pero el temor no construye respuestas, no edifica en democracia y no logra sortear el fracaso del Estado ante ese conjunto complejo de factores en los que la inseguridad toma forma: las necesidades sociales, la garantía de bienes públicos, la vigencia del Estado Social de Derecho, que rebasan las salidas puramente militares a las que generalmente conducen las estrategias fundadas en el miedo. 

Es parte del morbo político y algo ya muy desgastado poner a la izquierda a la sombra de las organizaciones armadas, que tuvieron su lugar, pero que ya no son las mismas ni cumplen el mismo rol que en décadas anteriores. Corresponde, más bien, saludar su presencia y reconocer que goza hoy de un alto grado de respaldo y legitimidad, lo que juega sin duda a favor de esa democracia en construcción. Una izquierda que ha puesto en cuestión el bloque en el poder, está demostrando que el estado de cosas existente no era un destino histórico y que las reglas de juego sí son propensas al cambio. 

Por fortuna hoy existe un electorado con mayor capacidad de reflexión, con un talante más crítico para la recepción de las propuestas y el trámite de la información. En otras palabras, menos susceptible a la manipulación y más cerca del ideal democrático que les respira en la nuca a los que, más bien por su propio miedo, pretenden seguir cosechando en las miserias de la guerra. 

*Economista-magister en estudios políticos 


miércoles, 1 de abril de 2026

Tasa de interés, golpe a la economía


Para cualquier ciudadano, independiente de su posición social o su nivel de ingresos, hoy resulta más gravoso usar su tarjeta de crédito, tomar un crédito de vivienda, de vehículo, en general de consumo o para atender otro tipo de necesidades. 


Orlando Ortiz Medina*


Foto: Opinión Caribe
No es, como lo quieren hacer ver algunos sectores, especialmente de los gremios y la oposición política, ni un bloqueo institucional ni la puesta en cuestión de la autonomía del Banco de la República, lo que significa la salida de la reunión de su junta directiva por parte del señor ministro de hacienda, Germán Ávila, el pasado 31 de marzo.

Es sencillamente la manifestación de su desacuerdo con la elevación, por segunda vez consecutiva, de la tasa de interés en cien puntos básicos, a la que el Gobierno considera una medida no solo exagerada, sino inexplicable e innecesaria, que afecta sensiblemente la dinámica de crecimiento y la estabilidad macroeconómica.

Los datos de inflación de los meses de enero y febrero no justifican el tamaño de la decisión. De acuerdo con el DANE, la inflación del mes de febrero fue no solo inferior al de enero: 5,29% y 5,35%, respectivamente, sino que estuvo incluso por debajo de lo que el propio banco había proyectado en la Encuesta Mensual de Expectativas: 5,49%. 

Quedan pues en cuestión los criterios que están orientando las providencias de la Junta, a las que tampoco respalda el comportamiento de otros indicadores, como el desempleo, por ejemplo, o los datos de crecimiento económico, que están dentro de los rangos esperados o incluso por debajo de los mismos. El desempleo en febrero tuvo una reducción de 1.1 puntos porcentuales respecto a febrero de 2025, que desvirtúa además las previsiones de hecatombe anunciadas con ocasión del incremento del salario del 23,7% para 2026. 

Todo indica que no son propiamente criterios técnicos lo que está guiando a los creídos gurús de la economía, sino su negativa a revisar los dogmas y fundamentalismos teóricos, por qué no decir ideológicos, a los que han convertido en una especie de decálogo teológico para fundamentar sus decisiones.

Se equivocan si siguen considerando la política monetaria como el único instrumento de control de la inflación, sin advertir sobre sus inevitables impactos recesivos y el rol que en su comportamiento juegan otro tipo de factores, algunos ajenos a la política económica doméstica. Las dinámicas internacionales -ensombrecidas por las guerras militares y comerciales-, la interrupción de las cadenas de suministro, las alteraciones climáticas, entre otros, tienen un enorme peso en el comportamiento de los precios y no propiamente se corrigen con una resolución como la decretada por los intocables apóstoles de la ortodoxia monetarista. 

Todo indica que no son propiamente criterios técnicos lo que está guiando a los creídos gurús de la economía, sino su negativa a revisar los dogmas y fundamentalismos teóricos

La estabilidad macroeconómica trasciende el objetivo madre del Baco de la República, inflación cero, y debe estar en coherencia con otro conjunto de políticas, especialmente aquellas dirigidas a promover la dinamización de los sectores productivos, la generación de empleo, el estímulo a la capacidad de compra y la demanda de los consumidores, a lo que no le hace ninguna contribución el incremento del costo del dinero, que es, en últimas, a lo único que conduce la elevación de la tasa de interés.

Para cualquier ciudadano, independiente de su posición social o su nivel de ingresos, hoy resulta más gravoso usar su tarjeta de crédito, tomar un crédito de vivienda, de vehículo, en general de consumo o para atender otro tipo de necesidades. Pues está obligado a hacer una mayor contribución a las alforjas de una banca cuyos intereses se mantienen ajenos a los de un país que se esfuerza no solo por mantener a flote su economía, sino porque sus resultados redunden en beneficio de sus mayorías.  

Flaco favor se les hace a los sectores reales de producción mientras se premia solo al sector especulativo y financiero, nacional e internacional, que viaja plácido, rápido, a bajo costo y con excelentes perspectivas a los lugares donde mayores dividendos les ofrezcan, hoy Colombia entre ellos. 

Elevar -sin suficiente ilustración y sin que las circunstancias lo ameriten- en solo dos meses doscientos puntos básicos la tasa de interés es un contrasentido para una economía que hasta ahora no ha mostrado significativas alteraciones.

Los efectos se verán también sobre la tasa de cambio: una mayor revaluación del peso que, con sus más y sus menos, producirá alteraciones sobre los volúmenes, los costos de producción y el tamaño de la demanda interna, por el impacto esperado sobre los precios de las materias primas y de los bienes e insumos importados. Queda esperar también lo que resulte para los exportadores, que verán mermar sus ingresos por cada dólar exportado y se situarán con menos ventaja frente a sus competidores internacionales. 

Elevar -sin suficiente ilustración y sin que las circunstancias lo ameriten- en solo dos meses doscientos puntos básicos la tasa de interés es un contrasentido para una economía que hasta ahora no ha mostrado significativas alteraciones. Solo refleja el todos a una al que se han convocado las mayorías en el Congreso de la República, algunas Cortes, la Junta Directiva del Emisor y los sectores políticos y económicos reticentes al cambio, contra las políticas de estabilización, crecimiento y búsqueda de mayores condiciones de inclusión y equidad en las que se ha comprometido el actual Gobierno. 

Que los sabios rectores de la banca no confundan autonomía con indiferencia, que tampoco sientan amenazada su independencia por el llamado que se les hace a revisar el saldo en rojo y los manuales ya obsoletos con los que insisten en seguir orientando el destino de nuestras naciones. 


*Economista-Magister en estudios políticos