jueves, 23 de julio de 2026

Mundial 2026: Argentina, nacionalismo y soberanía.


Tantas cosas que pasan, que a veces se ignoran, y que para verlas no se necesita más que echar a rodar una pelota. 


Orlando Ortiz Medina*


Foto:Perfil
En medio de todas las inconstancias que se vivieron durante el encuentro mundialista, es difícil poner en cuestión que la selección española le otorgó a su país el legítimo derecho a brindar en su nueva copa. Pero lo mejor que queda de este Mundial es la reafirmación de que el fútbol, más allá de una disciplina deportiva, es la caja de resonancia de lo que está siendo el mundo. Los tartufos, la geografía del poder, las desigualdades, la política, la tecnología con sus más y sus menos, el márquetin, la generalizada cultura del emprendimiento, las guerras, además de las manifestaciones racistas y de desprecio por culturas y nacionalidades fueron el plato servido en los manteles multicolores de sus tribunas. 

Absurdo el tufillo de moralidad con el que quiso aureolarse la confluencia de los seleccionados, pese a que tuvo tantas manchas; una en especial, la FIFA, cuyo presidente, Gianni Infantino, dio el peor ejemplo al doblegarse a uno de los seres más despreciables del mundo y cuyas manos lavadas en tintas de sangre manosearon la majestuosidad del trofeo.

Faltos de autoridad y prohibidos para prohibir quienes, en una decisión claramente política, obligaron a Haití a cambiar su camiseta por llevar una pequeña imagen que solo hacía alusión a su guerra de independencia. Más aún, los que prohibieron a la delegación de Irán pernoctar en el país que oficiaba como sede principal del mundial, aunque allí mismo les programaron partidos: Inglewood, California y Seattle, Washington. 

Pretender, además, controlar las emociones en canchas y tribunas es desconocer que a ellas llegan la historia y los símbolos que arrastran las sociedades como reflejo de sus identidades, alegrías y tristezas.

Ingenuidad, cinismo o falta de comprensión eso de querer evitar que en el juego se mezclaran hechos extrafutbolísticos; que se trataba solo de un evento deportivo, como se proclamó desde distintas voces, sobre todo a propósito del partido de Argentina contra Inglaterra, sin duda el de mayor relevancia en el torneo. Absurdo aquello de que estaban prohibidas las manifestaciones políticas en los estadios, que ignora la dimensión sustancialmente política de lo que cada vez menos se refiere a una confluencia de representaciones lúdicas.

Pretender, además, controlar las emociones en canchas y tribunas es desconocer que a ellas llegan la historia y los símbolos que arrastran las sociedades como reflejo de sus identidades, alegrías y tristezas. La afición no solo sufre o celebra lo que ocurre en el momento de juego; con el movimiento de la pelota se afloran los resentimientos, las broncas, las diferencias y el saldo que las sociedades heredan de sus conflictos, dentro o más allá de sus fronteras.  

Argentina ganó el partido que tenía que ganar

El ejemplo más ilustrativo de estos planos cruzados en el fútbol es el de la selección argentina, cuyo partido más significativo no fue su final contra España, sino el de la semifinal con Inglaterra, en el que se impuso por dos goles a uno. Frente a los ingleses, Argentina ganó el partido que por encima de todo tenía que ganar; pues era la remembranza de un momento doloroso de su historia que evocaba, por un lado, el vergonzoso rezago de colonialismo que todavía persiste en América Latina, y, por otro, los luctuosos tiempos de dictadura que vivió entre los años setenta y ochenta, a la par con otros países de la región.    

El presidente Javier Milei y su canciller Pablo Quirno, así como el presidente de la FIFA, prohibieron el ingreso de objetos y la entonación en el estadio de cánticos que evocaran el conflicto que existe entre los dos países por la propiedad de las islas Malvinas, the Falkland Islands para los ingleses. Se equivocaron, era imposible evitar que ese encuentro rememorara la guerra, conocida como la del Atlántico Sur, ocurrida entre el dos de abril y el 14 de junio de 1982.

La tela blanca con letras negras que izaron los muchachos del equipo de Messi rechazaba la ocupación de las islas por parte de los ingleses desde hace cerca de doscientos años. Recordaba también las vidas de 649 jóvenes sacrificados durante los 74 días que duró la confrontación y que tuvo como telón de fondo las argucias de la Junta Militar que desde marzo de 1976 se apoderó del gobierno.

Adicionalmente, para los argentinos glorioso y para los ingleses doloroso, el recuerdo del partido jugado en el estadio Azteca (México-1986) en el que el todopoderoso del país austral, Diego Armando Maradona, anotó los que son tal vez los dos goles más históricos del siglo XX: uno por su indiscutible calidad y otro por su — aunque cuestionable — indiscutible y apreciado valor simbólico, el de la mano de Dios

Los militares, en su momento en cabeza de Leopoldo Fortunato Galtieri, se habían propuesto la recuperación de las islas, no propiamente con el interés de defender la soberanía nacional, sino como un grosero acto de manipulación que buscaba exaltar el patriotismo y generar un sentimiento de entusiasmo colectivo que pusiera un velo sobre la grave crisis que vivía el país. Declive económico, protestas sociales y, sobre todo, el desprestigio interno e internacional por las graves violaciones de los derechos humanos expresadas en torturas, asesinatos, secuestros y desapariciones forzadas, cometidas por miembros del ejército, la fuerza aérea y la armada argentina.

Frente a los ingleses, Argentina ganó el partido que por encima de todo tenía que ganar; pues era la remembranza de un momento doloroso de su historia

El 30 de marzo de 1982 una marcha obrera de cincuenta mil personas convocada hacia Plaza de Mayo puteaba a Galtieri reclamando paz, pan y trabajo. El 2 de abril, apenas dos días después, en esa misma plaza, ese número de población se duplicaba, banderas en mano, esta vez para cantar vivas a Galtieri y a la marina argentina que iniciaba su gesta por la “recuperación” de las islas (Guerriero, 2024).

La gran distracción

Para 1978, Jorge Rafael Videla, el primero en asumir el gobierno a nombre de la Junta Militar, con su país como sede, había utilizado el Mundial para distraer a la comunidad internacional y a sus propios ciudadanos de las tropelías cometidas por el régimen.

Fue tal que la llegada del equipo argentino a la fase final estuvo precedida por un icónico partido contra la selección de Perú, a la que, para pasar y dejar por fuera a Brasil, Argentina tenía que ganarle por una diferencia de cuatro goles.

La diferencia no fue de cuatro sino de seis goles, marcador sobrado. Lo que más se recuerda de ese partido es que, antes de jugarse, el seleccionado de Perú recibió en el camerino la visita del dictador argentino, acompañado nada menos que del secretario de Estado norteamericano Henry Kissinger. Sobre el particular vinieron después todo tipo de versiones y es difícil saber en realidad de qué hablaron, pero fueron seis goles y Videla era Videla y Kissinger era Kissinger.

La Junta Militar se acrecentó en honores y le dijo al mundo que su país era un paraíso, una democracia sólida y que nadie como sus jugadores -eso sí era cierto- albergaba ese ímpetu de ganadores. Ese año Argentina se coronó campeón y en las calles los gritos de celebración ahogaban los de quienes, al mismo tiempo, estaban siendo desaparecidos, tirados al mar, sometidos a torturas o asesinados en los cuarteles.  

Fútbol y soberanía

La guerra por las Malvinas terminó un día después de que la selección argentina debutara ahora en el Mundial de España, con un partido que perdió contra Bélgica. La nueva participación mundialista hacia curso entre la exaltación del nacionalismo, el encubrimiento a los desmanes de la dictadura, los soldados que se rendían humillados a la marina británica y los cuerpos que llegaban en los ataúdes para ser entregados a sus familiares, envueltos en la bandera azul y blanco que los recordaría siempre como héroes de la patria. 

Hoy, a casi cincuenta años de su primer título mundial en 1978, cuarenta después del triunfo contra Inglaterra en 1986 que le serviría para ganar su segunda copa en final disputada contra Alemania, y campeona luego en el Mundial de Catar en 2022, entre los mismos avatares del fútbol, el reclamo por la soberanía sigue siendo una lucha de diversos sectores políticos y sociales argentinos.  

Esta vez con más razones porque a la devolución de las islas se agrega lo que allí mismo ocurre en materia de explotación y aprovechamiento de sus recursos naturales, cuando empresas israelíes y británicas avanzan en la exploración de yacimientos petroleros, no obstante estar prohibido por resoluciones de la Organización de Naciones Unidas.

Mientras se jugaba el Mundial, por iniciativa del gobierno de Milei, el Congreso argentino discutía un proyecto de ley dirigido a eliminar restricciones a la compra de tierras rurales por parte de ciudadanos y empresas extranjeras

Además, porque, mientras se jugaba el Mundial, por iniciativa del gobierno de Milei, el Congreso argentino discutía un proyecto de ley dirigido a eliminar restricciones a la compra de tierras rurales por parte de ciudadanos y empresas extranjeras, lo que llevaría a que, aparte de las tierras, fuentes de agua, yacimientos mineros o de hidrocarburos, glaciares, bosques nativos, así como los suelos quemados debido a incendios forestales, quedarían bajo su mando. 

Vuelve aquí el balón y sus dominios. La prohibición a hinchas y jugadores de usar sus banderas para reclamar que "Las Malvinas son argentinas" reavivó las demandas de soberanía; tanto que alteró los nervios de los congresistas y, al menos por ahora, hizo recular a los que están dispuestos a votar a favor del proyecto. Así que, en vez de actuar como anestesiante, esta vez el fútbol sirvió para acrecentar la identidad en torno a la defensa de sus recursos y en contra de un Gobierno cuyo presidente se ha mostrado más cerca de los intereses foráneos que de los de su propio país. 

La pelota mueve 

Argentina no logró ser campeón, pero el fútbol como emblema sobresaliente de su historia ha servido esta vez para reafirmar que, si no un gobierno, sí hay un pueblo que no olvida que todavía pisan su suelo enclaves coloniales y que se mantiene dispuesto a plantarse para que ni se mantenga ni se extienda una situación que, avanzado más de un cuarto del nuevo siglo, indigna por su permanencia y avergüenza por su anacronismo.  

Vimos pasar de todo en este Mundial organizado en su mayoría por un país no futbolista: las banderas de Israel que evocaban sin ruborizarse a uno de los decanos del crimen en el mundo;  el cambio en las reglas de juego de manera que se adaptara a las codiciosas necesidades de las marcas publicitarias; los ecos y resquemores de las guerras promovidas por algunos de los que, sin pudor, entregaron medallas y trofeos; la bandera palestina ondeada para condenar el genocidio en Gaza; la estatua humana que emulaba a Patrice Lumumba para simbolizar la lucha contra el crimen y el racismo en África.

Cómo no nombrar el desfile de Trump e Infantino dirigiéndose a la tribuna de premiación coreados por una adorable melodía de chiflidos que les recordaba que en el campo de futbol son mucho menos que su arrogancia.

Tantas cosas que pasan, que a veces se ignoran, y que para verlas no se necesita más que echar a rodar una pelota. 

Bibliografía de referencia

Galeano, Eduardo, 1995. El fútbol a sol y sombra. Tercer mundo editores.  

Guerrero Leila, 2024. La otra guerra, una historia del cementerio argentino en las islas Malvinas. Nuevos cuadernos de Anagrama, 4ª edición.

Valdano, Jorge, 2016. Fútbol: juego infinito. Conecta. Penguin Random House  

Villoro, Juan, 2026. Los héroes numerados. Seix Barral

https://www.filo.news/noticia/2026/05/24/petroleras-britanica-e-israeli-planean-duplicar-la-produccion-de-petroleo-en-malvinas-pese-al-rechazo-argentino

https://www.pagina12.com.ar/2026/07/20/el-ultimo-tango/

https://www.pagina12.com.ar/2026/07/20/la-vidriera-irrespetuosa-2/

https://www.pagina12.com.ar/2026/07/19/todo-esta-guardado-en-la-memoria/


*Economista-Magister en estudios políticos 


miércoles, 8 de julio de 2026

Tarjeta roja para el mundial


Bien vale que supiéramos hasta dónde llega el poder discrecional del presidente de la FIFA para otorgar ese tipo de favores y cuánto de esa discreción se encuentra atada a los intereses de aquellos a quienes simplemente se rinde como si su fueran sus amos. 


Orlando Ortiz Medina*


Imagen tomada de redes sociales
Definitivamente este sí ha sido el mundial de la vergüenza, como desde diferentes lugares se ha denominado. Lo que hasta ahora se establecía por lo ocurrido estrictamente en el campo de juego hoy se pone fuera de lugar y se traslada a la esfera de los poderes y las influencias políticas. 

Entra en barrena la máxima de que es el juego el único y último determinador de las decisiones que se tomen en la cancha, avaladas, claro está, por el juez central y los de línea, burlados esta vez por el influjo de fuerzas ajenas a la grama. 

El delantero de la selección de Estados Unidos, Folarin Balogun, recibió tarjeta roja en el partido contra Bosnia y Herzegovina, que lo dejaba inhabilitado para jugar contra Bélgica en el encuentro del 6 de junio en Seattle. Pero una llamada del presidente Donald Trump al presidente de la FIFA, Gianni Infantino, hizo que el futbolista fuera exonerado de la sanción. 

Lo ocurrido es el síntoma más claro del proceso de degradación en que viene el deporte más popular del mundo; la insignia del derrumbe moral y la quiebra ética de quienes están a cargo de su dirección, además de su anegamiento como lenguaje universal de comunicación entre pueblos, geografías, culturas y nacionalidades.  

En mal momento el fútbol deja de depender de las habilidades, destrezas y la condición física o los comportamientos de los deportistas en el terreno de juego, y se transfiere a quienes, faltos de escrúpulos y al arbitrio de sus poderes, se pasan por encima de las actuaciones de jueces y jugadores. 

El papel del presidente de los Estados Unidos y su interferencia para cambiar la decisión sobre hechos ocurridos en el juego es una desfachatez y una falta de respeto a quienes se sienten convocados al certamen futbolero. No menos lo es el del genuflexo presidente de la FIFA, del que deja poco que decir su impresentable gesto de humillación y de quien sabemos que no propiamente se ha lucido por su honradez, altitud y coherencia. 

Ya bastaba con haberle otorgado al fastidioso anfitrión del mundial el simulado Premio FIFA de la paz, que si algo busca es poner un velo a su ociosa manía de abrir cada vez más nuevos frentes de guerra en el mundo

Ya bastaba con haberle otorgado al fastidioso anfitrión del mundial el simulado Premio FIFA de la paz, que si algo busca es poner un velo a su ociosa manía de abrir cada vez más nuevos frentes de guerra en el mundo. Sin embargo, esta vez tocó fondo con el nuevo lengüetazo que muestra no solo su complejo de inferioridad y su odioso servilismo, sino la falta de atributos para estar al frente de la organización de la que es presidente. 

Bien vale que supiéramos hasta dónde llega el poder discrecional del presidente de la FIFA para otorgar ese tipo de favores y cuánto de esa discreción se encuentra atada a los intereses de aquellos a quienes simplemente se rinde como si su fueran sus amos.  

El talento de los deportistas no puede ser reemplazado por el juego sucio de las burocracias y el papel de quienes figuran como bisagras del poder. Las bondades del fútbol deben seguir siendo su capacidad de convocatoria, la pasión que despierta en sus hinchas, el espacio de lucimiento para los jugadores, su valor como espectáculo y las identidades que construye como símbolo de encuentro de las naciones que representa. 

Que por el influjo de factores ajenos a los campos de juego no llegue la hora en que tengamos que decir: el fútbol ha muerto; máxime cuando organizaciones como la FIFA se asimilan más a un circuito de corredores de bolsa en donde no propiamente se transan valores deportivos.

La permanencia en el cargo de personajes como el señor Infantino es una burla y una violación al derecho de los países a estar justamente representados; pero es también una oportunidad para llamar la atención sobre qué tanto en el deporte como cualquier otra disciplina el mundo necesita ante todo apuestas éticas. 

El talento de los deportistas no puede ser reemplazado por el juego sucio de las burocracias y el papel de quienes figuran como bisagras del poder.

No es que el hecho sorprenda; el fútbol ha estado siempre bajo el influjo y las impudicias de la política. Pero en medio de tanto desfogue de supremacías, abusos y ambiciones de dominio, más vale evitar que situaciones como la ocurrida pasen inadvertidas. 

No solo fue la llamada que burló la decisión en el campo de juego; también hubo restricciones al ingreso de jugadores, árbitros y miembros de las delegaciones de África y de la república de Irán, que fueron sometidas a largos interrogatorios y diferentes situaciones de hostigamiento y acoso. Un claro eco de la guerra en el Medio Oriente y de las acostumbradas manifestaciones de racismo y exclusión, propias de la divisa norteamericana y otras naciones que celebran el supremacismo blanco. En rara coincidencia, se han presentado denuncias de amaño en las decisiones de algunos jueces, que han afectado especialmente a equipos africanos, como fueron los casos de Argelia y Egipto en sus partidos contra Argentina. 

Lo anterior sin descontar el riesgo de ser detenido por el tenebroso ICE, Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, dedicado a perseguir, sin apego al derecho y con todo tipo de atropellos, a inmigrantes latinos y de otras nacionalidades, quienes no se permiten siquiera el acercamiento a los estadios.

Mucho hay de la historia del fútbol para encubrir sucesos, desatar guerras y cambiar o lavarles la cara a gobiernos y dictaduras, entre otros. Recordemos, por ejemplo, que en 1985 se utilizó en Colombia para distraer a los ciudadanos mientras ardía en llamas el Palacio de Justicia y entre las balas del ejército y el comando guerrillero que se lo había tomado por asalto morían decenas de personas inocentes. Torturas, desapariciones y asesinatos extrajudiciales por parte de las fuerzas del Estado tuvieron lugar mientras las pantallas de televisión transmitían un encuentro entre el equipo Millonarios y el Unión Magdalena. El resultado fue 2-0 a favor de Millonarios y del número de víctimas de ese día el marcador hasta ahora no se ha logrado establecer.  

Menos mal que el equipo de los Estados Unidos perdió contra el seleccionado de Bélgica con un contundente marcador (4-1) que difícilmente podría revertirse con una nueva llamada telefónica. Aun así, es un partido que se seguirá recordando como una mancha más en la historia de los mundiales; solo que el justo e incontrovertible triunfo de Bélgica logra en parte atenuar el tamaño de la insolencia del jefe natural de la escuadra gringa.  

Esta vez por lo menos no se dijo que la llamada al presidente de la FIFA se había hecho por estrictas razones de seguridad nacional. Lamentable eso de que lo que no pueda el fútbol lo pueda la política.

Hagamos fuerza para que en lo que resta para llegar a la final, como decía Maradona, no se siga manchando la pelota. 


*Economista-Magister en estudios políticos