Bien vale que supiéramos hasta dónde llega el poder discrecional del presidente de la FIFA para otorgar ese tipo de favores y cuánto de esa discreción se encuentra atada a los intereses de aquellos a quienes simplemente se rinde como si su fueran sus amos.
Orlando Ortiz Medina*
| Imagen tomada de redes sociales |
Entra en barrena la máxima de que es el juego el único y último determinador de las decisiones que se tomen en la cancha, avaladas, claro está, por el juez central y los de línea, burlados esta vez por el influjo de fuerzas ajenas a la grama.
El delantero de la selección de Estados Unidos, Folarin Balogun, recibió tarjeta roja en el partido contra Bosnia y Herzegovina, que lo dejaba inhabilitado para jugar contra Bélgica en el encuentro del 6 de junio en Seattle. Pero una llamada del presidente Donald Trump al presidente de la FIFA, Gianni Infantino, hizo que el futbolista fuera exonerado de la sanción.
Lo ocurrido es el síntoma más claro del proceso de degradación en que viene el deporte más popular del mundo; la enseña más clara del derrumbe moral y la quiebra ética de quienes están a cargo de su dirección, además de su anegamiento como el lenguaje más universal de comunicación entre pueblos, geografías, culturas y nacionalidades.
En mal momento el fútbol deja de depender de las habilidades, destrezas y la condición física o los comportamientos de los deportistas en el terreno de juego, y se transfiere a quienes, faltos de escrúpulos y al arbitrio de sus poderes, se pasan por encima de las actuaciones de jueces y jugadores.
El papel del presidente de los Estados Unidos y su interferencia para cambiar la decisión sobre hechos ocurridos en el juego es una desfachatez y una falta de respeto a quienes se sienten convocados al certamen futbolero. No menos lo es el del genuflexo presidente de la FIFA, del que deja poco que decir su impresentable gesto de humillación y de quien sabemos que no propiamente se ha lucido por su honradez, altitud y coherencia.
Ya bastaba con haberle otorgado al fastidioso anfitrión del mundial el simulado Premio FIFA de la paz, que si algo busca es poner un velo a su ociosa manía de abrir cada vez más nuevos frentes de guerra en el mundo.
Ya bastaba con haberle otorgado al fastidioso anfitrión del mundial el simulado Premio FIFA de la paz, que si algo busca es poner un velo a su ociosa manía de abrir cada vez más nuevos frentes de guerra en el mundo. Sin embargo, esta vez tocó fondo con el nuevo lengüetazo que muestra no solo su complejo de inferioridad y su odioso servilismo, sino la falta de atributos para estar al frente de la organización de la que es presidente.
Bien vale que supiéramos hasta dónde llega el poder discrecional del presidente de la FIFA para otorgar ese tipo de favores y cuánto de esa discreción se encuentra atada a los intereses de aquellos a quienes simplemente se rinde como si su fueran sus amos.
El talento de los deportistas no puede ser reemplazado por el juego sucio de las burocracias y el papel de quienes figuran como bisagras del poder. Las bondades del fútbol deben seguir siendo su capacidad de convocatoria, la pasión que despierta en sus hinchas, el espacio de lucimiento para los jugadores, su valor como espectáculo y las identidades que construye como símbolo de encuentro de las naciones que representa.
Que por el influjo de factores ajenos a los campos de juego no llegue la hora en que tengamos que decir: el fútbol ha muerto; máxime cuando organizaciones como la FIFA se asimilan más a un circuito de corredores de bolsa en donde no propiamente se transan valores deportivos.
La permanencia en el cargo de personajes como el señor Infantino es una burla y una violación al derecho de los países a estar justamente representados; pero es también una oportunidad para llamar la atención sobre qué tanto en el deporte como cualquier otra disciplina el mundo necesita ante todo apuestas éticas.
El talento de los deportistas no puede ser reemplazado por el juego sucio de las burocracias y el papel de quienes figuran como bisagras del poder.
No es que el hecho sorprenda; el fútbol ha estado siempre bajo el influjo y las impudicias de la política. Pero en medio de tanto desfogue de supremacías, abusos y ambiciones de dominio, más vale evitar que situaciones como la ocurrida pasen inadvertidas.
No solo fue la llamada que burló la decisión en el campo de juego; también hubo restricciones al ingreso de jugadores, árbitros y miembros de las delegaciones de África y de la república de Irán, que fueron sometidas a largos interrogatorios y diferentes situaciones de hostigamiento y acoso. Un claro eco de la guerra en el Medio Oriente y de las acostumbradas manifestaciones de racismo y exclusión, propias de la divisa norteamericana y otras naciones que celebran el supremacismo blanco. En rara coincidencia, se han presentado denuncias de amaño en las decisiones de algunos jueces, que han afectado especialmente a equipos africanos, como fueron los casos de Argelia y Egipto en sus partidos contra Argentina.
Lo anterior sin descontar el riesgo de ser detenido por el tenebroso ICE, Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, dedicado a perseguir, sin apego al derecho y con todo tipo de atropellos, a inmigrantes latinos y de otras nacionalidades, quienes no se permiten siquiera el acercamiento a los estadios.
Mucho hay de la historia del fútbol para encubrir sucesos, desatar guerras y cambiar o lavarles la cara a gobiernos y dictaduras, entre otros. Recordemos, por ejemplo, que en 1985 se utilizó en Colombia para distraer a los ciudadanos mientras ardía en llamas el Palacio de Justicia y entre las balas del ejército y el comando guerrillero que se lo había tomado por asalto morían decenas de personas inocentes. Torturas, desapariciones y asesinatos extrajudiciales por parte de las fuerzas del Estado tuvieron lugar mientras las pantallas de televisión transmitían un encuentro entre el equipo Millonarios y el Unión Magdalena. El resultado fue 2-0 a favor de Millonarios y del número de víctimas de ese día el marcador hasta ahora no se ha logrado establecer.
Menos mal que el equipo de los Estados Unidos perdió contra el seleccionado de Bélgica con un contundente marcador (4-1) que difícilmente podría revertirse con una nueva llamada telefónica. Aun así, es un partido que se seguirá recordando como una mancha más en la historia de los mundiales; solo que el justo e incontrovertible triunfo de Bélgica logra en parte atenuar el tamaño de la insolencia del jefe natural de la escuadra gringa.
Esta vez por lo menos no se dijo que la llamada al presidente de la FIFA se había hecho por estrictas razones de seguridad nacional. Lamentable eso de que lo que no pueda el fútbol lo pueda la política.
Hagamos fuerza para que en lo que resta para llegar a la final, como decía Maradona, no se siga manchando la pelota.
*Economista-Magister en estudios políticos
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