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martes, 3 de enero de 2017

¿Peñalosa, una revocatoria posible?

Orlando Ortíz Medina*

Bogotá podría ser este año pionera en el uso de la figura de revocatoria del mandato ciudadano. Es un derecho consagrado en la Constitución Nacional -Artículo 103- que establece los mecanismos de participación ciudadana, y en la Ley 134 de 1994 que los reglamenta. Por medio de ella los ciudadanos pueden solicitar la terminación del periodo de gobierno del mandatario en ejercicio, cuando consideren insatisfacción general con su gestión o porque no haya cumplido con los compromisos adquiridos en su programa de gobierno.

Si bien ya se ha hecho uso de este mecanismo en diferentes oportunidades y en diferentes ciudades y municipios, hasta ahora no ha sido efectivo, bien porque no se cumple el umbral de participación requerido (número mínimo de personas que deben ir a las urnas) o bien porque no se cumple el umbral aprobatorio (número mínimo de votos afirmativos que se necesitan para que el mandatario sea revocado)[i].

Las razones para no alcanzar el umbral son de diferente naturaleza: la desinformación característica de la ciudadanía, la apatía hacia la participación, el peso que incluso en este tipo elecciones tienen prácticas como el clientelismo, el nepotismo, el amiguismo, etc. y siempre los intereses que en una u otra perspectiva están en juego cuando se trata de las administraciones locales.

De todas maneras, tal como están las cosas y en medio del escenario político que se viene con el inicio en firme de la campaña presidencial que, quiérase o no, se va a cruzar en cualquiera de los acontecimientos que durante este año y el próximo se van a manifestar, no es descartable –tampoco fácil- que Bogotá pudiera, al respecto, llegar a marcar un hito.  

El alcalde Enrique Peñalosa terminó su primer año de gobierno con un índice de favorabilidad de sólo un 22 %, de acuerdo con la encuesta del programa Bogotá cómo vamos,  algo que no deja de sorprender cuando, contrario al anterior gobernante, Gustavo Petro, tiene a su favor un Concejo distrital que le ha aprobado la casi totalidad de los proyectos (17 de 19), no ha tenido el bloqueo y la afrenta mediática de éste último y sus propuestas han contado con pleno respaldo del gobierno nacional y los sectores empresariales de la ciudad.

De manera que, con esos nada despreciables factores a su favor, es claro que la vara que está midiendo su gestión es pura y simplemente la de la percepción ciudadana, que no ha visto las realizaciones de la llamada capacidad gerencial con la que se ha vendido siempre su figura.

Frente a las principales demandas de la ciudad, la administración no despega y antes que gerencia y planificación eficiente lo que ha mostrado es una alta dosis de improvisación, falta de claridad y serios problemas de comunicación con los ciudadanos, incluidos factores que pusieron en entredicho su estatura ética, como es el de mentir y haberse mostrando ostentoso frente a títulos profesionales que en realidad no poseía. Esto último quiebra enormemente la figura de cualquier gobernante, pues si algo cuesta para asegurar condiciones de gobernabilidad es la confianza que se debe mantener con los ciudadanos, independiente de que, como en este caso, los títulos no se requirieran.

Lo cierto es que lo que realmente está en juego es una concepción de desarrollo y un modelo de ciudad que marcará el futuro de muchas generaciones, frente a los que el alcalde se ha mostrado demasiado arrogante y reacio al diálogo, negándose incluso a asistir a los debates de control a los que ha sido citado en el Congreso de la República.

Su visión no parece coincidir con la de la mayoría de los ciudadanos que ven con preocupación cómo toma distancia de problemáticas que el mundo entero llama a poner en sus agendas como el calentamiento global, la segregación o falta de inclusión de amplios sectores sociales, la solución estructural a los problemas de movilidad, la seguridad y el fortalecimiento de lo público, para tomar sólo algunas de ellas.

Por el contrario, sin haber renovado su discurso respecto de su anterior administración, el Alcalde fija su agenda en conceptos sesgados hacia la competitividad económica, el desarrollo empresarial, el desmedro de lo público y el liderazgo fundamental del sector privado, en contravía de una apuesta más acorde con un desarrollo humano y sostenible, orientado a la búsqueda del equilibrio ambiental, la participación ciudadana  en la configuración de las políticas y los planes de desarrollo y la garantía de acceso a derechos individuales y colectivos para todos los ciudadanos.

En el tema ambiental, la urbanización de la reserva Thomas Van Der Hammen es lo que más ha estado en el centro de la controversia, máxime cuando se sabe que obedece también a compromisos adquiridos con quienes fueron los principales financiadores de su campaña, en este caso las empresas constructoras, que serían las más beneficiadas en caso de que finalmente lograra obtener las respectivas autorizaciones de construcción y no prosperen las demandas que por ese efecto tiene en su contra. Para Enrique Peñalosa, la tal reserva es un potrero.

Respecto de la movilidad, la ciudad no sólo no registra avances sino que tampoco está claro el panorama de lo que realmente va a hacer la actual administración. La congestión vehicular continúa y el malestar con el servicio de Transmilenio, que en materia de movilidad es lo que centra su atención, pesa todavía sobre una ciudadanía que sigue soportando demoras, incomodidades y robos, sin advertir cambios o esperar soluciones en el corto o siquiera mediano plazo.

A propósito, la del metro es una solución que el Alcalde ha asumido a regañadientes, más por la presión que porque sea un sistema que realmente le convenza o sea de su interés. La ciudadanía no ve con buenos ojos que los miles de millones de pesos que ya se habían invertido para los estudios del metro subterráneo se vayan a echar a la basura, pues sabe que el palo no está para cucharas como para que, golpeada con nuevos impuestos y cansada de tantos hechos de corrupción, se acepte que se dilapiden de esa manera los recursos. Tampoco la propuesta de un metro elevado satisface a quienes por experiencia y conocimiento saben que éste es un modelo antitécnico, además de antiestético y que resultaría a la larga más costoso que la versión subterránea.

Por demás, a propósito de improvisación, la propuesta que le fue aprobada en el Concejo sobre plan de vigencias futuras para garantizar los recursos que financiarían la primera línea del metro no cumplía al parecer con los requisitos formales ni tenía los estudios técnicos requeridos, razón por la que el Alcalde, algunos de sus funcionarios y concejales del Distrito han sido demandados por prevaricato. De acuerdo con lo que se ha conocido, la demanda tendría altas posibilidades de prosperar, lo que sería un duro revés para la administración.  

En otro aspecto, antes que su fortalecimiento, el Alcalde prioriza una visión que desprecia y subordina el rol del Estado a la iniciativa privada, a quien ha vendido importantes activos como la ETB y el porcentaje de participación que tenía en la Empresa de Energía Eléctrica de Bogotá, que son empresas rentables y estaban generando importantes dividendos para la ciudad.

En materia de derechos fundamentales ha sido fuertemente cuestionado el tratamiento del que han sido objeto distintos sectores sociales, entre ellos los vendedores ambulantes, que no ven una solución que no sea la de correrlos con la policía y quitarles sus pertenencias, cuando se sabe que el fenómeno del rebusque y la informalidad sintetiza una problemática heredada de la violencia rural y urbana, el desplazamiento, la pobreza y la imposibilidad de acceder formalmente a un empleo por parte de propios o foráneos que habitan en la ciudad. Al lado de ello, la ciudad ha retrocedido en materia de atención en salud, con un modelo que, de acuerdo con manifestaciones hechas por usuarios y trabajadores, por diferentes medios, ha desmejorado la capacidad operativa y logística de atención, contrario a lo que se había proyectado con el nuevo modelo de integración en redes.

En los temas de seguridad, aunque la Alcaldía se adjudica cifras positivas, la percepción para el ciudadano no es la mejor. Sobre el particular, lo más destacado durante este primer año ha sido la intervención en el Bronx, que si bien estuvo justificada por todo lo que allí ocurría, dejó ver también una nueva muestra de improvisación, cuando fue claro que no estaba previsto el plan a seguir con las personas que permanecían en el lugar y que, en su mayoría, hoy deambulan por distintas localidades generando mayor sensación de inseguridad en sus habitantes.

Son muchos más los temas en controversia que están sobre la mesa y que deberán ser al final los que determinen si se decide o no revocar el mandato del alcalde Enrique Peñalosa. Lo importante en todo caso es que, cualquiera sea la decisión que se tome frente a esta iniciativa, nos sirva para sentirnos parte de una sociedad más deliberante, políticamente más íntegra y más cualificada, y más pendiente de lo que hacen y no hacen sus gobernantes; en fin, que nos ayude a superar ese déficit que todavía nos impide decir que realmente somos parte de una ciudad y que en efecto somos ciudadanos.


*Economista-Magister en Estudios Políticos




[i] Para que la revocatoria sea válida, se requiere que en las elecciones participe al menos el 40 por ciento del total de votos válidos registrados el día que fue elegido el mandatario: 1´092.229 personas. Será revocado si de ese 40% la mitad más mas uno vota afirmativamente: 546.115 personas.


jueves, 3 de noviembre de 2011

LAS ELECCIONES A LA ALCALDÍA DE BOGOTÁ , PERDIÓ ELPOLO PERO GANÓ LA IZQUIERDA

Orlando Ortiz Medina*

Muchos vaticinaron que la frustrada administración del Polo en cabeza de Samuel Moreno significaría el alejamiento en Bogotá, por lo menos para un lapso largo de tiempo, de las posibilidades de una nueva alcaldía de izquierda. Si bien la premisa no era del todo vacía de argumentos, pues Samuel Moreno terminó en la cárcel y hoy muy es difícil negar que, por omisión o compromiso, no tenga responsabilidad en el llamado carrusel de la contratación, los resultados demostraron de todas formas que estaban equivocados los profetas. El pronóstico apocalíptico no resultó cierto y una vez más el candidato de la izquierda obtuvo un triunfo contundente en Bogotá.
Pero más que el triunfo de la izquierda, lo que mayor reconocimiento merece es la confirmación de la calidad del voto y del electorado bogotano: su madurez, su sensatez a la hora de elegir, la manera como le ha ido ganando terreno a las viejas clientelas y maquinarias políticas, que acostumbraban a conducirlo como borrego a elegir mandatarios y conformar concejos ajenos a los intereses vitales de la ciudad y de la mayoría de sus ciudadanos. Tanto en el voto para la alcaldía, que optó por quien encabezó las denuncias contra los ya referidos hechos de corrupción; como en el voto para Concejo de la ciudad, en donde el ganador fue el voto en blanco, fue claro que el elector quiso propiciar un castigo a ciertos partidos y candidatos, máxime cuando sabía que algunos de ellos estaban –aún están-llamados a rendir versión ante la fiscalía. No obstante, algunos salieron elegidos. Pero el electorado eligió también a quien sus detractores, con el apoyo de algunos medios, quisieron mostrar como el monstruo de pasado criminal por su antigua militancia en el M-19, y le otorgó además un amplio respaldo a su lista de aspirantes al Concejo. Nueve de ellos salieron elegidos.
Lo que ganó en Bogotá fue de nuevo el voto de opinión, pues no sólo en la votación de Gustavo Petro hubo un fuerte respaldo de personas que no necesariamente podemos identificar como de izquierda o de corriente política alguna, sino también en la obtenida por otros candidatos, Parody y Galán, por ejemplo, en cuyos guarismos finales éste sumó de manera importante.
Es la enseña de un electorado progresista, más versado y comprometido con los asuntos públicos, que muestra su fatiga con el establecimiento y que está convencido de que sólo alguien ajeno a las deslucidas sociedades de autoelogio o enriquecimiento mutuo en que se han convertido los partidos, podrá acabar con el cúmulo de padecimientos que han venido azotando a nuestras ciudades.
No se podrá decir que Gustavo Petro haya hecho su campaña aupado por clientelas o maquinarias políticas. Lo que es cierto es que logró cautivar con una campaña no sólo muy bien conducida, alternativa frente a candidatos que, o por su inmadurez o porque se les ve todavía su cordón umbilical con la veja política, no tenían con que conquistar el favor del electorado, sino porque sus propuestas mostraban un fuerte compromiso con una ciudad que reclama por su modernización, pero una modernización al mismo tiempo incluyente y cuyos beneficios aseguren el bienestar para todos los sectores sociales. Una ciudad de cara al siglo XXI, es decir, moderna pero humana, en donde progreso no signifique el abandono de los principios del desarrollo sostenible, garantista de los derechos fundamentales, responsable con la naturaleza, y en condiciones de lograr un inserción no abyecta en el concierto de la cultura, la economía y la política mundiales.
De manera que Petro se enfrenta hoy con varias y muy serias responsabilidades, con quienes depositaron en él su voto de confianza y con la ciudad en su conjunto incluyendo a quienes no votaron y a quienes lo hicieron por otros candidatos. Pero recae también en sus hombros la responsabilidad de que Colombia avance seriamente hacia una verdadera alterativa democrática, que permita superar y borrar de una vez por todas la impronta de la mala política heredada del bipartidismo y los saldos que de ellos se camuflan en los “nuevos” partidos o movimientos nacidos de sus propios hedores. Prefiero no nombrarlos.
Sabe que no la va a tener fácil, por un lado ya están sus detractores, y más que eso sus enemigos, enfilando baterías y haciendo los peores augurios. Por otro, son múltiples y muy serios los problemas a los que su administración se tendrá que enfrentar: movilidad, seguridad ciudadana, pobreza, desempleo, población en situación de desplazamiento y víctimas en general del conflicto armado, que cotidianamente hacen su arribo a Bogotá. Problemas cuyas ejecutorias y resultados son difíciles de alcanzar en el corto y el mediano plazo. Tendrá también que mantener y fortalecer todas las herramientas a su alcance para continuar en su la lucha contra corrupción, en donde se cifra en gran parte el éxito de su campaña. En ello será fundamental el equipo del que se rodee durante su gobierno, la diligencia, armonía, compromiso ético y el liderazgo que logre mantener en el mismo. Aquí no tendrá lugar a equivocarse.
Sabe también que su compromiso de campaña fue bastante ambicioso, que cualquier error o asomo mínimo de incumplimiento va a ser un cheque en blanco para sus enemigos políticos y será sentido como una bofetada para sus electores; amigos y enemigos estarán con lupa sobre de su gestión, lo que si bien es bueno para la democracia, no oculta sin embargo los riesgos de también por ello pueda verse obstruida.
En cuanto al Polo, su actual dirigencia, tiene que bajarse de la nube y no seguirse creyendo el cuento –así lo han dicho en estos días algunos de sus dirigentes- de que sigue siendo el partido que hoy encarna y representa la oposición. Se equivoca; la oposición es hoy y en gran medida, una masa amorfa, representada en un movimiento social disperso, y del que ningún partido puede reclamar su vocería y liderazgo; ni siquiera Petro y su partido, Progresistas.
La oposición son hoy los miles de estudiantes que se movilizan en las calles contra la propuesta de reforma a la educación superior, las organizaciones de víctimas, los desplazados, la comunidad LGTB, las organizaciones de mujeres, los movimientos indígenas, los afrocolombianos,… todo un conjunto de sectores que lucha cada uno desde sus particularidades e intereses, enfrentados al establecimiento, pero que no representan ni se sienten representados en ningún movimiento, partido u organización política. Ello aún está por darse.
No significa negar que, en el caso de Bogotá, seguramente en su mayoría, estos sectores apoyaron a Gustavo Petro, el único en el que esta vez se vieron representados, como lo fue en otro momento en el Polo Democrático, del cual, así tiene que reconocerse, hoy se apartaron como en general sus bases y gran parte de su antigua militancia y dirigencia local. Difícil que hoy El Polo reclame una paternidad que no tiene, pues un partido es sobre todo sus bases, su capacidad de convocatoria y su legitimidad política y social, y en ello a estas elecciones fue profundamente maltrecho, los resultados así lo demuestran.
Así como hace cuatro y hace ocho años, con euforia pero con humildad celebramos el triunfo, también hoy con sensatez y no con menos humildad debemos reconocer y aceptar la derrota. Si es que nos sirve de consuelo, vale insistir en que por fortuna en Bogotá no perdió la izquierda, perdió El Polo, y fue porque quien gobernaba en su nombre, hoy en la cárcel, dejó una profunda estela de frustración en y más allá de sus electores, y en política los errores se pagan, y en ello El Polo no tenía porque ser la excepción.
Fueron decepcionantes las declaraciones de su excandidato Aurelio Suárez, una vez conocida la elección de Gustavo Petro, no estuvo siquiera a la altura y sensatez de los otros candidatos, los de la derecha, que aún con su dolor y su nostalgia no tuvieron reparos a la hora de reconocer su triunfo. No es sensato decir, como lo ha expresado su presidente Jaime Dusan, que El Polo no perdió; ello no puede ser cierto cuando su candidato sólo obtuvo algo más de treinta mil votos, frente a casi un millón de hace cuatro años cuando fue elegido Samuel Moreno; cuando bajó de once a cuatro representantes en el Consejo Municipal, cuando disminuyó su votación y representación en las otras ciudades y municipios del país.  
Le corresponde al partido hacer una profunda reflexión, no pretender tapar el sol con un dedo y reconocer sus errores y falencias. Sus bases, sus líderes locales y gran parte de la opinión otrora a su favor migraron hacia la campaña de Gustavo Petro y son en gran parte responsables de su elección. Debe recordar que mantiene en sus filas a una importante nómina de dirigentes: Carlos Gaviria, Jorge Robledo, Iván Cepeda, para nombrar solo algunos, los dos últimos con una destacada labor en el Congreso de la República. Un capital importante y sobre el que debe reencausar sus propuestas y sus bases. Sin mezquindades, con humildad, con vocación de unidad, con sentimiento, con dolor o con amor de patria debe considerarse como parte o promotor de una nueva –otra más- propuesta de reunificación de la izquierda en Colombia; reconociendo allí a quienes se agrupan alrededor de Progresistas, de otros sectores de opinión y en general de todas las fuerzas políticas y sociales críticas del establecimiento. El palo no esta para cucharas. El Polo tampoco.
  
*Economista, Mágíster en Estudios Políticos