Hay mucho que aprender de esta experiencia de contrapoder mediático, con la que esta vez también jugó la izquierda, acompañada de arte, calle y multitudes alegres y dispuestas.
Orlando Ortiz Medina*
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| Foto: La Jornada Zacatecas |
El asunto no era solo ganarle a Bolsonaro. Al fin y al cabo es un personaje insignificante, vacío y sin mayores méritos, como corresponde a los de su especie, esa hornada de nuevos dirigentes que ofrecen el pasado como futuro y que hasta ahora se sentían a sus anchas y con el camino despejado.
Lo ocurrido el pasado 25 de octubre fue un capítulo más en el que, desde el otro lado del péndulo, se enfrentaba a esa fuerza que desde el conservadurismo y la extrema derecha se ha ido consolidando y pretende la involución como respuesta a las demandas de quienes ponen en cuestión sus desatinos. El resultado deja a Brasil como la insignia de esa parte del mundo que desafía a un modelo de sociedad que avanza entre los oropeles de un progreso deshumanizante y negador de la vida.
Fue una derrota a los traficantes de una fe instrumentalizada a favor de quienes inflaman su poder y hacen fortuna con el analfabetismo al que han reducido a sus pobladores.
Fue un revés a la voracidad del regente de un imperio que ha creído que el mundo le pertenece y que no hay hombres o mujeres que mantengan su dignidad y no están dispuestos a bajarse a sus rodillas.
Fue un triunfo contra el poderoso y manoseado influjo de las redes sociales, que secuestra tiempo, vidas y emociones, pero que hoy sufre un revés y nos demuestra que tampoco es infalible. Hay mucho que aprender de esta experiencia de contrapoder mediático, con la que esta vez también jugó la izquierda, acompañada de arte, calle y multitudes alegres y dispuestas.
Con Lula gana el multilateralismo, la posibilidad de un mundo que abrace la diversidad cultural, que se sobreponga a la pretensión de un poder único y totalitario que deshace la humanidad en guerras y quiere imponer una sola manera de entender el desarrollo, de comprender y conquistar la felicidad, de imaginar y manifestar los deseos.
Brasil se planta como muro de contención y se convierte en la voz de quienes, como ocurre en otras latitudes, se levantan frente a una sociedad que desvaría en su crisis.
Junto a México, Brasil se mantiene en América Latina como la puerta abierta para una más diversificada red de fuentes de intercambio de conocimiento, tecnologías, productos, servicios y divisas internacionales. También como la contracara del proyecto militarista en el que se enmarca el llamado Escudo de las Américas, al que sin ningún miramiento se acogen la mayoría de presidentes de la región, cogidos como están de las férulas que los mantienen a discreción del impresentable mandatario norteamericano.
Gana la defensa del caudal de recursos que a bien puso la naturaleza para los hijos de su tierra y que hoy pretenden ser puestos en la contabilidad de quienes no se ruborizan por apropiárselos, sin que importe la vida y el sacrificio de generaciones presentes y futuras.
Brasil ganó un pulso en defensa de la Amazonía, cuyas bondades de su cuidado extienden la posibilidad de lluvias frescas y aire impoluto más allá de sus fronteras. Ganó el derecho a decidir cómo disponer de sus recursos sin necesidad de endosarlos solo al valor de cambio y sí al valor de uso, sin el propósito depredador que domina a los aviesos contadores de dinero.
El joven de 80 años ꟷporque para la revolución no se envejeceꟷ, obrero metalúrgico que no terminó sus estudios secundarios e hijo de una madre analfabeta, fue esta vez el David que se actualizó para enfrentar a un Goliat multiforme, ubicuo y de mil caras, al que le fueron superiores la valentía, la sapiencia y la dignidad de un pueblo.
*Economista-Magister en estudios políticos

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