jueves, 19 de marzo de 2020

Estado de Emergencia


Orlando Ortiz Medina*


En un sistema democrático, los estados de excepción (llámese en este caso estado de emergencia) siempre serán polémicos, aún ahora en el que parece plenamente justificado por la grave situación que atraviesa el país, debido a la pandemia del coronavirus. El estado de emergencia faculta al Presidente para tomar medidas extraordinarias, sin que tenga que consultar con los otros órganos del poder; una especie de presidencialismo o dictadura legalmente autorizada, que suele derivar en abusos cuando lleva al desconocimiento de normas elementales de la democracia o a afectar el ejercicio de los derechos.

Es lo que ha ocurrido con el Decreto 0418 del 3 de marzo de 2020, con el que el presidente Iván Duque desconoce el ejercicio de gobierno y la autonomía de los gobernantes locales, así como de quienes los eligieron con sus votos. Fue claramente un hábil artificio de su parte para zanjar sus diferencias con las medidas anunciadas por algunos alcaldes y gobernadores, que no están más que dejando ver su inconformidad con la falta de rigor y la poca confianza que genera la actuación del gobierno nacional. Es decir, aunque con el ropaje legal que le permite el estado de emergencia, se trató evidentemente de una salida autoritaria, frente a la que no solo algunos alcaldes y gobernadores sino las propias comunidades de los municipios interesados, han manifestado su rechazo.

Aunque sean en efecto decisiones polémicas, el toque de queda, la intención de cerrar el ingreso a algunos departamentos y el simulacro de aislamiento durante el fin de semana al que llama la Alcaldesa de Bogotá responden a una legítima preocupación de quienes saben lo que significaría un contagio masivo de sus ciudadanos. Ellos, más que nadie, son conscientes de que no tendrían la capacidad de respuesta para salirle al paso a una posible exacerbación de la crisis, pues ninguno de nuestros municipios y ciudades cuentan con la infraestructura hospitalaria requerida, no hay camas ni Unidades de Cuidados Intensivos suficientes, no hay el personal médico requerido, ni siquiera los que están cuentan con los aditamentos, materiales o insumos que necesitan para poder llevar a cabo sus actividades científicas y profesionales.

A lo anterior, habría que sumar las precarias condiciones de comunidades que, entre muchas otras falencias, no cuentan si quiera con el servicio de agua potable para lavarse las manos, que es lo mínimo y en lo que más se insiste en las campañas de prevención. Tampoco hay alcantarillado, sistemas de saneamiento básico y de disposición final de residuos, etc., lo que agravaría aún más los efectos de la pandemia letal y gratuitamente cedida por nuestros visitantes extranjeros, o por colombianos provenientes del exterior, gracias a que tampoco fue debidamente controlado su ingreso por los aeropuertos del país, especialmente en la ciudad de Bogotá. Es patente la escasez de productos básicos como alcohol, gel desinfectante, tapabocas y guantes, suponiendo, además, que todas las personas dispusieran de los recursos para acceder a ellos. Sabemos que no es así. 

Es claro y entendible que en esta situación de angustia, desespero y estrés colectivo nadie esté dispuesto a poner los muertos y no van a ser los mandatarios locales los que asuman en ese aspecto cuotas de responsabilidad frente a sus ciudadanos, que son a quienes primero social y constitucionalmente se deben.

Desde las alejadas oficinas del Palacio de Nariño, al Presidente y sus Ministros no parece alcanzarles ni la vista ni la vara para medir las consecuencias que tendría una rápida y prolongada expansión del virus. ¿Quién más entonces que los gobernantes locales para tomar las decisiones y las medidas de prevención que consideren pertinentes, frente a una situación de calamidad tan grande como a la que se podrían estar enfrentando? La experiencia internacional ha sido elocuente, el aislamiento es la medida más efectiva y tal vez la única posible; no hay que darle largas, Italia y España se relajaron y demoraron en darle curso, pero al final tuvieron que acogerla, sólo que después de miles de contagiados y muchos muertos ya inscritos en su actas de defunción.  

No hay que desconocer, incluso independiente de la pandemia, que existe una distancia entre el grado de reconocimiento y legitimidad que tienen los gobernantes locales por parte de la ciudadanía y el que tiene el gobierno nacional, agravado por la situación de un Presidente que vive su propio viacrucis en medio de denuncias de corrupción, compra de votos para su elección y, en general, un muy bajo nivel de aceptación por su deslucido ejercicio de gobierno.

Hoy más que nunca, el Presidente tiene la oportunidad de mostrar que no está gobernando sólo para ciertos sectores, como desde el comienzo de su mandato se le ha señalado, en especial por su estrecha cercanía con los gremios económicos. Tiene por ello que despejar el manto de dudas que suscita con el decreto de emergencia, en el que parece advertirse una nueva cesión a sus intereses, cuando algunos de ellos han señalado como disparatadas las medidas tomadas por los gobernantes locales.

Es cierto que nos debe preocupar el deterioro de la situación económica, que al final nos terminará afectando a todos, pero debe entenderse que, por encima de quienes ven  en ella sus principales preocupaciones, primero está la salud y la vida de las personas. El reclamo de muchos sectores para que se cierre el aeropuerto de Bogotá, por donde ha entrado orondo el coronavirus, está inscrito dentro de esa polémica. Ojalá sepa administrar lo poco que le queda de legitimidad y reconocimiento entre la ciudadanía; que se le encienda el bombillo y encuentre luces para administrar de manera inteligente la crisis que en mala hora le sobrevino a su ya de por sí enmarañada agenda.

Finalmente, y saliéndonos un poco de estas reflexiones tan directas, es necesario ir más allá y pensar que, en medio del caos y la incertidumbre, nos van a quedar muchas tareas por hacer, que van a poner a prueba nuestra capacidad de reinventarnos. Porque la vida después de la pandemia ya no será igual.

Habrá consecuencias letales, ya las estamos viendo, pero igualmente muchos aprendizajes, pues vendrán serias mutaciones, entraremos en un nuevo umbral del desarrollo y seguramente de transformaciones culturales. Tal vez nos quedemos con nuevas maneras de saludar, las urgencias posiblemente ya no serán las que antes creíamos, habremos aprendido que la dimensión del tiempo es otra, que la vida es lo primero y que todo en ella puede ser leve; que el largo plazo es una ilusión; que raza, color, religión, estatus social, género, no cuentan; nunca debieron haber contado a la hora de enfrentar los males de los que podemos ser víctimas. Tal vez ahora diferenciemos menos el espacio de la casa y del trabajo; entenderemos de manera diferente eso de las nacionalidades, ahora que somos una sola nación enferma; aprenderemos a utilizar más responsablemente las redes y sabremos que, más allá de bienes, orgullos y vanidades, todos somos igualmente vulnerables.

Un poco de angustia o miedo seguro que en estos días nos habrá afectado; nos habremos acercado más y manifestado mayor preocupación por nuestros familiares, amigos y personas cercanas; tal vez nos habremos arrepentido y vuelto sobre aquellos a quienes hemos hecho daño. Estamos renovando el valor de la solidaridad y de los afectos y somos más convencidos de lo imprescindible que es unir esfuerzos para responder a esta y otras crisis sobrevinientes.

Es lo único que nos queda después de que una simple sopa de murciélago servida en un plato chino nos hizo caer en la cuenta de que la solidez de la civilización, la fuerza del progreso, la entereza que teníamos sobre la bondad  de los logros científicos y tecnológicos no son más que una vana ilusión; sabemos que la humanidad pende de un hilo en un momento en el que, como decía Shakespeare, el tiempo es muy lento para los que esperan, muy rápido para los que temen, muy largo para los que sufren, muy corto para los que gozan… pero, continúa Shakespeare, porque tambien para quienes aman, el tiempo es eternidad.

*Economista-Magister en Estudios Políticos.

miércoles, 29 de mayo de 2019

Semana sin Coronell


Orlando Ortiz Medina*


Deplorable, además de torpe y vergonzosa, la salida del periodista Daniel Coronell de la revista Semana.

Coronell se va con la frente en alto después de anticiparse a su despido con una potente  lección de dignidad y estatura ética para quienes ejercen el periodismo y para el propio medio al que prestaba sus servicios.  La causa de su despido fue haberle exigido a sus jefes que explicaran su decisión de engavetar una investigación en la que se hacía evidente el propósito del gobierno de reeditar la tenebrosa época de los llamados falsos positivos, en la que más de cuatro mil civiles inocentes fueron asesinados a manos de miembros de las fuerzas armadas para hacerlos pasar como guerrilleros dados de baja en combate.

La decisión de Semana ratifica que, en Colombia, antes que periodismo, lo que existe es una caricatura de periodismo, sobre todo aquel que regentan las directivas de los grandes medios, abyectos al poder y temerosos a la hora de honrar la misión a la que deben su existencia.

Bien ido Coronell de una casa editorial  que no merecía seguir alimentándose de los servicios de quien, al lado de uno o dos más de sus columnistas, le daba altura a su revista y le garantizaba un gran caudal de lectores y suscriptores; era su cara de mostrar, literalmente, su traje dominguero.

La decisión de Semana no merece sino el rechazo de quienes, más allá de sus posturas ideológicas, amigos o lectores o no de Coronell, defienden la libertad de expresión, el ejercicio del periodismo y el rol e imparcialidad de los medios como soporte inexorable de la democracia. Bien vale que cada ciudadano y ciudadana muestren su indignación y reaccionen frente a un hecho que reafirma la etapa de regresión en que actualmente se encuentra el país. No merece ser leído o escuchado un medio que banaliza su rol y deshonra a sus lectores cuando se autocensura y, peor aún, cuando con inusitada torpeza pone un cierre en la boca de uno de sus más afamados columnistas.

A Coronell -y al periodismo- lo enaltece su abrupta salida de Semana; quien reúne las virtudes que su profesión demanda, más aún cuando del periodismo investigativo y de opinión se trata, encontrará siempre un espacio y mantendrá el respeto y la fidelidad de sus lectores, aun de quienes lo siguen para increparlo, pues es también de eso que se trata, son los gajes del oficio.

La investigación sobre las directrices emanadas de la cúpula militar ya habían sido publicadas por el New York Times y causado un revuelo internacional que puso en la mira al ya de por sí débil y cuestionado gobierno del presidente Duque. De manera que a estas alturas no había nada que no se supiera y la salida de Coronell solo sirvió para mostrar que, dolorosamente, Colombia sigue padeciendo de un fuerte déficit de democracia porque sus principales medios de comunicación se mantienen en manos de una suerte de gurús a los que les cuesta mucho deshacer sus miedos y ser capaces de actuar con independencia, en este caso de un gobierno que, con muy poco que decir si de aciertos se trata, mucho tiene sí de capacidad para comprar conciencias o para hacerse sin escrúpulos y por el medio que sea al silencio de sus críticos.

*Economista-Magister en Estudios Políticos


martes, 14 de mayo de 2019

Es cuestión de dignidad

Orlando Ortiz Medina*

Es cuestión de dignidad que el señor presidente de la República o, en su defecto, su canciller se pronuncien frente a los recientes hechos de presión que los Estados Unidos, a través de su embajada, han hecho para tratar de incidir en decisiones que corresponden estrictamente al fuero interno de las instituciones y la sociedad colombiana. Se trata de las objeciones a la Justicia Especial para la Paz (JEP), presentadas por él mismo al Congreso de la República, y del pronunciamiento que se espera de la Corte Constitucional frente a la posibilidad de que se retorne al uso del glifosato para la erradicación de los cultivos de uso ilícito.

Es lo poco que puede esperar una ciudadanía que mayoritariamente hace rato dejó de sentirse como parte de una de esas republiquetas a las que ciertos Estados miraban como insignificantes gusarapos y sobre las que se sentían autorizados para obligarlas a obrar, sí o sí, en consecuencia con sus propios caprichos e  intereses.  

Que un Estado, por poderoso que sea, pretenda incidir en decisiones que afectan la autonomía y soberanía de una nación es, además de un atavismo, un hecho que rebasa todos los límites de la arrogancia y la insolencia, más aún cuando se trata de su sistema de aplicación de justicia y cuando lo que está en juego es nada menos que la consolidación de la paz, la preservación de su orden interno y la salud y seguridad de sus ciudadanos.

Al embajador Kevin Whitaker se le fue la mano cuando quiso con un desayuno, y ahora con la suspensión de las visas, llamar al orden y poner bajo chantaje a algunos congresistas y a miembros de las Cortes; parece no haber notado que un buen número de quienes hoy ocupan cargos en las instituciones republicanas han superado la abyección y pusilanimidad características de otras épocas, y que honrando su cargo están lejos de permitir que sus conciencias sean compradas con jugo de naranja, chocolate y huevos con tocineta. Lástima que no sean todos.  

Whitaker hace honor a su presidente, le copia de su vena autoritaria, cree como él que América Latina es todavía lo que siempre han considerado los EEUU: su patio trasero, su conejillo de indias, su despensa, el piloto de prueba de sus laboratorios, la causa de sus desgracias, el leimotiv de su seguridad nacional. Pero cree también, y en eso hay que concederle algo de razón, que los presidentes de los países latinoamericanos son sus súbditos y que puede por ello manosearlos a su antojo y pasearlos como a perritos con lazo por los puntos de su agenda y los jardines de su arrogancia. No todos, por fortuna, se dejan atar sus cuellos.

Volviendo sobre Colombia, al asunto de la dignidad y a la espera de que su presidente se pronuncie, me estoy refiriendo a Iván Duque, es lastimoso decir que el lazo sí está bien atado y que nos vamos a quedar viendo un chispero; atentos ad infinitum a que tal manifestación se produzca, aferrados a la esperanza de que un asomo de decoro asalte su humanidad y logre elevar en algo su escasa dote de estadista, tal cual la valoró el presidente Trump, quien de todas maneras le regaló un cumplido afirmando que era un buen hombre… algo es algo.

Pero difícil pedirle muestra alguna de dignidad, autonomía y defensa de la soberanía de un país a quien sólo está puesto en la silla por encargo y con la misión de esperar que le muevan los hilos, dictándole lo que debe o no hacer. Difícil para quien ni dentro de sus propios predios ha logrado el respeto y reconocimiento de su investidura y que por lo único que se ha destacado es por haberse convertido en rey de burlas y protagonista de primer orden para memes y caricaturas.

Estamos mal, muy mal, pues, aparte del cuestionado manejo de sus relaciones internacionales, en donde además de todo se ha mostrado como un gobernante faltón y líder de propuestas que, por ejemplo frente a la crisis venezolana, no han sido más que actos fallidos, el país se encuentra en un momento preocupante y peligroso de regresión. Los grupos armados y las bandas criminales han vuelto a ocupar espacios que ya habían perdido; han retornado las masacres y se han acrecentado de nuevo los desplazamientos; el asesinato de líderes sociales crece y crece sin que en el gobierno se advierta una real voluntad de respuesta; el proceso de paz, el hecho  político más importante de los últimos cincuenta años, no encuentra cabida en el orden del día de un gobierno al que los defensores a ultranza del establecimiento le han impuesto la agenda, hoy más cómodos y con el camino a sus anchas para atravesarse y evitar que tomen curso los acuerdos que allí fueron pactados.

La actual legislatura del Congreso pasará con más pena que gloria, porque a la hora de los grandes debates que la sociedad quiere oír para sentirse incursa en el camino hacia las reformas que la consoliden como una república verdaderamente moderna y democrática, han sido más efectivas estrategias como el ausentismo y la marrullería, cuando no el insulto, que pesa más ahora que la solidez de los argumentos.

El presidente nominado vive una seria crisis de gobernabilidad; a sus aliados en el Congreso, incluidos algunas veces los propios miembros de su partido, les resulta más fructífero y políticamente correcto hacerle el favor de ayudar a que se le hundan sus propuestas porque las saben livianas en su contenido y muy pesadas eso sí para sus intereses y las de aquellos a quienes representan.

Si en el concierto internacional no queremos dejar de ser mirados como una nación borrega y liliputiense, en el interior nos reafirmamos en la siempre aplazada espera por la consolidación de la democracia, a la que nunca de manera seria se le ha rendido culto en Colombia. Frente a los hechos esperanzadores y de cierto optimismo que nos había dejado el acuerdo de paz y la capacidad de resistencia de algunos movimientos sociales, se siente con vehemencia la reacción del conservadurismo y el poder criminal de quienes siempre se han opuesto a que se superen las inercias que nos mantienen como una nación, además de injusta, dolorosamente enlutada y más cerca de la barbarie que de lo que todavía siguen llamando civilización.

*Economista-Magíster en Estudios Políticos


martes, 26 de febrero de 2019

Venezuela: del concierto al desconcierto


Orlando Ortiz Medina*


Después del concierto pasamos al desconcierto por la malograda intención de resquebrajar la fidelidad de la guardia nacional venezolana a su presidente, lo que terminó siendo un revés para Juan Guaidó y quienes lo acompañaban en ese propósito.

El fracaso del ingreso de la carga de alimentos y otros bienes enviados desde los EEUU y la ruptura de relaciones políticas y diplomáticas con Colombia son, por las consecuencias que puedan desencadenar, las noticias a destacar del pasado 23 de febrero, antes que el éxito esperado de una mal llamada intervención humanitaria que, por el contrario, para lo único que sirvió fue para aumentar las tensiones y los niveles de riesgo de quienes como migrantes, repatriados o como ciudadanos de una u otra de las dos naciones están sufriendo las consecuencias de la torpeza de sus gobernantes y de los cercos de intereses a los que mantienen atadas sus actuaciones.

El que no haya sido posible la entrada de los camiones da cuenta de que la Guardia Nacional -pese a algunas deserciones individuales- se mantiene fiel a Nicolás Maduro y le otorga la tranquilidad que necesita para negarse a ceder a las presiones que algunos sectores de la comunidad internacional y grupos internos de oposición le vienen haciendo. La ruptura definitiva de relaciones políticas y diplomáticas con Colombia, su vecino inmediato y el principal de los aliados entre los países que apoyan la política de intervención de los EEUU, reflejan, por su parte, la configuración de un escenario en el que aparentemente se produce el agotamiento de las vías de diálogo.

Esta es la antesala perfecta para que, más temprano que tarde, pueda darse paso a una acción militar de parte de los EEUU o de una fuerza aliada, con consecuencias todavía imprevisibles, aunque en cualquier caso trágicas e inconvenientes para América Latina e incluso más allá de la región y el continente.

Estamos pues frente a la posibilidad de una guerra civil interna o a un conflicto de carácter internacional, en el que Colombia sería el primer afectado, y que sencillamente muestra la poca capacidad que como Estados, como naciones, en fin, como seres humanos o como sociedades, hemos logrado alcanzar para encarar civilizadamente la solución de nuestros conflictos.

De fondo, lo cierto es que somos parte de una sociedad que a escala planetaria ha ido quebrando la fuerza vinculante de las instituciones y de las normas y protocolos del derecho internacional, así como el rol de ciertas entidades y organismos de carácter supranacional, que muy faltos de creatividad se han mostrado para contribuir a encontrar salidas inteligentes frente a conflictos como el que hoy vivimos con Venezuela. Mucho, así parece, les cuesta a estos últimos aportar en la comprensión de la complejidad de la crisis y en la creación de entornos y rutas de abordaje que eviten desenlaces que puedan terminar siendo onerosos.

Cada quien habla, busca obrar y se arroga presentes y futuros a nombre de pueblos, patrias, ciudadanos, víctimas… pero sin ir más allá de acomodar su discurso al juego de sus propios intereses, o de aquellos que representan, en medio de ambiciones de dominio geopolítico, usufructo de recursos naturales y control de dinámicas y juegos de mercado, que es lo que final y verdaderamente está en juego.

Luego de los más recientes sucesos, por ejemplo, muchas voces afirman que Nicolás Maduro traspasó la línea roja y acabó con lo poco o nada de legitimidad y autoridad política y moral que le quedaba, lo que justificaría ya sin rodeos la intervención militar en los próximos días. Lejos podemos estar de darle la razón a Nicolás Maduro y validar su permanencia en el poder, pero menos seguros estamos de que quienes así lo juzgan tengan, ellos sí, la legitimidad y la autoridad política y moral que predican; asimismo, de que conocen y acatan que hay líneas rojas que tampoco pueden traspasar, y si en verdad les asisten razones para proclamarse defensores de derechos y democracias que tampoco viven, respetan o hacen respetar dentro de sus propios dominios.

Nada se puede aceptar que deje al descuido la libre autodeterminación de los pueblos, la soberanía de las naciones, el respeto a los Estados y, hoy más que nunca, la sindéresis que deben tener los gobernantes y los organismos internacionales para actuar de manera que se evite un derramamiento de sangre que simplemente sería inútil, como ya ha quedado de sobra demostrado en otras latitudes, donde el país de origen del mismo promotor de “todas las opciones están consideradas” ha dirigido sus intervenciones.

El desencadenamiento de una guerra o de cualquier tipo de intervención militar debe quedar descartado frente a la crisis de Venezuela; la vida de cientos o miles de ciudadanos venezolanos, eventualmente de colombianos o norteamericanos, o quizá de otras naciones, no puede quedar en manos de la intemperancia de un señor de mechón amarillo y agresiva elegancia, de la falta de agenda de otro de cabello prematuramente cano y pensamiento enajenado, o del temor a perder el poder de aquel a quien, literalmente, cada vez le queda menos petróleo para mantenerse al frente de un país que ya no puede decir que gobierna. 

Peor sería poner a Colombia como cabeza de playa para una intervención de los EEUU o de una coalición internacional, no puede el presidente Duque actuar en esa dirección a nombre de todos los colombianos, que seguramente en mayoría se muestran contrarios a una decisión de esa naturaleza. Más allá de circunstancias coyunturales, que lo son con la permanencia en el poder de Nicolás Maduro, sería un contrasentido histórico con un pueblo que en otros momentos ha sido solidario con miles de colombianos que, aunque en circunstancias diferentes, también se vieron obligados a migrar para sortear una mejor oportunidad para sus vidas, de igual manera negada dentro de su propio suelo.

Bien nos iría si la crisis fronteriza cediera, cuando más pronto mejor, para que el señor Duque libere tiempo y comience a gobernar en Colombia, en donde, entre otras calamidades, mientras algunos ríos se le secan otros se le desbordan, afectando en todo caso a quienes más lo necesitan, siempre víctimas como han sido del abandono del Estado. Más aún, en donde, a propósitos de vidas, paz y derechos humanos, casi a diario un líder social ha sido asesinado en lo que va corrido del año.

Ya es bastante con haber prestado el territorio para que uno a uno se birlaran los principios humanitarios, otra vergüenza a la que el señor presidente se somete, pero que al parecer no le importa en su ya consabida inclinación a desconocer los acuerdos y protocolos internacionales.  

Ojalá el nuevo aire que el fracaso de esta operación significa para Nicolás Maduro no se torne en una tempestad, en la que no solo en Venezuela sino también en Colombia terminemos ahogando las pocas esperanzas de paz que nos van quedando.

Esperemos que sea la sensatez y el interés por la defensa de la  paz y de la vida lo que, ojalá, sirva de faro a quienes aquí y allá tenemos acomodados en los sillones del poder. Querámoslo o no, tienen en sus manos gran parte del destino de nuestras naciones.


*Economista-Magister en Estudios Políticos





jueves, 30 de agosto de 2018

Consulta anticorrupción, la cifra es lo de menos


Orlando Ortiz Medina*

 Los casi doce millones de votos alcanzados en la consulta del 26 de agosto, con los que, como en plebiscito del dos de octubre de 2016, nos faltaron cinco pal´ peso, al final solo reafirman una cosa: perdimos los que venimos insistiendo en la necesidad de la moralización del país y el fortalecimiento de la democracia, y ganó de nuevo el país quedado en la apatía, el acostumbramiento y la complacencia mayoritaria de una sociedad postrada ante quienes han sido sus padrinos y corruptores políticos, de los que al mismo tiempo ha alimentado su avaricia o logrado sostener su precaria y cuestionable sobrevivencia.

Los resultados, una vez más, demuestran la despreocupación casi generalizada de una ciudadanía que ha visto hacer de la política otra más de las formas de degradación de una humanidad deslucida en sus principios y valores, avanzados ya más de tres lustros del siglo XXI. Una degradación que ha lesionado profundamente las formas de cohesión e integración social y que terminó siendo, además, caldo de cultivo de la violencia y la perversión de la gestión pública, en donde hoy están las principales barreras para que se produzcan los cambios requeridos hacia el ingreso al umbral civilizatorio que, en prácticamente en todo el mundo, reclama la comunidad política.

Se validó otra vez la patente de corso de particulares o agentes de Estado que estimulan y celebran la comisión de delitos, y de los que, antes que llamar y comprometer al ciudadano con su rechazo, lo involucran en prácticas que hacen del mismo un aplicado borrego, especializados como están en banalizar el rol de las instituciones jurídicas y estimular costumbres contrarias a las reglas del derecho.

Quienes celebran la cifra de votación alcanzada, elevada solo si se compara con anteriores eventos electorales, deberían pensar que ello no es más que un lánguido consuelo, si se tiene en cuenta que la participación no representa más de un 32% del potencial electoral, cifra realmente insignificante, tratándose de un país en el que la corrupción –principal objeto de la convocatoria- es hoy su flagelo más deplorable.

Pero la cifra es lo de menos cuando se trata de un asunto de mayor complejidad y que al final es el reflejo de la quiebra ética que, a todos los niveles, vive la sociedad colombiana. Agentes del gobierno o el Estado, dirigencias políticas, sector privado y sociedad civil, en distintas proporciones, por omisión o compromiso, están incursas en el declive moral que nos acusa.  

Por donde quiera que se las mire, lo que las cifras muestran es que seguimos siendo una sociedad indolente, tolerante con la corrupción y sin mayor capacidad de indignación y reacción frente a los hechos a los que cotidianamente nos someten bandidos de carrera con títulos dudosos y galardones en el pecho, quienes con sus intríngulis y triquiñuelas han logrado la validación y legitimación de un régimen y un sistema de organización de la sociedad y del Estado por cuyas venas no fluye más que el pus de su degradación y sus embustes. 

El tema de fondo tiene que ver con la cultura política y el acumulado de un saber social en el que, sobre prácticas anómalas, se han sostenido históricamente unas fuerzas y hegemonías políticas que, aunque estén claramente en decadencia, se mantienen todavía incrustadas en los fundos de la burocracia, con el arrastre concomitante de sus vicios.

Así que, más allá de un conjunto de reformas legislativas, de lo que se trata es de un profundo proceso de transformación cultural que lleve a la clausura de la institucionalidad vigente y a la vindicación de nuevas formas de convivencia que, en el orden material y simbólico, refunden los cimientos del poder y den lugar a un nuevo sujeto y saber colectivo, inscrito en una renovada escala de valores y capaz de poner en cuestión los imaginarios que han confiscado el pensamiento y comportamiento de los electores.

Es la apuesta por un país de hombres y mujeres cuyas virtudes conduzcan a un nuevo universo de sentidos, entendiendo que las actitudes y el comportamiento ético no deviene de los conjuntos normativos ni es asunto de leyes o de tal o cual articulado; al fin y al cabo, mucho de aquello sobre lo que se propone legislar ya se prescribe en las normas. Lo que corresponde es que medios, instituciones, centros educativos, personas y organizaciones sociales y políticas se comprometan con un ejercicio de pedagogía social, cuyo propósito final sea refundar el pensamiento y por esa vía la cultura política.

Una sociedad en donde, más que la formalidad de un conjunto de instrumentos que reglamenten la participación, la democracia sea asumida como un estilo de vida, una conducta que trascienda la rigidez de las formas jurídicas y los esquemas institucionales. Es decir, en donde más que una grafía de procedimientos, el ejercicio de la política sea el punto de convergencia del comportamiento y las actitudes cotidianas de los ciudadanos, respetando sus procedencias, sus formas de vida y sus identidades sociales y culturales.


*Economista-Magister en Estudios políticos.


sábado, 26 de mayo de 2018

SE LLAMA GUSTAVO PETRO


Y es hoy la esperanza y está cerca de concretar el sueño de esa parte del país que nunca se ha sentido representada en quienes durante más de dos siglos de vida republicana nos han gobernado.
Es el líder en torno al cual se agrupa un movimiento social que hasta ahora no solo se había sentido huérfano de representación política, sino al que no se le veía vocación alguna de poder y convicciones serias de que sí era posible llegar a la presidencia de la república y derrotar a las viejas maquinarias que tienen al país sumido en la violencia, la miseria y la exclusión de una gran parte de su ciudadanía.
Es el único que tiene una propuesta a la altura de las demandas y necesidades del siglo XXI, para un país que requiere avanzar hacia la modernización e integración competitiva en los escenarios internacionales, pero con un modelo en donde se haga frente a las consecuencias del cambio climático, se proteja el medio ambiente, se dé lugar a una economía productiva generadora de empleo y de riqueza, de cuyos resultados nos beneficiemos todos.
En su propuesta el Estado Social de Derecho será una realidad y el acceso a la salud, la educación, el empleo, la seguridad alimentaria, la vivienda digna, serán posibles sin distingo de ninguna índole para hombres y mujeres.


En torno a Gustavo Petro se congregan representantes de todos los partidos y fuerzas sociales y políticas, de izquierda, liberales, conservadores, sectores religiosos, sin partido, jóvenes, mujeres, población LGTBI, afros, indígenas, campesinos, etc., porque él representa la idea de una sociedad pluralista, incluyente y que sabe que la consolidación de la paz necesita de la construcción de una nueva identidad en la que quepa el país megadiverso y variopinto que somos.
En esta primera elección después de que se han desmovilizado las FARC como organización armada, el país ha dado un salto importante, porque se ha develado que sus problemas estaban mucho más allá del conflicto armado entre el Estado y las guerrillas, y que la búsqueda de medidas para hacer frente a la pobreza, la corrupción, la politiquería es lo que está a la orden del día.
Votar por Gustavo Petro es empezar a abrir el camino por donde debemos conducirnos para que colombianos y colombianas podamos, por fin, ir hacia el encuentro de esa Colombia que nos ha sido negada y que esperamos disfruten al menos nuestras próximas generaciones.
Se llama Gustavo Petro y es el presidente que Colombia necesita. Vamos por el triunfo en la primera vuelta.





domingo, 20 de mayo de 2018

Presidente Trump, usted es un grandioso…



Orlando Ortiz Medina* 

Con una placa al fondo que señala la ubicación de la nueva sede de la embajada de su país en Jerusalén, Ivanka Trump, junto a su esposo, Jared Kushner, despliega una amplia sonrisa; junto a ellos está otro grupo de emisarios del gobierno norteamericano que, también sonriendo, aplauden y comparten el momento de euforia: celebran el traslado de la sede diplomática y el aniversario número setenta de la creación del Estado de Israel. Jared Kushner, además de yerno del presidente Trump y viejo amigo del primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, es también el enviado de paz de su gobierno a Oriente Próximo. 

En ese mismo momento, a ochenta kilómetros, en la franja de Gaza, el ejército israelí asesina a más de sesenta palestinos y hiere a más de dos millares que justamente marchaban contra la decisión del mandatario gringo de cambiar de lugar su casa en Israel, por razones del conflicto que históricamente ha enfrentado a estas dos naciones hasta ahora ubicada en Tel Aviv. 

Quienes fueron asesinados iban armados tan solo de su dignidad, que ha sido siempre la principal fortaleza de los palestinos. Fue a esa dignidad a la que los israelíes respondieron con sus armas de fuego, sin importar la presencia de niños, niñas, mujeres y adultos mayores, todos civiles, que acompañaban el acto pacífico y legítimo de protesta con el cual conmemoraban lo que para ellos no ha sido más que setenta años de catástrofe, Nakba en árabe; es decir, de usurpación y ocupación de su territorio, destierro, condena al exilio, bloqueo económico y desconocimiento de su derecho a una nacionalidad y a la soberanía de su Estado. 

Además de una provocación y una criminal afrenta contra el pueblo palestino, la decisión del traslado de la sede diplomática es una más de las maneras con las que al lunático presidente le gusta lucir su soberbia y el ego henchido con que acostumbra a pasarse por encima de las normas de la decencia, y en este caso sobre todo de los protocolos de la diplomacia, el respeto a los derechos, al orden jurídico internacional y a la autonomía de las naciones. 

Que su hija y su yerno rían mientras al otro lado niños, niñas, hombres y mujeres se desangran bajo el fuego del principal de sus aliados en el Oriente Próximo no significa nada; al fin y al cabo estamos frente al representante de un país que ha construido su poder y hegemonía gracias a su instinto invasor, sobre el que no ha tenido freno para perpetrar todo tipo de agresiones y poner bajo su albedrío a otras naciones del mundo; fue “un día de gloria”, como lo dijo el primer ministro Netanyahu, a quien, como punta de lanza de este acto de barbarie, ratifica como el cofrade número uno de su pandilla en la región. 

Qué ofensa más grande para la humanidad que el presidente de una potencia mundial y un Primer Ministro consideren glorioso, o “un gran día para la paz”, un hecho tan luctuoso como el que hoy le corresponde vivir a los palestinos; es la máxima expresión de la quiebra ética y la cumbre de la deshumanización en el ejercicio del poder y la conducción de un Estado por parte de quienes se siguen considerando amos y señores de la humanidad y miran a los demás como simples parias que  no tienen derecho a una nacionalidad, un territorio, un Estado y al respeto a su dignidad como seres humanos. 


Pero es también una prueba de lo poco que significa para las potencias el derecho internacional y el insulso rol al que han reducido a organismos internacionales a los que, como las Naciones Unidas, han puesto bajo su arbitrio, dejando de paso a los demás Estados miembro como elegantes y decorativas figuras. Se refleja allí el espíritu retardatario y el ímpetu colonialista que aún se respira de los viejos gobiernos imperiales y se lesiona el espíritu civilizador que debe orientar las relaciones internacionales para que la solución de los conflictos se enmarque dentro de lógicas que no sean las de las atrocidades de la guerra. 

Con su arrogancia y su impronta belicosa, Donald Trump no solo ha dado una bofetada a los esfuerzos de paz que con el apoyo de la comunidad internacional se han venido haciendo para encontrar una salida pacífica al conflicto entre israelíes y palestinos, sino que reafirma el rumbo por el que ha querido conducir las relaciones de su país con el resto del mundo, con el que solo busca afianzar su ambición de dominio, rehusando las salidas diplomáticas, a las que sustituye por su estirpe intimidadora y pendenciera; pues al traslado de su embajada a Jerusalén se suman acciones como la salida del Pacto de París contra el cambio climático, el bombardeo sobre Siria, la ruptura del acuerdo nuclear con Irán y la revisión de tratados comerciales con los que busca conculcar derechos adquiridos por otros países en las relaciones de intercambio. Lo anterior sin dejar de mencionar la dura posición que en su propio territorio ha tomado contra la población migrante, sobre la que suele pronunciarse con todo tipo de expresiones xenófobas, racistas y humillantes. 

Es la sintomatología de un ego y una personalidad enferma y trastornada, que por capricho de quien es su depositario se convierte en el ego y la razón de ser de una nación; sin duda un retroceso para una ciudadanía que, como la norteamericana, se reclama como una de las más avanzadas de la civilización y la democracia moderna. 

El señor se solaza con el fuego de la guerra y se pasa por encima de las vicisitudes de un conflicto de ya más de siete décadas en el que se cruzan todo tipo de complejidades de orden histórico, religioso, político, económico, cultural, etc., que lejos está de solucionarse con el prontuario y el culto a los insidiosos guerreristas que hoy se sientan en los sillones del poder. 

Respaldar la actuación genocida del ejército de Israel argumentando la defensa de su soberanía en un territorio que está en disputa es un contrasentido, cuando la declaración de su Estado por parte de Israel, en 1948, fue hecha de manera unilateral y pasándose por encima de los reclamos y las pretensiones que sobre el mismo territorio legítimamente reclama la comunidad palestina. En esas circunstancias, ningún país puede legitimar derecho alguno como se ha hecho ahora por parte de los EE. UU. y se ha imitado ya por parte del gobierno de Guatemala y respaldado por el candidato presidencial Iván Duque en Colombia; es lo que acudiendo a la prudencia y con la sindéresis que ordena la diplomacia han hecho la mayoría de naciones, entre ellas algunas de las grandes potencias. 

La creación de dos Estados, uno Palestino y otro Israelí, es lo que ha estado en el centro de las soluciones y es la salida por la que se debe seguir abogando; los palestinos buscan que Jerusalén Oriental sea la capital del Estado que quieren fundar en Cisjordania y en la Franja de Gaza; pero los israelíes, mientras tanto, gracias a su mayor riqueza y poderío bélico y al apoyo incondicional de su aliado americano, han ido apoderándose cada vez de una mayor porción del territorio con un costo enorme en vidas y en vulneración y violación de los derechos de la comunidad palestina, saltándose los compromisos históricos y alejando cada vez más las posibilidades de una solución pacífica. 

Hoy es claro que son los derechos del pueblo palestino los que deben ser reconocidos y respetados, la comunidad internacional debe mostrar firmeza frente al capricho del Estado sionista y su aliado norteamericano; no estamos en las épocas oscuras de las barbaries invasoras y el sometimiento al espíritu colonialista de las grandes potencias, cuyas pretensiones expansionistas deben ser proscritas de las bitácoras de sus agendas. 

Al señor presidente Trump, con todo respeto, como se acostumbra a decir ahora cuando se va a proferir cualquier vituperio o expresión baladí, no resta más que recordarle que, frente a la dignidad y fortaleza de los palestinos y sobre el dolor por la sangre que todavía lloran de sus hermanos muertos, él seguirá siendo nada más que un grandioso hijo de puta. 



*Economista-Magister en Estudios Políticos