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jueves, 8 de enero de 2026

Salario mínimo vital, el gran cambio

 

 Se espera que el nuevo referente de cálculo y el incremento significativo que implicó impacte positivamente la economía, vía crecimiento del ingreso y de la demanda, y termine beneficiando a otros grupos de población y sectores económicos.

 

Orlando Ortiz Medina*


Foto: Emisora Atlántico
La transición del concepto de salario mínimo a salario vital es tal vez es el cambio más profundo que se ha producido durante el gobierno de Gustavo Petro. 

Esta nueva acepción remite al cálculo real, cuando menos más aproximado, del costo de una canasta familiar, que cubra requerimientos básicos de subsistencia: alimentación, salud, educación, vestuario, gastos de transporte, principalmente. No se calcula a partir de una persona, sino de un grupo familiar, tomando en promedio 3.2 personas por familia y asumiendo que 1.5 de quienes la componen trabajan.

El de salario mínimo era un concepto en cierta medida arbitrario, tomaba como referencia solo una persona y siempre había estado por debajo del costo real de una canasta básica de subsistencia. En otras palabras, era insuficiente y mantenía las condiciones sobre las cuales se perpetúan los elevados niveles de inequidad, que es quizá el problema más grande que existe en Colombia. Su incremento, además, se hacía teniendo en cuenta la tasa de inflación y la productividad, que no necesariamente respondían al comportamiento del costo de vida.   

Se espera que el nuevo referente de cálculo y el incremento significativo que implicó impacte positivamente la economía, vía crecimiento del ingreso y de la demanda, y termine beneficiando a otros grupos de población y sectores económicos. Asimismo, lo que solo será visible a mediano y largo plazo, que genere impactos redistributivos, que conjugados con otro conjunto de factores deberán reflejarse en la disminución de la inequidad y la pobreza y pobreza extrema.

El salario vital conlleva a una significativa transformación de las bases filosóficas que han orientado tanto la concepción como el ajuste de la remuneración de los trabajadores. Da vigencia y contenido al Estado Social de Derecho; reconoce y se establece sobre dos parámetros clave: dignidad y calidad de vida, hasta ahora prácticamente ausentes en las mesas de concertación en Colombia; define nuevos parámetros en la relación salario (remuneración de los trabajadores) /renta (utilidades de los empresarios) en la matriz productiva, que hasta ahora ha jugado con ventaja para estos últimos.

 Medidas complementarias

Es necesario anotar que el salario no es la única variable a tener en cuenta en la dinamización y comportamiento de la actividad económica, por lo que se requiere poner en curso medidas complementarias. Por ejemplo, ¿Qué hacer frente a aquellos valores que están indexados (atados) al incremento salarial, que pudieran tener impactos inflacionarios y/o afectar el ingreso disponible de aquellos a quienes el incremento decretado por el Gobierno no los cubre o los cubre en menor proporción? 

Si se aspira a un gran impacto sobre la demanda agregada, es necesario garantizar una respuesta adecuada y suficiente de la oferta, que implica estrategias claras de estímulo a la producción agrícola, pecuaria, agroindustrial y al sector manufacturero en general. Si no es así, se pueden generar efectos desestabilizadores.

Hay que pensar en incentivos o tratamientos diferenciales, en especial para los micros y pequeños empresarios, que pueden hacerse vía créditos de fomento, apoyo a procesos de transformación tecnológica y políticas dirigidas a mejorar los escenarios de comercialización e inserción en nuevos mercados, ojalá con productos que ofrezcan mayores posibilidades de agregación de valor en cada uno de los eslabones de la cadena de producción.

En relación con el desarrollo agropecuario y sus efectos en cadena sobre otros sectores, la producción y el consumo alimentario, por ejemplo, es clave que se continúe con la entrega de tierras a las familias campesinas, en lo que hasta ahora el Gobierno ha mostrado muy buenos resultados. En esa misma dirección, continuar con los proyectos de mejora de infraestructura como carreteras, vías terciarias, disposición de agua para riego, conectividad, sistemas de transporte e iniciativas de electrificación rural, entre otras.  

En fin, se trata de crear la capacidad de respuesta frente a la situación que se deriva de los nuevos referentes del ajuste salarial y el aumento que se espera de la demanda efectiva; en otras palabras, que las empresas reúnan las condiciones que les permitan afrontar y hacer sostenible el cambio, particularmente en términos de productividad, manteniendo o en el mejor de los casos aumentando el número de personas vinculadas laboralmente.   

Coherencia macroeconómica

Si, como ya se anotaba, el salario no es una única variable, es necesario que la política salarial esté en coherencia con otras políticas macroeconómicas que actúan sobre el conjunto de la actividad productiva. En el propósito de estimular la demanda, por ejemplo, no se puede continuar con una política monetaria excesivamente restrictiva, la tasa de interés no puede ser el único instrumento de control de la inflación, en tanto es insuficiente y termina generando efectos contractivos.

En la misma dirección, frente al impacto esperado del incremento del salario en los gastos del Estado, hay que insistir en una nueva ley de financiación; el país necesita reorientar y aumentar su capacidad de recaudo, lo que es perfectamente factible sin que se generen efectos desestabilizadores. Infortunadamente, al Congreso le ha faltado sentido de responsabilidad y le ha fallado a sus ciudadanos llevándolos a asumir sacrificios que bien pudieran evitarse si no lo dominara su espíritu obstruccionista y su férrea disposición a que el Gobierno fracase.

La deuda creciente y la situación de déficit en las finanzas es parte de una situación heredada de gobiernos anteriores, que pueden corregirse si los diferentes sectores políticos y los gremios económicos están dispuestos a acoger un pacto fiscal en el que, con verdadero sentido de patriotismo, piensen en el conjunto de la sociedad y no solamente en sus intereses gremiales y particulares o en buscar saldos políticos con fines electorales.

Con la negativa a modificar el sistema de recaudo los gremios y partidos de oposición le han hecho un enorme daño al país, pues son conscientes de que un presupuesto desequilibrado mina la confianza y credibilidad en el mercado financiero internacional, con implicaciones adversas sobre los costos y posibilidades de acceso a fuentes de financiación. La falta de conciencia y los rencores políticos no tienen porque convertirse en una carga adicional para los ciudadanos.

No hay que proyectar una debacle

Es cierto que la decisión de asumir nuevos referentes para subir el salario genera una fuerte sacudida, pero no estamos en la antesala de una catástrofe ni en el camino hacia el fin de los tiempos, como con cierto maniqueísmo lo presentan sectores de los gremios económicos y los partidos de oposición.

La evidencia ha demostrado que no necesariamente el crecimiento del salario tiene impactos inflacionarios ni se traduce imperativamente en aumento del desempleo y la informalidad. Durante los últimos cuatro años (2022-2025) el salario nominal ha crecido un 62 %, mientras en el mismo periodo la inflación bajó del 13,2 % al 5,1 %. El desempleo, por su parte, tuvo un descenso del 10,55% en 2022 al 7% en 2025, la cifra más baja en el presente siglo. Aunque leve, la tasa nacional de informalidad ha descendido del 57,9 en el trimestre agosto-octubre de 2022 al 55,5% en el trimestre agosto-octubre de 2025.

De manera que los datos desestiman las predicciones fatalistas de los críticos que, sin mirar el conjunto, se quedan en un solo lado de la ecuación: el del impacto sobre los costos laborales y sobre algunos valores indexados, en uno y otro caso sin mayor argumentación técnica. Es decir, omiten referirse a lo que el mayor ingreso disponible implicaría en términos de crecimiento de la demanda agregada, aumento de la producción, estímulo al desarrollo empresarial y crecimiento de las personas ocupadas.  

Nueva matriz productiva

Respecto a lo anterior, es importante destacar que la nueva fórmula de incremento salarial se hace sobre una economía que se ha venido modificando, en el marco de una ruptura con la ortodoxia económica. Se han replanteado los sectores que lideran el proceso de producción y acumulación, en tanto se transita de un modelo basado en la primarización de la economía -el extractivismo-, hacia otro que se apoya en sectores que ofrecen ventajas para el mercado interno, más estabilidad, posibilidades superiores de reinversión en la economía local y más potencial para la generación de empleo.

Se refuerza así la idea de que, más allá de la escala de remuneración, la vinculación de la fuerza de trabajo depende ante todo de la diversificación y el anclaje de la base productiva con los sectores reales de producción. Es lo que ha ocurrido con el sector agropecuario, la industria manufacturera, el turismo, el comercio y los servicios, a los que se ha dado prioridad durante este Gobierno, frente a la que hasta ahora tenía el de explotación minera.

Mientras que este último participaba en el PIB con un 10% en el tercer trimestre de 2012, desciende a 4% en el mismo trimestre de 2025. La participación de la agricultura pasó del 6% al 10% durante el mismo periodo de referencia; el comercio al por mayor y al por menor pasó del 15% al 19%, comparando también el tercer trimestre de 2012 y 2025..

El cambio en la matriz productiva ha permitido igualmente una nueva inserción en las dinámicas económicas internacionales; el país cuenta hoy con una canasta exportadora más diversificada y menos sujeta a los vaivenes de precios y los flujos de oferta de los tradicionales commodities. De acuerdo con Giraldo, mientras entre enero y septiembre del presente año las exportaciones de productos agropecuarios, alimentos y bebidas contribuyeron con un 30,5% del total exportado, en 2012 esta cifra era apenas de un 11,23%. Las manufacturas pasaron de participar con un 17,3% de las exportaciones en 2012 al 21, 8% en 2025. En el caso de la participación de industrias extractivas la relación es inversa, cuando pasaron del 65,8% en 2012 al 39,3% en 2025.  

En general, el balance de la economía ha mostrado signos muy positivos: es evidente la reactivación económica, con un ritmo de crecimiento de alrededor del 3,5%, según reportes de último trimestre del DANE. Tal reactivación, como se anotó al comienzo, se expresa en la reducción significativa del desempleo, el descenso en la tasa de inflación y la reducción de la tasa de cambio. De acuerdo con estimaciones de algunas entidades nacionales e internacionales, se proyecta un comportamiento igualmente positivo para el nuevo año.

Si cuando se hizo la reforma del 2003, en el gobierno de Alvaro Uribe, se eliminaron horas extras, se redujo el pago de dominicales y festivos y se precarizó el sistema de contratación laboral con contratos de prestación de servicios; es decir, se puso el ajuste económico sobre los hombros de los trabajadores con el argumento de que iba a reducir el desempleo y la informalidad, que en efecto no ocurrió, |vale entonces considerar que hoy el esfuerzo superior esté del lado de los empresarios. Seguro que no van a fenecer y sí permitirían que avancemos hacia una sociedad menos desigual, más justa y en donde la democracia no siga siendo solo una aspiración.

Ojalá sepan leer y entender esta nueva etapa de la historia en la que se encuentra el país y demuestren su grandeza y compromiso, para que al final la nación entera sea la que termine ganando. También ellos, con la seguridad de que en realidad no les demanda mayores sacrificios, deben mirar cómo se protege y expande el trabajo formal y vinculan cada vez más y en mejores condiciones nueva fuerza de trabajo. 

Hoy que decirles, con humildad y sin arrogancia, que ya no son solo ellos los que deciden. Saben que no van a perder, tal vez, solo tal vez, ganarían un poco menos, pero avanzaremos todos hacia una sociedad mejor. Porque más equidad y menos pobreza es el camino más seguro hacia la paz.

 

 *Economista-Magister en estudios políticos

martes, 9 de diciembre de 2025

Sí o sí a la ley de financiamiento

Siendo Colombia uno de los países más desiguales del mundo, la tributación no juega prácticamente ningún rol en mejorar la redistribución y reducir la desigualdad y la pobreza, que es lo que da sentido a la intervención del Estado.

Orlando Ortiz Medina*


Foto: Radio Nacional
Sí o sí se requiere la aprobación de la ley de financiamiento en Colombia. No es un capricho del Gobierno ni debe convertirse en una más de las formas como la oposición establece su veto, cualesquiera que sean sus iniciativas. El déficit fiscal es una situación que viene desde mandatos anteriores, especialmente el de Iván Duque, y al que con todo el sentido de responsabilidad esta administración le ha venido haciendo frente. 

No se trata de decir “no admitiremos nuevos impuestos para los colombianos”, como demagógicamente pronuncian los voceros de algunos partidos. Colombia necesita aumentar su tasa de recaudo y tiene de dónde y con qué. Basta un sistema de tributación en donde los grandes tenedores de riqueza hagan contribuciones más justas de acuerdo con sus capacidades y no se castigue con mayor rigor a los sectores de medianos y más bajos ingresos.

Es de doble moral que se trate de bloquear la aprobación de la ley, mientras se reclama a su vez por la situación de déficit que cerraría el año alrededor del 7% del PIB. Decir que el periodo electoral no es el mejor momento para discutir una iniciativa de esta naturaleza es cierto solo si son los criterios e intereses políticos inmediatos los que se sobreponen y se deja de lado la seriedad con que debe abocarse el tema, independiente de cuál sea el sello del próximo o los próximos gobiernos.

Lo esperable, por el contrario, sería que, al margen de coyunturas y búsqueda de saldos electorales, quienes aspiran a ser elegidos destapen sus cartas y muestren qué tanto están dispuestos a encarar una salida de fondo al problema de las finanzas de la nación. Es inexplicable que lo indicado sea hacerle el quite al debate y eximirse de responsabilidades, tal cual ha estado ocurriendo en las comisiones del Congreso.   

Una institucionalidad fiscal débil

En general, Colombia adolece de una débil institucionalidad fiscal. Dentro de ello comprendemos una pobre cultura de tributación, una reglamentación que termina jugando en contra de los intereses del Estado y falta de mecanismos adecuados de control a la evasión y la corrupción. A lo anterior se suma la resistencia a acoger principios rectores como la equidad en la asignación de los recursos y la progresividad en su captación -el que más tiene más paga-, que es donde se encuentran las principales fallas. 

Así se explican los bajos niveles de recaudo, la imposibilidad de responder a las necesidades de gasto y la poca confianza ciudadana que mina la legitimidad del sistema, porque además se considera injusto y desincentiva el cumplimiento de las obligaciones en prácticamente todos los grupos de contribuyentes, los ámbitos sectoriales y las unidades territoriales.

La tasa de recaudo es muy baja 

En comparación con la media de los países de la OCDE, de la cual forma parte, la tasa de recaudo de Colombia, como proporción del PIB, está 11,7 puntos por debajo. Mientras en el organismo internacional, según datos de 2023, es de 33.9%, en el país es de 22,2%, incluidas las contribuciones a la seguridad social. Es incluso inferior al de algunas economías latinoamericanas, como Brasil, cuya tasa es 32,0%; Jamaica 29.0%; Argentina 27.8%; Uruguay 27.4%, Bolivia 23.9% y El Salvador 22.8%, para tomar solo algunos ejemplos. 

Los bajos niveles de captación se acentúan con la cantidad de exenciones y regímenes especiales, sobre todo para las empresas o personas de más altos ingresos y con mayores patrimonios, que significan una pérdida importante de recursos para la nación. De acuerdo con Carrero: “Se estima que el 1% más rico en Colombia concentra el 20% de los ingresos anuales y al menos entre el 70% y el 85% del ingreso bruto de ese 1% no estuvo gravado plenamente en la última década, bien sea por deducciones, exenciones o tratamientos especiales, entre otros”.

Los mecanismos de exención son asimismo una fuente de evasión; un estudio de Fedesarrollo, calcula que, solo en lo que respecta a la renta de personas jurídicas, el costo fiscal de la evasión en 2018 alcanzó un 5,7% del PIB.  

Bajo impacto redistributivo

Otra característica de la tributación en Colombia es el peso superior que tienen los impuestos indirectos, tales como el IVA, el impuesto al consumo y los ingresos laborales, que afectan especialmente a las personas de medios y más bajos ingresos. A 2022 este tipo de impuestos representaban un 35% del total, mientras los directos, principalmente renta y patrimonio, que gravan a los más sectores con mayor riqueza, representan un 34%

De ahí se deriva que, siendo Colombia uno de los países más desiguales del mundo, la tributación no juega prácticamente ningún rol en mejorar la redistribución y reducir la desigualdad y la pobreza, que es lo que da sentido a la intervención del Estado. Al contrario, la regresividad se acentúa entre más altos son los niveles de ingreso, en tanto disminuyen sus tasas efectivas a causa de los beneficios a los que tienen acceso.

Un agravante es que la mayor parte de los impuestos directos recae sobre las empresas y no sobre las personas naturales. De acuerdo con la OCDE, mientras que en sus países miembros la media de impuestos y contribuciones a cargo de las personas naturales explican más de un 50% del recaudo, en Colombia esa cifra no llega al 20%. En cambio, la cuarta parte de sus impuestos los recauda a través de las empresas, cifra dos veces y media mayor a la de la OCDE. Este es un factor que puede desincentivar la actividad o creación de nuevas empresas, en especial las micros y pequeñas, que son las más afectadas y las que más contribuyen a la generación de empleo.

Impuestos verdes y saludables 

Un tema que no se debe omitir es el de la necesidad de fortalecer los impuestos verdes, que, al igual que en los impuestos saludables, en el país se ha avanzado muy poco. Es asumir que la responsabilidad fiscal tiene que ver con la necesidad de anticiparse a riesgos ambientales o en el sistema de salud, que puedan, por ejemplo, demandar mayor gasto del Estado o afectar los niveles de captación por impactos posibles en la estructura productiva. Este tipo de impuestos se corresponden con la idea de que las empresas tienen una responsabilidad social y se deben a la tarea de contribuir a mitigar los efectos negativos que sus actividades producen. 

El recaudo por concepto de impuestos verdes es muy bajo en Colombia. Como porcentaje del PIB, mientras que el recaudo promedio en los países de la OCDE es del 2,3%, en Latinoamérica y el Caribe es del 1,0% y en Colombia alcanza apenas el 0,8%. Se debe a la baja la carga que se aplica a la contaminación por combustibles fósiles, a que el consumo de carbón no está incluido dentro del impuesto al carbono y porque, paradójicamente, el Gobierno otorga subsidios al precio al consumidor de la gasolina y el diésel. 

Armonización con tributos territoriales

Es fundamental abrir rutas que armonicen las estructuras de tributación nacional y territorial para robustecer el modelo de financiación del Estado, en lo que el país presenta un gran atraso. Esto sumado a otro tipo de falencias, como la falta de un catastro actualizado que permite a los dueños de los poderes regionales mantener subvaloradas sus propiedades y autoeximirse del pago de impuestos, incluido el de industria y comercio, gracias a su influjo en la administración de hacienda.  

La necesidad de la Ley de financiamiento

Es evidente que captar menos de lo que se puede y se requiere, cuando al mismo tiempo se tiene una alta porción de gasto inflexible (alrededor del 85%) y elevados niveles de endeudamiento, mantendrá siempre las finanzas en una situación de déficit. Se trata de asegurar que el Estado cuente con recursos suficientes y sostenibles para atender sus necesidades de gasto e inversión y dar respuesta a las demandas sociales y el impulso de la actividad económica. 

Cualquier reforma exige una revisión de las deducciones, rentas exentas, tasas diferenciales o ingresos no constitutivos de renta, que han generado una injustificada brecha en beneficio de las personas jurídicas o naturales con mayor capacidad de pago y un sacrificio enorme para los recursos del Estado.  

Esta debe complementarse con acciones dirigidas a hacer más eficiente el gasto, mediante la priorización de proyectos sostenibles y de alto impacto, en zonas y sectores especialmente relevantes para la economía nacional y en los ámbitos territoriales. Asimismo, se debe fortalecer el control a la evasión y la corrupción con castigos ejemplares, de manera que se logre mayor legitimidad y confianza en el sistema por parte de la ciudadanía. Se deben tomar medidas frente a los llamados paraísos fiscales, a través de los que algunos pesos pesados de la economía sacan su riqueza y prefieren pagar intereses a otros países, pese a que se consideren de los más excelsos patriotas.  

La propuesta del Gobierno

En la propuesta del Gobierno se busca, en primer lugar, cubrir el hueco que se advierte en el presupuesto aprobado por el Congreso para 2026. También, avanzar hacia el cumplimiento del principio de progresividad y sostenibilidad fiscal, así como a la recuperación del equilibrio de las finanzas públicas, que solo puede pensarse mediante un proceso gradual.   

Atendiendo al principio de progresividad, se propone un impuesto a patrimonios superiores a $2.600 millones, pero cuyos efectos mayores estarán a partir de $6.200 millones. De suyo está decir que este no es un impuesto que alcance a tocar a la clase baja o media, ni siquiera a algunos niveles de las clases altas. De igual manera, un impuesto a personas jurídicas, con mayores tasas a las instituciones financieras, un impuesto al carbón y otro al consumo de bebidas alcohólicas y tabaco. Se prevé igualmente un aumento del impuesto por ganancias ocasionales y por premios, rifas y apuestas.  

La propuesta está orientada a que quienes poseen mayor riqueza aporten más recursos, con el propósito de que se avance también en la reducción de los niveles de desigualdad y de pobreza. Como corresponde, la reforma es coherente con el espíritu que anima a un gobierno progresista, cuya columna vertebral es avanzar en el establecimiento de cambios estructurales en favor de los sectores hasta más desprotegidos. 

Aun así, y tal como están las cosas, lo más probable es que, con ánimo obstruccionista y criterios electoreros la propuesta sea hundida en las comisiones económicas del Congreso. Será un contrasentido siendo que allí mismo se aprobó el presupuesto para 2026 y saben que la aprobación de la ley es imperativa, pues obedece a un sentido de responsabilidad con un país en el que, es tozudo negarlo, la economía muestra en general un desempeño más que positivo.

Se debe asumir que la política fiscal es más que un modelo de financiación y obedece también al diseño de un modelo de sociedad en la que se supere cualquier tipo de exclusión, se abone el camino hacia el cumplimiento del Estado Social de Derecho y se permita la materialización efectiva de la democracia.

Esto exige el convencimiento de que el déficit es evitable y que es posible encontrar soluciones estructurales, pero se requiere contar con las condiciones políticas, el poder y la capacidad de incidencia y decisión de los interesados en que los cambios se produzcan. Por eso es inminente una recomposición de los sectores que hasta ahora han mantenido su dominio en el Congreso de la República. 

Ojalá que un acto de sensatez y de verdadero patriotismo orienten a las mayorías del Congreso para que, más allá de la inmediatez y del cálculo de las oportunidades políticas, decidan ponerse a la altura de las responsabilidades que el país demanda. 


*Economista-Magister en estudios políticos