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lunes, 12 de febrero de 2024

Gan Gan y Gan Gon

 “Ellos solo son dos chicos pilluelos”
Canción de Richie Ray y Bobby Cruz. 

Orlando Ortiz Medina*



Es muy probable que cuando en la universidad fueron compañeros de pupitre eran también los malos del curso; aquellos cuya pobreza a la hora de rendir conocimientos frente a sus profesores y demás condiscípulos se disimula siendo los más sapos y sentándose en las primeras filas. Seguramente eran también de aquellos saboteadores, expertos en hacerle bullying a sus compañeros, robarles las tareas y sentirse los mejores conquistadores del pasillo. 

El ser amigos de picardías en sus años de adolescencia y haberse convertido en hábiles trepadores con sobrada astucia para moverse dentro de los laberintos del poder, le permitió a uno llegar a ser presidente y al otro, gracias a su incondicional camaradería, fiscal general de la nación. Hoy, aunque un tanto a destiempo, los dos pasan a la historia como los funcionarios de peor desempeño en sus cargos, batiendo récords que jamás alguien pensó que pudieran superarse. 

Francisco Barbosa, quién lo creyera, superó con creces en abusos y fechorías a su inmediato antecesor, Néstor Humberto Martínez, bajo cuya gestión hubo hasta muertos con cianuro. 

Iván Duque, ese fue el logro más destacado de su Gobierno, le arrebató el galardón al expresidente Andrés Pastrana, quién con total falta de vergüenza y autoridad moral vocifera sobre los males del país, de los que él es en buena medida responsable. Francisco Barbosa, quién lo creyera, superó con creces en abusos y fechorías a su inmediato antecesor, Néstor Humberto Martínez, bajo cuya gestión hubo hasta muertos con cianuro. 

Duque fue un don nadie que pasó sin pena ni gloria por la presidencia de la República, de la que hizo un paseo, corto para él y largo para el país que tuvo que soportarlo. Jamás dejó entrever talla alguna de mandatario, aunque sí de mandadero, abyecto como se mantuvo al jefe de su partido y a la cáfila autoritaria y delincuencial que lo circunda. Debe, eso sí, reconocerse que nunca ocultó su ineptitud y mediocridad, pues fue siempre claro en hacerlas públicas. Al César lo que es del César…

Pero que haya pasado sin pena ni gloria no quiere decir que no haya hecho daño. Lo hizo y mucho. Hubo un doloroso reversazo en el proceso de paz, que alentó de nuevo el crecimiento de la violencia, ya en gran parte reducido luego de la firma del acuerdo de paz con las FARC. Durante su desgobierno se produjo el peor estallido social que se haya visto en las últimas décadas en Colombia, al que trató con la más virulenta represión, dejando decenas de jóvenes muertos y con mutilaciones oculares. Dejó asimismo una economía lastrada, con altísimas cifras de desempleo, inflación e informalidad, además de un déficit fiscal y comercial elevado y un enorme endeudamiento externo, cuyas consecuencias estaremos todavía varios años pagando.

Algo es algo, aunque sí produce un poco de vergüenza saber que se requiera tan poco para llegar a ser presidente de un país tan complicado como Colombia.

De las relaciones de Colombia con el entorno internacional mejor ni hablar. Eso sí, el mundo se enteró de que por lo menos se había leído el cuento de Blancanieves y los siete enanitos, que sabe hacer piruetas con el balón y que, también mediocremente, se atreve a rascar la guitarra. Algo es algo, aunque sí produce un poco de vergüenza saber que se requiera tan poco para llegar a ser presidente de un país tan complicado como Colombia. En efecto, no aprendimos con Pastrana.

Decíamos que dejó a su compañero de grado en la Fiscalía General de la Nación. Lo ternó, lo impuso y le dio instrucciones de cómo actuar y comportarse para evitar que el órgano rector de la justicia cumpliera las funciones para las que fue creado, sobre todo cuando se tratara de acusaciones contra los más cercanos amigos de su Gobierno, en especial de quien desde las pesebreras de sus fincas le manejaba los hilos, inquieto como vive por la cantidad de delitos en los que de vieja data ha venido siendo implicado. 

El amiguis del presidente no fungió nunca como el verdadero responsable de las tareas y responsabilidades adscritas a su cargo, sino como el vocero de intereses personales y partidistas al servicio de quienes ahora o en el pasado utilizaron sus cargos para la comisión de delitos. Es decir, fue puesto en el cargo no para aplicar justicia sino precisamente para evitar que se aplicara.

Barbosa llevó a grados bajo cero la majestad y el grado de confianza en el sistema de aplicación de justicia

Su gestión la dedicó antes que nada a absolver a los más cercanos miembros de su cohorte. Casos como el de la llamada “ñeñepolítica”, por ejemplo, referido al presunto ingreso de dineros del narcotráfico a la campaña presidencial de Duque, terminó finalmente archivado sin mayores explicaciones. Otro ejemplo, tal vez de los más ilustrativos, es el del expresidente Alvaro Uribe, investigado por los delitos de soborno y manipulación de testigos, que ha estado atravesado por todo tipo de maniobras dilatorias con las que se espera que precluya por vencimiento de términos, pese a que hay un suficiente acervo de pruebas que obligarían a que fuera llevado a juicio.

Hay muchos ejemplos más que lo único muestran es que, en el periplo de Barbosa por la fiscalía, la nota común fue hacer mutis por el foro y caso omiso en los resultados de las investigaciones, a menos que se tratara de aquellos a quienes el fiscal y los miembros de su cofradía consideraban enemigos políticos, por lo que había que desmembrarlos en los medios o en los estrados judiciales, groseramente manipulados por ellos. Fue, además, un hábil manipulador de cifras, gracias a su pericia y la de sus subalternos para acomodar a su antojo los algoritmos y obtener resultados tan inflados y artificiales como su ego. 

 El colmo de los colmos fue utilizar parte de su extenso número de escoltas para que fueran a su casa a sacarle a orinar los perros.

Es ello lo que explica que la entidad haya llegado al punto más bajo y de peor calidad en su desempeño. Si Iván Duque dejó el país al garete, Barbosa llevó a grados bajo cero la majestad y el grado de confianza en el sistema de aplicación de justicia. Inmenso daño el que se le ha hecho al país, que tanto le costará volver a recuperarse, máxime cuando hasta ahora la Corte Suprema de Justicia no ha hecho el nombramiento de su reemplazo y está previsto que, temporalmente y no sabemos hasta cuando, lo suceda en el cargo la vicefiscal Martha Mancera, segura continuadora de la estirpe barbosiana e igualmente objeto de delicadas y tenebrosas acusaciones.

Mancera, de acuerdo con investigaciones de prensa, está acusada de favorecer a grupos delincuenciales en el puerto de Buenaventura, y no va a ser ella quien voltee la escopeta para hacerse el harakiri, cuando seguirá teniendo, como el ahora su exjefe, toda la nómina bajo su control. Si algo faltara, la sucederá en el cargo de vicefiscal otro hórrido personaje, el actual coordinador de fiscales ante la Corte Suprema de Justicia, Gabriel Ramón Jaimes, de sobra conocido por su baja estofa moral e intelectual y su sobrada diligencia cuando se trata de decretar la absolución o prescripción de casos de aquellos a quienes, por su inconmensurable poder, le manejan los dedos a la hora de digitar las cuartillas en las que proclamará sus dictámenes.  

El aliado de copialina de Duque en la universidad sí que se destacó por el abuso en el desempeño de sus funciones y la utilización de bienes y funcionarios de la entidad para sus necesidades personales. El colmo de los colmos fue utilizar parte de su extenso número de escoltas para que fueran a su casa a sacarle a orinar los perros; enviaba personas del servicio adscritas a la fiscalía para que realizaran funciones de empleadas del servicio doméstico en su hogar, y utilizó para su disfrute personal y de sus amigos y familiares el avión de la entidad, incluidos días de descanso, dominicales y festivos. 

Alcanzado el triunfo de Gustavo Petro, primer presidente de Colombia que llega al poder desde la otra orilla del establecimiento, sumó bríos para convertirse en el principal agitador de la oposición.

Eso no fue todo. Alcanzado el triunfo de Gustavo Petro, primer presidente de Colombia que llega al poder desde la otra orilla del establecimiento, sumó bríos para convertirse en el principal agitador de la oposición e iniciar, sin decoro, vergüenza alguna o respeto por la majestad de su cargo, su campaña a la Presidencia de la República. Es una mácula más que puso sobre la institución, con la venia silenciosa de las cortes o de cualquier otro de los órganos de control, que nunca tuvieron a bien llamarle la atención. 

Si con su amigo de lonchera Barbosa fue el más abyecto y genuflexo, con el presidente Gustavo Petro decidió convertirse en su piedra en el zapato, aprovechando cualquier tribuna para venirse lanza en ristre contra sus ideas o propuestas de Gobierno. Se tornó de pronto en el más aguzado investigador, en el prohombre de la moral y el principal defensor y escudero de las mismas instituciones que otrora deshonró con sus acciones impúdicas y sus omisiones, abusos e impertinencias. Nada más grave le puede ocurrir a un país que su administración de justicia se politice y se utilice para perseguir a quienes se consideren enemigos o contradictores, al tiempo que para proteger a quienes sean los miembros o aliados de su séquito. 

El más encumbrado narcisista que haya ocupado un cargo público en toda la historia de Colombia, y ha habido muchos, dejó la sal regada en el piso, no solo de la fiscalía, sino de prácticamente toda la geografía nacional; pues en el mismo saco están la procuraduría, la contraloría y la Defensoría del Pueblo; una muestra fehaciente de la ruptura del equilibrio de poderes, cuyo telón de fondo es en realidad la enseña indeleble de la quiebra ética que gracias a este tipo de funcionarios tienen en vilo nuestra continuidad y estabilidad como nación.  

En mala hora los profesores no notaron o se hicieron los de la vista gorda cuando el par de angelitos desaplicados capaban las clases de ética, si es que ella existió alguna vez en la universidad Sergio Arboleda, de cuyos funcionarios también hemos tenido noticias no precisamente buenas. 

Para aprender lo que no se debe hacer, Gan Gan y Gan Gon nos dejan sus memorias impresas en varios tomos de pasta dura y edición de lujo. Habrá que ver si hay alguien que se atreva a consumir sus pestañas leyendo las epopeyas de estos dos enormes gladiadores de la más baja estirpe de la cultura nacional.


*Economista-Magister en Estudios políticos


domingo, 9 de mayo de 2021

Señor Duque, no dispare

Por las calles de Colombia se moviliza hoy una ciudadanía variopinta, un conjunto de  voces polifónicas que reclaman un espacio para la realización de sus derechos, 

Orlando Ortiz Medina*

El derecho  a la vida es inviolable. No habrá pena de muerte. Así reza el artículo 11 de la Constitución Política de Colombia. “…las autoridades de la república están instituidas para proteger a todas las personas residentes en su vida, honra, bienes,…” reza el artículo 2.  

Pese al mandato taxativo de la constitución, que el presidente de la república juró cumplir, hacer cumplir y defender, 47 personas han muerto a manos de la policía durante los 10 días de protesta social que se lleva a cabo en Colombia desde el 28 de abril. Además, se cuentan 963 detenciones arbitrarias, 135 personas desaparecidas, 1023 heridas y 12 casos de violencia sexual. Un balance espeluznante y una respuesta inusitada contra una legítima jornada de protesta ciudadana que, de acuerdo con el artículo 37, está también garantizada por la Constitución Nacional.

El Estado de Derecho está siendo entonces tanto menos que una realidad ficcional, como desde un comienzo lo ha venido siendo el ejercicio de gobierno del señor Duque. En verdad cuesta mucho llamarlo presidente. 

La movilización se produce inicialmente como parte de un levantamiento contra la propuesta de reforma tributaria presentada por el Gobierno, pero que tan solo fue la gota que rebozó la copa en que se acumulaban un conjunto de situaciones de tensión, ocasionadas por el difícil momento que vive una ciudadanía preocupada e indignada por el acelerado deterioro de sus condiciones de vida, reflejado en el incremento del hambre, la pobreza y el desempleo,  exacerbados por los efectos de la pandemia. 

Como el presidente que no ha sido, Duque ha elevado a las más altas cumbres la ineptitud, la indolencia y sobre todo la desconexión que tienen con la realidad del país quienes durante toda nuestra historia republicana han manejado a su antojo las riendas del Estado y configurado a imagen y semejanza de sus ambiciones y deseos el mapa político, económico y social de la nación. 

La crisis de hoy radica en que esa realidad se les está saliendo de las manos. Los partidos y las dirigencias tradicionales lejos están de convocar o asumir la representación de las mayorías nacionales, la emergencia de una diáspora de nuevas identidades socava su legitimidad y se muestra dispuesta a que se  produzca un relevo, la paciencia se agota, la dimensión de los problemas toma cuerpo en la conciencia de cada ciudadano o ciudadana que busca un lugar y una forma de manifestarse superando miedos, incluido el de enfrentarse ante la rabiosa y criminal reacción del régimen.   

Por las calles de Colombia se moviliza hoy una ciudadanía variopinta, un conjunto de  voces polifónicas que reclaman un espacio para la realización de sus derechos, seguridad y dignidad para sus vidas; las mismas que forman parte de esos nuevos tres millones y medio de personas que en el último año han caído en la pobreza, las que intentan sobrevivir de la informalidad, las que solo tienen para suplir una comida al día y los miles de jóvenes que no han podido ingresar o han tenido que abandonar sus estudios. A  ellos se suman los que se duelen de la muerte de sus familiares y amigos debido a la pandemia, en donde la precariedad del sistema de salud y la pobreza con que el Gobierno ha encarado la situación es la que explica en buena parte la razón de su partida. 

Detenga la masacre señor Duque; no son vándalos los que decidieron hacerse oír; no haga blanco de su ineptitud, su cinismo y su indolencia a quienes no les ha quedado otra alternativa que exponer su vida en las calles; que la sangre de las decenas de jóvenes asesinados no sea lo que justifique su paseo por la presidencia; devuelva la policía y el ejército a sus cuarteles porque afuera están actuando como fieras enloquecidas; regálele al país un minuto de liderazgo, al menos en esta hora aciaga en que, por el fracaso de su gestión, Colombia está de luto. 

Piense en que su falta de honestidad al haber aceptado ocupar un cargo para el que no reunía las condiciones es lo que lo hace el único responsable del horrible momento que vive Colombia; no ponga sus armas a discreción contra una juventud inerme que solo ha salido a reclamar el derecho a tener un presente en paz y a que no se le niegue la posibilidad de seguir soñando en cómo labrar un futuro más promisorio. 

Si tuviera entereza y fuera cierto que está dispuesto a hacer algo por Colombia, lo más razonable sería que hoy mismo usted presentara su renuncia; le convendría y se expondría menos a tener que salir por la puerta de atrás, como seguro irá a pasar si se espera hasta el siete de agosto de 2022. Ojalá le alcanzara la sensatez para que deje algo bueno en la historia que pueda honrar su nombre. 

Usted que permanentemente invoca al Dios en el que cree, sin faltarle al respeto que merecen sus creencias, recuerde que el quinto de sus mandamientos le dice “no matarás”; pídale a ese Dios que  lo ha acompañado cuando le ha quedado grande proteger y defender la vida, que se apiade de su conciencia y lo ilumine para que le quede más grande ayudar a producir la muerte.

*Economista-Magister en Estudios Políticos


sábado, 30 de enero de 2021

Humor insurrecto

 

Orlando Ortiz Medina*

 

El yerro lo que hizo fue actuar como activador de una especie de desahogo o impulso catártico, que bien podría asimilarse a una jornada de movilización social 

 

Así lo querí, fue el gazapo que se le salió al señor presidente Duque en el homenaje que se le rendía al recientemente fallecido Ministro de Defensa, Carlos Holmes Trujillo, a causa del COVID-19.    

Más tardó en difundirse la noticia que el comienzo de la nutrida maratón memiática que desde el mismo momento se produjo y a los pocos minutos ya le había dado no sabemos cuántas vueltas a Colombia.

Lo ocurrido es algo que no se puede entender sino como el reflejo de lo que para muchos colombianos representa el presidente y la manera como están valorando su gestión; el desfogue de humor se concatena con el evento casuístico, en un entorno que claramente se devela hostil a su imagen. Es ello y no otra cosa lo que llevó a que el lapsus terminara siendo la puesta en escena de una improvisada comedia de creación colectiva.

El yerro, como tal, es realmente insignificante, en otras circunstancias y con otro personaje no tendría mayor trascendencia; pero si en este caso dio lugar a que el presidente se convirtiera en rey de burlas, es porque lo que hizo fue actuar como activador de una especie de desahogo o impulso catártico, que bien podría asimilarse a una jornada de movilización social, como la del 21 de noviembre de 2019, por ejemplo.

Bien es sabido que el chiste, la caricatura o la burla a través de la parodia o la comedia han sido siempre un recurso para retar el poder, además de convertirse en un parámetro de medición de las tareas de quien lo ejerce.

Es claro que el descontento social y político que se vislumbra actualmente en Colombia ha encontrado en el humor un cauce ideal; las desafortunadas salidas del presidente lo que han hecho es abrir espacios de expresión a una ciudadanía que se siente convocada por el conjunto de males que en diferentes flancos se han venido exacerbando, y porque no ve en su Gobierno la capacidad para identificar alternativas que generen al menos un asomo de solución.

Es cierto, a veces con pesar, que Colombia es un país acostumbrado a recrearse en sus tragedias (es curiosamente una de sus formas de resiliencia), pero las divertidas creaciones memiáticas que se ponen en escena son también un llamado de atención en el que se dan cita una variada gama de actores que, sin ensayos ni coreografías, dan lugar a una representación igualmente dramática, en  tanto evocan el sentir de un momento profundamente angustioso de la vida nacional. 

Dos millones doscientas mil personas contagiadas por el COVID-19, más de cincuenta mil fallecidas y un sistema de atención en UCI prácticamente desbordado; sin certeza de cuándo se iniciará el proceso de inmunización, porque de lo único que estamos seguros es de que somos de los últimos países de la fila para acceder a la vacuna; quien desde afuera funge como principal protagonista de esta tragicomedia no ha logrado organizar su libreto, sólo se muestra como un cínico improvisador a la hora de presentar las condiciones de negociación y los cronogramas de entrega, no sabemos si ya efectivamente pactados, con los proveedores comerciales o a través del mecanismo COVAX.

Lo más seguro es que tengamos que esperar no sabemos cuántas miles más de vidas sacrificadas antes de que se baje el telón, por la incompetencia de quien terminará siendo nada más que un letal verdugo para quienes debemos soportarlo como gobernante. Lo anterior, en un escenario que se complica todavía más con el deplorable inicio del año, que cierra el primer mes con un saldo de veintidós feminicidios, ocho masacres, dieciocho líderes sociales y tres firmantes del acuerdo de paz asesinados.

En este contexto, y en un país que lleva tanto tiempo tratando de superar la violencia y redimir la insurrección armada, bien vale celebrar la fuerza de ese humor insurrecto con que hoy se manifiesta la ciudadanía.    

Bienvenido el ingenio y la creatividad como vehículo de expresión de la inconformidad, que la imaginación trascienda desde todos los rincones y en todas las formas posibles y se consolide como una forma más de rechazo a la mediocridad de quienes, vestidos de héroes o salvadores, nos hacen víctimas de sus pantomimas y nos sacrifican con sus artificiosas actuaciones.

Eso sí, que no se llegue al punto de que se opaque la real dimensión de las problemáticas y se convierta en un desvío de la búsqueda de respuestas, que no termine siendo un elemento que paralice o quite fuerza a esa reacción ciudadana que se está acumulando para que se sumen nuevas voces a ese elenco de actores que desde el anonimato se rebela contra el mal hablado bufón de la comedia y su cohorte.

Carecen de razón los que consideran que este azote de creación humorística es una manifestación de indolencia o un irrespeto a la figura del presidente; no es cierto, nada de lo ocurrido se ubica en este plano; más vale que en la tras escena él y sus coristas dimensionen el alcance y significado de estas manifestaciones, y entiendan el llamado de una ciudadanía que, si bien se recrea con su ineptitud, no siente menos sobre sus hombros la gravedad de la tragedia.

Economista-Magister en Estudios políticos