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martes, 30 de abril de 2024

Un féretro es la imagen de la democracia en Colombia


Orlando Ortiz Medina*

Lo ocurrido en la marcha es una muestra de los trazos que todavía quedan de esa escisión heredada de la llamada época de La Violencia en Colombia, en cuyos imaginarios navega todavía el subconsciente de muchos colombianos.


Foto tomada del diario El País, de Cali
Un féretro con una corona encima fue una de las muchas imágenes exhibidas durante la marcha convocada por el uribismo y otros partidos de oposición el pasado 21 de abril. La imagen es espeluznante y eriza la piel en un país en el que violencia y política han corrido de la mano con un saldo terriblemente trágico, donde miles y miles de estas cajas mortuorias, no precisamente vacías, históricamente han desfilado por campos y ciudades.

El uso de esta lúgubre enseña simbólica no es sorpresa en un país en el que, desde mediados de la década de los cuarenta del siglo pasado, la violencia política ha dejado alrededor de nueve millones de víctimas, entre las que se cuentan cinco candidatos presidenciales y casi toda la militancia de un partido político, la Unión Patriótica, cuyos pocos sobrevivientes forman parte hoy de la coalición que por primera vez en Colombia llevó a un líder de izquierda, Gustavo Petro, a la presidencia de la República.   

Evoca los cerca de trescientos mil muertos de la época de la confrontación bipartidista en la que, enervados por el odio y arrastrados por sus dirigencias, conservadores y liberales hicieron de la muerte un festín y acudieron a todo tipo de prácticas para salir de aquellos a quienes, antes que contradictores, consideraron enemigos a los que había que liquidar. Evoca también los otros tantos miles de muertos que ha dejado la confrontación con las organizaciones insurgentes -ya algunas desmovilizadas-, surgidas en su mayoría durante el llamado periodo del Frente Nacional, como respuesta a la proscripción de que fueron objeto cualquiera de las fuerzas políticas no inscritas bajo la égida bipartidista, que ha sido tal cual la égida del establecimiento. 

De manera que lo ocurrido en la marcha es una muestra de los trazos que todavía quedan de esa escisión heredada de la llamada época de La Violencia en Colombia, en cuyos imaginarios navega todavía el subconsciente de muchos colombianos. Vale decir que para algunos puede que se ubique realmente en el más puro nivel de su conciencia. El asesinato recurrente de líderes sociales, comunales, ambientales, firmantes del Acuerdo de paz y defensores de derechos humanos, para nombrar solo unos de los más considerados no afectos al establecimiento, sigue dando cuenta de ello. 

Cuesta entender que en una marcha en la que se proclamaba la defensa de las instituciones se haga un llamado, así sea simbólico, a matar al presidente de la República.

Quienes acompañaban a los cargueros del féretro coreaban la consigna de “Petro, en serio, te vas pal cementerio”, expresada con un don tan natural que parecía un simple cántico de infantes, sin advertir el mensaje tremendamente violento que estaban promoviendo. Cuesta entender que en una marcha en la que se proclamaba la defensa de las instituciones se haga un llamado, así sea simbólico, a matar al presidente de la República. Desdice totalmente de lo que se proclamaba como una marcha pacífica y en la que se han ufanado en destacar el comportamiento cívico de quienes concurrieron. Nada más contrario a lo que realmente ocurrió.

La marcha, totalmente legítima como corresponde en un sistema democrático, contó con el respeto absoluto de parte del Gobierno. No fue este el caso de lo ocurrido en gobiernos anteriores, que estigmatizaron y criminalizaron la protesta social, respondiendo a las manifestaciones con el uso indebido y desproporcionado de la fuerza por parte de las autoridades militares y de policía. Basta solo recordar el más de un centenar de jóvenes asesinados y otros tantos mutilados ocularmente durante las jornadas de protesta ocurridas entre los meses de abril y junio de 2021, durante el gobierno de Iván Duque, para tomar solo el caso más reciente y lamentable. 

Colombia es un país en donde la violencia ha estado siempre imbricada en su historia y ha sido fácilmente acogida por una dirigencia tozudamente negada a que se impriman los cambios durante tanto tiempo aplazados, lo que explica en buena medida las razones de la confrontación de la cual pareciera imposible salir. 

Es la misma dirigencia a la que la sola idea de que alguien ajeno al establecimiento pueda llegar a las más altas instancias del poder la mantiene estresada y le suena delirante, en tanto no concibe otra cosa que la fidelidad al viejo orden, hecho a su medida. Es al fin y al cabo la sustancia de una premisa antidemocrática, en la que cualquier opción diferente se considera un exabrupto, el riesgo de un salto al vacío o la inminencia de un fracaso. Nada nuevo es posible, ni siquiera pensable. 

Fue esa la lógica establecida desde mediados del siglo XIX, cuando alrededor de los intereses de comerciantes, terratenientes, caudillos, familias y castas locales y regionales tuvo su origen la conformación de los partidos tradicionales que, aunque difuminados hoy en otras colectividades partidarias, siguen siendo en esencia los mismos. Vino viejo en odres nuevos. 

Dentro de ese universo la violencia tomó visos de naturalización e identidad y terminó siendo un instrumento útil y la vía más expedita para el acaparamiento de tierras, la extracción de rentas legales e ilegales, la apropiación de los presupuestos públicos, etc., además de cumplir su función como soporte y fuente de legitimación de las hegemonías y estructuras de poder, también legales e ilegales, que dominan en los territorios. Fue así como se impusieron las reglas de juego y como otras fuerzas políticas y formas de representación quedaron condenadas al destierro o listas para ser llevadas y exhibidas en cajas mortuorias. 

Es la puesta en escena de ese híbrido que somos de ufanos celebrantes de la democracia y de la vida, al tiempo que danzantes acuciosos de la negación del otro y de la acogida sin rubor a la paz perpetua de los cementerios. 

Proclamar la muerte del presidente de la república, así sea con una manifestación alegórica, fue un hecho tan propio del paisaje como, en el caso de Bogotá, los árboles tocados por la lluvia que iban quedando atrás con el paso de la marcha. Es la puesta en escena de ese híbrido que somos de ufanos celebrantes de la democracia y de la vida, al tiempo que danzantes acuciosos de la negación del otro y de la acogida sin rubor a la paz perpetua de los cementerios. 

Es, finalmente, el reflejo de una sociedad a la que le ha costado dar forma a otro tipo de hitos integradores, a nuevos referentes de identidad, que permitan que se abran espacios en los que el valor y la defensa de la vida y no la negación o eliminación del otro den lugar a formas de convivencia en las que justamente ser, pensar, creer y tener historias y pertenencias políticas distintas sea el sustrato fundante del ejercicio de la libertad y de un nuevo país en el que, en las marchas, los féretros al hombro no sean propiamente los que simbolicen la manera de diferenciarnos; y sobre todo de entendernos. 


*Economista-Magister en Estudios políticos 

domingo, 5 de junio de 2022

Colombia elige: Civilización o barbarie

 

Si bien Gustavo Petro y Rodolfo Hernández parecieran sintonizar al mostrarse como la contracara del establecimiento derrotado, en su forma y contenidos sus propuestas son, por el contrario, absolutamente divergentes.

Orlando Ortiz Medina*


Tomada de La República
Dos candidatos que, desde distintas orillas y trayectorias políticas y personales se manifiestan, cada uno a su manera, desde el otro lado del establecimiento; quedaron en punta para disputarse la Presidencia de la República de Colombia, cuya segunda vuelta se celebra el próximo 19 de junio.

El mensaje fue muy claro, la ciudadanía ratificó el llamado al cambio que se viene haciendo desde 2019 con un movimiento social que, liderado especialmente por los jóvenes, se ha tomado las calles de las principales ciudades, y cuya mayor expresión se dio entre los meses de abril y junio del 2021, especialmente en la ciudad de Cali. 

La derrota de Federico Gutiérrez simboliza el cansancio de los electores con la vieja política, el hundimiento de los históricos partidos Liberal y Conservador y sus derivaciones más recientes representadas en Cambio Radical, el Partido de la U y el Centro Democrático, para aludir solo a los principales. 

Es también la bofetada con que la ciudadanía quiere despedir al nefasto Gobierno de Iván Duque, que deja un país deshecho en la violencia, el crecimiento de la pobreza y en una quiebra casi que total de las de por sí precarias instituciones de la democracia

Es también la bofetada con que la ciudadanía quiere despedir al Gobierno de Iván Duque, que deja un país deshecho en la violencia, el crecimiento de la pobreza y en una quiebra casi que total de las de por sí precarias instituciones de la democracia. Cooptó a todos los organismos de control, abusó de su cargo para hacer campaña a favor de su candidato, el derrotado Federico; toleró la violación de los derechos humanos por parte de la fuerza pública, a quien se subordinó, permitiéndoles también su intervención en política y sonándose las narices con la constitución, que tantas veces se ha pasado por la faja.  

Si Duque, el Centro Democrático y el resto de la coalición que lo secundó en el Congreso de la República querían con Gutiérrez mantenerse en el control del Estado y haciéndole la venia a la horda de corruptos que estaban convencidos de que nunca les iba a llegar la hora, la ciudadanía que mayoritariamente votó el pasado 29 de mayo les dijo basta ya, como el pasado y el presente, nuestro futuro no es de ustedes, estamos dispuestos para el cambio.   

Hasta ahí bien, pero también es cierto que, luego de la primera vuelta, queda en ciernes la dirección del cambio, que puede no ser o ser hacia atrás o hacia adelante. 

Si bien Gustavo Petro y Rodolfo Hernández parecieran sintonizar al mostrarse como la contracara del establecimiento derrotado, en su forma y contenidos sus propuestas son, por el contrario, absolutamente divergentes. Uno y otro muestran la polarización que verdaderamente está en el fondo de lo que nos ha mantenido como el país que somos; no la de la paz o de la guerra que se ha utilizado para ganar gracias políticas; tampoco la de la izquierda, la derecha o el centro que, al fin y al cabo, son parte de la diversidad que le da sentido y razón de ser al ejercicio de la política. 

La tensión que quedó marcada el pasado domingo es la que se presenta entre el país que quiere entrar en la escena de las verdaderas trasformaciones: sociales, económicas, políticas, culturales, y aquel que, a pesar de que grita el cambio, añora mantenerse en los moldes del país premoderno y anclado en los valores de una sociedad medieval. 

Rodolfo Hernández es un candidato sin talla de estadista, no sabe de la estructura y el funcionamiento del Estado, no conoce la geografía del país, no sostiene un debate, literalmente no sabe nada de lo que habla. Sin embargo, sus actuaciones, discurso y actitudes lo conectan fácilmente con una franja de electores que, si bien rechaza seguir siendo representada por los políticos tradicionales, se mantiene culturalmente atrasada y es políticamente conservadora. 

Es machista, misógino, xenófobo, homofóbico, soez al hablar y agrede sin reparos física o verbalmente cuando se le increpa; aun así, más bien por eso, logra cooptar esa masa de votantes a la que le permite reafirmarse en su universo simbólico y de representaciones ancladas a la figura del patriarca, el padre regañón y autoritario, sin importarle reparar en la razonabilidad de sus juicios y realizaciones.

Gustavo Petro, por su parte, tiene un programa renovador y progresista, conoce el manejo del Estado, domina con maestría cada uno de los temas que, no solo Colombia, sino la agenda pública internacional tiene sobre la mesa: la lucha contra los efectos del cambio climático, el uso de energías y tecnologías limpias, la lucha contra el hambre, la pobreza y la reducción de la desigualdad, la cobertura universal en el acceso a la salud, la educación y el derecho a la jubilación, además de una agenda de género como premisa imperativa para el cambio y una lucha frontal contra la corrupción.  

No obstante, a pesar de su conocimiento y la visión de futuro y humanista de su programa, Petro, qué paradoja, no logra llegar a aquellos para quienes éste tendría más sentido y deberían ser los primeros en acogerlo. La razón ya en parte está dicha, estamos frente a un electorado, al menos una gran parte de él, para el que los asuntos programáticos y de contenido son menos importantes que su fe, sus creencias y sus funciones emocionales más primarias; portador, además, de un saber y un bagaje cultural que lo mantiene enajenado, acrítico y formado para normalizar la subordinación y el acostumbramiento a mínimos de sobrevivencia.

Es importante que no se lea esto como un juicio peyorativo a las personas, se parte de entender que todas las decisiones humanas son producto de cómo hemos sido educados, cómo hemos sido construidos social y culturalmente y que no somos ajenos ni a la historia ni a la sociedad de la que formamos parte.

Es ese el electorado al que fácilmente se le llena el saco de su conciencia cuando se le dice lo que quiere oír, se le lleva a lugares comunes y se le convoca sin mayor esfuerzo con mensajes ya de antaño trillados y siempre burlados, como el único con el que Rodolfo Hernández enarbola su campaña: acabar con la corrupción, sin decir cómo y teniendo, él mismo, decenas de investigaciones en curso en la Fiscalía General de la Nación. Es importante que no se lea esto como un juicio peyorativo a las personas, se parte de entender que todas las decisiones humanas son producto de cómo hemos sido educados, cómo hemos sido construidos social y culturalmente y que no somos ajenos ni a la historia ni a la sociedad de la que formamos parte.

 Ese es pues el escenario al que nos enfrentamos.

Por un lado, Hernández y la seguridad de un retorno al pasado y una puesta en peligro de lo poco que queda de institucionalidad. Es al fin y al cabo un candidato solo transitoriamente desmarcado del establecimiento, que inevitablemente terminará absorbiéndolo por su incapacidad demostrada en los asuntos del Estado, el talante apenas retórico de su discurso, y porque necesariamente, como en efecto ya lo hizo, tiene que arrastrar el apoyo de la vieja clase política para ganar la presidencia; en caso de que así fuera, para garantizar la gobernabilidad, lo que le acarreará un elevado costo en reparto de dádivas y burocracia que pesará sin reparos sobre los recursos del Estado.

Por otro lado, con Gustavo Petro, que aún mantiene el reto de convocar a una ciudadanía que esté dispuesta a reflexionar y asumir el reto de que el país se dirija hacia un verdadero cambio, antes que a reencauchar y abrirle un espacio de resiliencia a quienes el pasado 29 de mayo recibieron el rechazo mayoritario de los electores.

Colombia merece darse una oportunidad después de más de doscientos años en que han gobernado los mismos, es necesario que sean relevadas las viejas dirigencias que han destruido al país; la pobreza, la violencia, la desigualdad, el hambre en que se mantiene una gran parte de la población no pueden seguir siendo la fotografía que ilustra la realidad nacional. 

La manipulación y el miedo infundado no serán los que esta vez guíen la decisión del elector, si algún miedo existe es justamente el del triunfo de un personaje como Rodolfo Hernández, con el que el país va a tocar fondo y se va a seguir profundizando la crisis institucional y la segura caída en un régimen autoritario. Ya anunció que su primer acto de Gobierno será declarar la conmoción interior, qué peligro para alguien que, así luego haya tratado de corregirse, se declara admirador de Adolfo Hitler

El ideario de un país moderno, incluyente, que no entrampe los rieles por donde se conducen las transformaciones culturales y de un ejercicio civilizado de la política no cabe en la mente estrecha y retrógrada de un personaje como Rodolfo Hernández

El ideario de un país moderno, incluyente, que no entrampe los rieles por donde se conducen las transformaciones culturales y de un ejercicio civilizado de la política no cabe en la mente estrecha y retrógrada de un personaje como Rodolfo Hernández. La corrupción no se resuelve a gritos ni a bofetadas, menos si quedamos en cabeza de alguien para el que la economía es un asunto escindido de la ética y liderada por personajes sin escrúpulos. Además, eso de que el rol de las mujeres es quedarse en la casa es un desatino que busca tirar por la borda más de un siglo de lucha por sus derechos, pero sobre todo un exabrupto histórico impresentable ya avanzadas más de dos décadas del siglo XXI.   

Aunque es difícil luchar contra el calado cultural sobre el que esperan seguir cabalgando las huestes de la vieja política, hay que insistir para que el Gobierno no quede de nuevo en manos de quien ignora los asuntos más elementales del manejo del Estado. La posibilidad del cambio es total y se avizora con esperanza el giro civilizatorio por el que una gran parte del país puja para avanzar.

Ojalá que este punto crítico en que se encuentra Colombia no termine, con Hernández, en un retroceso que trunque las aspiraciones de quienes en estos últimos años le han venido abriendo espacio a nuevas voces y a una nueva generación de dirigentes que saben, además, que los cambios políticos son ante todo cambios culturales.

Estamos ante dos opciones: civilización o barbarie. 


*Economista-Magister en estudios políticos 


sábado, 26 de marzo de 2022

Colombia cambiará de rumbo


Debemos decir que estamos en uno de los momentos más críticos de nuestra historia reciente, en medio de una campaña electoral en donde se advierte una más aguda confrontación por la posible sustitución del pacto hegemónico que se ha mantenido durante prácticamente toda nuestra vida republicana.

Orlando Ortiz Medina*


Foto tomada de Revista Semana

Cumplida la primera jornada electoral de 2022, en la que ya se definió la composición del Congreso y los candidatos de las diferentes coaliciones partidistas, los resultados vaticinan que lo más probable es que Colombia se dirige de manera inevitable hacia un cambio de rumbo.   

Como se esperaba, Gustavo Petro, líder del Pacto Histórico, confirmó a Francia Márquez como su compañera de fórmula a la presidencia de la República. 

No pudo ser mejor la decisión, Francia es sin duda la revelación en la actual coyuntura política del país; no precisamente porque sea nueva en el escenario, pues, pese a su juventud, tiene ya una trayectoria reconocida a nivel nacional e internacional como lideresa ambiental y representante destacada de la población afrocolombiana, sino sobre todo porque ella simboliza el cambio social, político y cultural que hemos venido presenciando en los últimos años.

En la voz de Francia se escucha a quienes se manifestaron en el estruendoso e inédito cacerolazo del 21 de noviembre de 2019 y a todos los que se movilizaron contra la violencia, el hambre, la pobreza y el desempleo entre los meses de abril y junio de 2021.

Mujer, madre cabeza de hogar, afro, ambientalista, víctima de la violencia, hija de uno de los tantos territorios abandonados por el Estado, es, como ella misma lo dice, la representante de "los nadies", pero de los nadies que hoy salen del anonimato y se levantan como parte de esas nuevas identidades que toman cuerpo en una fuerza política alternativa, dispuesta a que se reconfigure el mapa del poder en Colombia. 

Las viejas dirigencias partidistas se encuentran sumidas en su más profunda crisis de liderazgo y legitimidad, su proyecto excluyente ha hecho aguas y su desconexión con las grandes mayorías es cada vez más latente.

Con todo y ello, debemos decir que estamos en uno de los momentos más críticos de nuestra historia reciente, en medio de una campaña electoral en donde se advierte una más aguda confrontación por la posible sustitución del pacto hegemónico que se ha mantenido durante prácticamente toda nuestra vida republicana.

Las viejas dirigencias partidistas se encuentran sumidas en su más profunda crisis de liderazgo y legitimidad, su proyecto excluyente ha hecho aguas y su desconexión con las grandes mayorías es cada vez más latente. Si algo les queda de aliento es apenas para mover algunos clanes familiares o cacicazgos regionales con los que logran mantener sus cuotas de representación y su poder de extorsión en el Congreso de la República, así como ocurrió en las elecciones del pasado 13 de marzo.

A lo anterior, se suma, vale decirlo, que el acuerdo de paz firmado con las FARC le dio espacio en la agenda a los verdaderos problemas nacionales y le abrió paso a otras fuerzas sociales y formas de representación política hasta ahora invisibilizadas por el conflicto armado.  

Que una persona como Gustavo Petro o, más aún, Francia Márquez, lleguen a ocupar la presidencia y vicepresidencia de la República es poco más que una blasfemia que no están dispuestos a permitir. 

Frente a ello, se declaran en resistencia quienes se niegan a aceptar que sea posible un relevo de las dirigencias, porque asumen que por derecho propio son los eternos titulares del poder y que sus linajes están por encima del orden constitucional. En tal sentido, que una persona como Gustavo Petro o, más aún, Francia Márquez, lleguen a ocupar la presidencia y vicepresidencia de la República es poco más que una blasfemia que no están dispuestos a permitir. 

Aunque hayan pregonado siempre ser la encarnación de valores y principios democráticos, ahora encuentran que la democracia tiene límites y en este caso consisten en que una fórmula que consideran ajena a sus intereses tenga la posibilidad de ser Gobierno. El país debe mantenerse en favor de sus caprichos y requerimientos, tal cual quiso el exsenador Uribe al solicitar el reconteo de los votos en las recientes elecciones de Congreso, que, en principio, el Registrador acató juiciosamente, porque para ellos sus deseos son órdenes.

De esta manera, durante lo que queda de la campaña, todo el establecimiento se volcará a mirar cómo cierra el paso a los sectores sociales que se expresan fundamentalmente a través del Pacto Histórico, considerando incluso la posibilidad de un fraude o, como en otras ocasiones ha ocurrido, de un acto de violencia que liquide por lo bajo las posibilidades del cambio. Esperemos que esto no ocurra, pero, por su historia, en Colombia estamos.

El camino hacia la primera y segunda vuelta, si es que hay necesidad de esta última, va a estar bastante intrincado. El reagrupamiento de fuerzas ya ha tomado sus primeros visos con la alineación de la derecha y extrema derecha en torno a Federico Gutiérrez, que por el momento suma los votos de los integrantes de Compromiso Colombia y del renunciado candidato del uribismo Oscar Iván Zuluaga, aunque éste afirme que su vinculación no se haya hecho a nombre de su partido.

Gutiérrez es sin duda la figura del continuismo, la nueva versión de Iván Duque, aunque quiera mostrarse independiente, sobre todo por la pésima imagen con que va a terminar el actual gobernante y el desprestigio en que ha caído el jefe de su partido, Alvaro Uribe Vélez, que hoy, antes que nada, es una mala compañía. 

El Centro, con una campaña bastante fallida, se mantiene de todas maneras en el juego y a la espera de  poder remontar los magros resultados que tuvo en la consulta y en las últimas elecciones parlamentarias. Más que una coalición conformada alrededor de un programa de Gobierno que tuviera poder de convocatoria, fue una confluencia no articulada de individualidades con ambiciones presidenciales, cuyos egos y personalismos terminó dando más relieve a su confrontación que al sello de identidad con el que han querido diferenciarse: el alejamiento de lo que a sí mismos llaman los extremos. 

De todas maneras, de pasar a segunda vuelta, lo cual en verdad es poco probable, Sergio Fajardo tendría opciones de conquistar la presidencia porque contaría seguro con los votos de la derecha y la extrema derecha, que se le van a unir con tal de cerrarle el paso a un posible triunfo de Gustavo Petro. 

En buena hora el Pacto Histórico no endosó su fórmula vicepresidencial ni su posible triunfo en las elecciones presidenciales en acuerdos burocráticos con los partidos, que no deja de tener cierto tufillo de extorsión en gracia al caudal de votantes alcanzado. Resultaba mejor mostrar coherencia y mantener la sintonía con lo que las mayorías ciudadanas hoy están reclamando: el alejamiento de las viejas dirigencias y su necesidad de consolidarse como el punto de convergencia de las demandas de los sectores alternativos.   

A Federico Gutiérrez no le ayuda ser, aunque lo niegue, la nueva ficha con que el uribismo espera mantenerse en el poder

No hay nada todavía que pueda ser cantado, aunque sean evidentes las ventajas del Pacto Histórico, por su elevada votación en la Consulta y sus buenos resultados en las elecciones del Congreso; a Federico Gutiérrez no le ayuda ser, aunque lo niegue, la nueva ficha con que el uribismo espera mantenerse en el poder. Fajardo no logra convencer todavía como candidato, entre otras porque nunca ha sido claro cuál es en realidad su propuesta de Gobierno. 

Rodolfo Hernández parece morderle todavía algunos votos a la derecha, pero lo más seguro es que termine desinflándose, en la medida en que se han ido definiendo los que serán verdaderos finalistas en contienda. Ingrid Betancur pasará sin pena ni gloria y tal vez volvamos a verla dentro de otros cuatro años, ojalá haciéndole menos daño a quienes en un principio se propuso arropar en el manto contaminado de su fórmula salvadora. 

Lo mejor para Petro sería ganar en primera vuelta, lo cual, aunque difícil, no es descartable. El entusiasmo que ha generado su campaña y el momento político que estamos viviendo, con prácticamente todas las fuerzas sociales reunidas en torno a su propuesta, sumado al liderazgo nacional y el toque diferenciador que le ha imprimido Francia Márquez, le están dando un impulso que bien podría manifestarse a su favor en los resultados del próximo 29 de mayo.   

En cualquier caso, lo importante sería que cada ciudadano y ciudadana se sientan partícipes de esa necesidad de cambio que el país requiere y salgan a ejercer su derecho al voto. Nunca habíamos estado tan cerca de concedernos el derecho a que una nueva generación de dirigentes asuma el liderazgo en la búsqueda de soluciones a los ingentes problemas que acusan al país. Los de siempre ya han tenido todas las oportunidades y solo las han usufructuado a su favor, sin importar que hoy nos tengan sumidos en la más cruda violencia, la desigualdad, la pobreza y un estado de enajenación que hasta ahora nos ha hecho cómplices de nuestras más caras falencias. Es la hora de cambiar el rumbo.

*Economista-Magister en estudios políticos