miércoles, 27 de mayo de 2026

Primera vuelta, profundizar el cambio


El triunfo de Iván Cepeda y Aída Quilcué en primera vuelta es un propósito a cumplir para asegurar el avance de una democracia que, en todos los órdenes, apenas empezamos a vivir.  


Orlando Ortiz Medina*


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Foto: Pares
La llegada, por primera vez, de un gobierno progresista fue un paso más de una serie de hechos que Colombia ha vivido en la última década. El cambio de signo de una dirigencia que se había mantenido en el poder por más de ciento cincuenta años abrió, por fin, el espectro de la democracia.

El triunfo de Gustavo Petro en 2022 sumó a la esperanza de una sociedad que ya vivía los cambios heredados de la firma del acuerdo de paz de 2016, que, pese a sus dificultades, dio impulso a la desactivación de la violencia y la vindicación de la política como forma de encarar los conflictos. De igual manera, los problemas develados por la pandemia del covid-19 y el estallido social de 2021 bajaron el telón y mostraron los protagonistas del nuevo país que entraba a escena. 

Es innegable que el país está cambiando y el gran reto de este 31 de mayo consiste en garantizar que no haya un retroceso. El regreso de las anteriores dirigencias sería una enorme frustración para una sociedad hoy habitada por la certeza de que otro modo de vida es posible. El triunfo de Iván Cepeda y Aída Quilcué en primera vuelta es un propósito a cumplir para asegurar el avance de una democracia que, en todos los órdenes, apenas empezamos a vivir.  

Contamos hoy con una ciudadanía más deliberante, más participativa, más consciente de sus problemas y con mayor claridad sobre la política como el lugar para allanar soluciones. Es la democracia en acto, la contracara de una realidad que había mantenido invisibilizados y reducidos a objetos de manipulación a importantes sectores de la población. Se ha ganado en que la democracia sea una forma de vida, algo más que un sistema de procedimientos o un conjunto de normas, no pocas veces confeccionadas justamente para burlarla.

El cambio de signo de una dirigencia que se había mantenido en el poder por más de ciento cincuenta años abrió, por fin, el espectro de la democracia.

La confluencia de obreros, campesinos, ambientalistas, indígenas, afrocolombianos, estudiantes, maestros, mujeres, comunidades diversas, etc., que hicieron de calles, plazas y otros lugares públicos el escenario para ejercer y valer sus derechos, fueron la clave para la aprobación de las reformas -las que se lograron- ante un Congreso siempre dispuesto a bloquear las iniciativas del Gobierno.

El protagonismo de estos nuevos actores y el contar con un gobierno salido de su entraña condujo a que en la agenda del Estado se pusieran en discusión problemas que han obstaculizado el desarrollo y las posibilidades de una sociedad menos violenta y más justa y democrática. La desigualdad, la pobreza, la elevada concentración de la riqueza, las brechas entre las zonas urbanas y rurales y las enormes disparidades regionales, son, entre otros, temas que hoy centran la atención, cuando antes se ignoraban como parte de la tragedia que ha padecido Colombia. 

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Una nueva manera de orientar la economía ha demostrado que es posible, de manera simultánea, promover su crecimiento, corregir las desigualdades y mejorar las condiciones de vida de las personas, en especial de las que viven en situación de mayor vulnerabilidad. En ello ha consistido el cambio de salario mínimo a salario vital que les permite a los trabajadores cubrir sus necesidades básicas; la apuesta por un sistema de tributación más progresivo; los esfuerzos por diversificar la producción, reducir la dependencia de unos pocos productos de exportación, especialmente minerales e hidrocarburos, y lograr una inserción más competitiva en los mercados internacionales. Hoy Colombia tiene un sector agropecuario más potente, ha diversificado su canasta exportadora y es de los que más ha visto crecer el flujo de turistas desde diferentes regiones del mundo.  

Los resultados son elocuentes:

El salario real aumentó durante este gobierno alrededor del 30%, muy por encima del incremento de los ocho gobiernos anteriores, que sumados ascienden al 26,1%.

La tasa de desempleo registra la cifra más baja del siglo: 8,8% al cierre del mes de marzo.

La inflación cerró en 5,1% en diciembre de 2025, después de haber llegado al 13,2% en 2022.

La pobreza multidimensional cayó por primera vez a un solo dígito: 9,9% en 2025, el nivel más bajo desde que se mide en Colombia.

La pobreza monetaria se redujo a 31,8% en 2024 a nivel nacional, la cifra más baja registrada en los últimos 13 años.

En total, 2.6 millones de personas han salido de la pobreza durante el actual gobierno. 

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Cepeda y Quilcué son la única garantía de que esta senda de cambio y profundización de la democracia continue. 

Él es un líder en el que lo primero que hay que resaltar es su enorme sentido de humanidad y su incuestionable talante ético. Sereno, respetuoso, dispuesto siempre al diálogo y la conciliación, pese a una historia que en muchas oportunidades le ha sido adversa. Filósofo de formación, reflexivo, alejado de odios y venganzas y ajeno a ambiciones personales, ha sido un incansable luchador por la defensa de los derechos humanos y una de las personas que más ha hecho esfuerzos por alcanzar la paz. 

La revolución ética es la base principal de la propuesta de Iván y Aida. 

Ella es una lideresa indígena que lleva también la vocería de los pueblos a los que se ha querido condenar a la exclusión y el destierro. Actualmente es senadora de la República y ha ocupado varios cargos de liderazgo en su lucha por la protección de sus territorios y la defensa de los derechos humanos. Como Iván, es igualmente una víctima de la violencia de los agentes del Estado; su esposo, también líder, fue asesinado en 2008 por miembros del Ejército Nacional. 

Iván y Aída son sin duda la fórmula para enfrentar a quienes quieren retornar a la sociedad del pasado y siguen sin entender que el país cambió y que no se puede continuar en el estado de privilegios y desigualdades en que se ha sostenido Colombia. Peor aún, que se regocijan creyendo en las supuestas virtudes de la guerra, el autoritarismo y la violencia como premisas del orden y la estabilidad democrática, y no en la necesidad de un desarrollo incluyente y pensado para la vida y la justicia social como bases fundantes. 

La revolución ética es la base principal de la propuesta de Iván y Aida. Es algo que no interpela, por un lado, a quien pretende retornar al gobierno como heredera de una dinastía familiar a la que le pesa la historia de una nación hendida en sangre. Por otro, a quien solo hemos visto transitar por oscuros recovecos que le han inflado fama y bolsas, y promete un país y un Estado reducido al tamaño de su minúscula y ostentosa manera de ver y entender el mundo. 

El domingo tendremos la oportunidad de confirmar cuánto la sociedad ha cambiado y qué tan fortalecida está para defender el legado de un Gobierno que, por primera vez, ha estado del lado de quienes han asumido la tarea de construir la nueva historia.  


*Economista-magister en estudios políticos 

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