miércoles, 18 de marzo de 2026

La metamorfosis

 

El efecto Oviedo llevó a que una mañana, al despertar, Paloma amaneciera transformada en una ilustre integrante del llamado y cada vez más difícil saber qué cosa sea, centro político.


Orlando Ortiz Medina*


Dalí. Museo de Bellas Artes de Asturias 
Por donde se le mire, no son propiamente méritos personales sino sucesos indeseados, juegos sucios, imprevistos y oportunismo, además de la baja capacidad competitiva de sus contendores en la consulta, los que pusieron a Paloma Valencia en el lugar en que está hoy en la carrera para la Presidencia de la República. 

Miguel Uribe Turbay, el más seguro candidato de su partido -pues él sí era el de Uribe Vélez-, fue infortunadamente asesinado en el transcurso de la campaña. Se hizo público que en plena celebración de sus honras fúnebres se develaron discordias entre Maria Claudia Tarazona -viuda del líder asesinado - y la, en su momento precandidata, Maria Fernanda Cabal. Al padre de Uribe Turbay, Miguel Uribe Londoño, lo sacaron muy pronto y a sombrerazos de su partido y tuvo que ir a hacer el duelo y a continuar la campaña de su hijo asesinado formando grupo aparte.  

La nominación de la candidatura de Paloma fue cuestionada por falta de transparencia en el mismo seno de su partido por uno de sus principales líderes, José Félix Lafurie, quien renunció y migró hacia el Movimiento de Salvación Nacional, que avala la candidatura de Abelardo De la Espriella. 

Con el camino despejado y ratificada, se dice que a regañadientes, por el dedo mágico de Uribe Vélez, Paloma Valencia se anotó otro triunfo al ser aceptada en la consulta de los precandidatos de la llamada Gran Alianza por Colombia, a los que sin ningún esfuerzo terminó engulléndose, después de que marcaba solo un 2% en las encuestas de opinión. La tenía muy fácil. Pues llegó a la consulta como la única con una estructura de partido, representación parlamentaria y sus respectivas clientelas regionales, de lo cual carecía la mayoría de sus competidores. Ha contado, además, con la ventaja de llevar en su maleta de campaña al expresidente Uribe, que le asegura la posibilidad de convocar al menos un chiflido en los lugares públicos en los que se presenta. 

Nunca como ahora nos habíamos enfrentado a dos propuestas tan distantes de país. 

Pero, si faltara, dos imprevistos ocurridos con Daniel Oviedo terminaron insuflando la suerte de la candidata, pocos días antes de que se realizara la consulta. Una increpación de Vicky Dávila y un comentario discriminador de Abelardo de la Espriella, se tradujeron en un millón doscientos cincuenta mil votos, nada despreciables para cualquier candidato, y mucho menos para Valencia, que finalmente lo acogió como su fórmula a la vicepresidencia. 

Así que Oviedo terminó siendo la vena a través de la cual le fluyó supuesta sangre nueva al desgastado uribismo. Por esas cosas del azar, de las volteretas de la política o de las rarezas de la vida, como en la famosa novela de Franz Kafka, La metamorfosis, el efecto Oviedo llevó a que una mañana, al despertar, Paloma amaneciera transformada en una ilustre integrante del llamado y cada vez más difícil saber qué cosa sea, centro político. 

En su nueva presentación, Paloma quiere ser más llamativa y parecerse menos al horrible insecto en el que, para una gran parte de la sociedad, terminó convertido su partido. 

Lo cierto es que, aunque se vista de seda, Paloma en sus alas se queda. Difícil que el maquillaje que le facilita Oviedo lleve a olvidar que ha sido una de las más connotadas representantes de la extrema derecha en Colombia, que lleva a pie de página las ideas de su gran jefe y que ha sido en el Congreso la más feroz opositora a las iniciativas de cambio que ha intentado llevar a cabo el actual Gobierno. 

Es fiel encarnación del conservadurismo, pervive en la añoranza de esa sociedad excluyente y desigual que la élite económica y política a la que pertenece se ha empeñado en mantener. Es de las que cierra ojos y oídos para no aceptar que hoy vivimos realidades y culturas diferentes: más plurales, más diversas, y en las que un mayor universo de actores se revela para decir que otro mundo es posible.  

Difícil pensar en la abrupta conversión a mansa Paloma a quien ha vivido en el solaz de la guerra y se mantiene atada a una dirigencia renuente a asumir la caducidad de sus dogmas. Esto explica en parte la negación de los derechos de sectores cuyas identidades, necesidades y aspiraciones no caben en sus estrechos marcos de comprensión, incluida la comunidad a la que pertenece Oviedo.

Oviedo, en cambio, no propiamente sufre una metamorfosis, sino que se reafirma como el uribista que siempre ha sido; pues parece que de progresista lo único que tiene es la manera abierta de asumir su orientación sexual.

Fue del equipo de campaña de Uribe en 2002, apoyó su reelección en 2006, se unió a la candidatura de Santos en 2010 (cuando era el que decía Uribe), a la de Zuluaga en 2014, cuando ya Uribe era enemigo de Santos; fue miembro del equipo de gobierno de Iván Duque. De manera que el único centro del que ha hecho parte es, en efecto, el Centro Democrático. 

Aun así, produce desazón verlo con un partido en el que claramente no es bien recibido por su militancia. Algunas voces han manifestado la inconveniencia moral de su postulación y su desacuerdo con que haya puesto condiciones, de las que finalmente se bajó, para aceptarla. 

Difícil pensar en la abrupta conversión a mansa Paloma a quien ha vivido en el solaz de la guerra y se mantiene atada a una dirigencia renuente a asumir la caducidad de sus dogmas

Es decir, juntos, pero con las distancias y precauciones debidas. Uribe lo dejó claro en su presentación en público cuando expresó, palabras más palabras menos: reconocemos la diversidad, pero los papás y las mamás pueden estar tranquilos porque nos comprometemos a garantizar el respeto y la seguridad de los niños. Qué insulto para Oviedo y la población LGTBIQ+, pues qué otra cosa significa esta expresión sino la reafirmación de que se le considera potencialmente peligrosa, como en diversas oportunidades lo han manifestado los sectores conservadores, de la derecha y la extrema derecha. 

De manera que el experto en estadística y proyecciones jugó esta vez una moneda al aire con la que perdería por las dos caras: si su dúo es elegido quedará subordinado a la agenda uribista; si no, habrá seguramente quemado las posibilidades de una carrera política que le hubiera augurado mayores éxitos.

En temas como la implementación del acuerdo de paz y la preservación de la JEP, en donde habita una de las mayores diferencias entre la candidata y su fórmula, el uribismo tiene líneas rojas de las que, como ha reafirmado Valencia, no está dispuesto a moverse. En el mismo sentido, estarían en juego temas como el respeto y efectiva aplicación de los derechos sexuales y reproductivos: la adopción y matrimonio de parejas del mismo sexo y el acceso legal y seguro al aborto, principalmente, aunque ya estén reconocidos constitucionalmente. Quedan en duda también los avances en materia de derechos sociales, en especial los laborales, pensionales, de protección de la vejez, gratuidad de la educación, entre otros, que no han sido del agrado del uribismo y su bancada en el Congreso de la República. 

En fin, es mucho lo que está en juego en estas próximas elecciones presidenciales. Nunca como ahora nos habíamos enfrentado a dos propuestas tan distantes de país. Una que quiere que se reconozcan las transformaciones culturales, se profundice la democracia, se valore la diversidad y se reduzcan las inequidades; y la que insiste en que nos mantengamos en medio de todo tipo de desequilibrios, que han sido la fuente principal de nuestra dolorosa historia de violencia. 

Ya veremos si los colombianos se deciden por un matrimonio por conveniencia o por una fórmula fundada en el anhelo de seguir trabajando por una sociedad en la que, sin rencores ni distinción, quepamos todos.  


*Economista-Magister en estudios políticos


martes, 3 de marzo de 2026

Elecciones del Congreso, profundizar el cambio


En medio de una crisis sostenida, tanto de los partidos tradicionales como de las nuevas expresiones de la derecha y la extrema derecha, los movimientos progresistas y de izquierda ganan terreno y consolidan su liderazgo en el escenario político nacional. 


Orlando Ortiz Medina*


Foto Senado de la República
El próximo domingo los colombianos y colombianas tendremos la oportunidad de cambiar la composición del Congreso de la República para avanzar un paso más en el proceso de transformaciones políticas y sociales que el país ha venido viviendo en los últimos años. 

En medio de una crisis sostenida, tanto de los partidos tradicionales como de las nuevas expresiones de la derecha y la extrema derecha, los movimientos progresistas y de izquierda ganan terreno y consolidan su liderazgo en el escenario político nacional. 

Así lo demuestran las encuestas y sondeos de opinión realizados con ocasión de la campaña electoral y la elevada imagen de favorabilidad del presidente Gustavo Petro, que prácticamente se mantiene en el mismo nivel que al comienzo de su mandato. El impacto de sus políticas, sobre todo en las poblaciones más vulnerables, es señal de una sociedad que está cambiando y de una ciudadanía que no está dispuesta a permitir regresiones. 

En este contexto, nunca como ahora la elección del Congreso había adquirido tanta relevancia, con un electorado más informado y consciente de la importancia que tiene la decisión de votar por uno u otro de quienes aspiran a erigirse como sus representantes en el legislativo.

Junto con el ejecutivo y el judicial, los tres poderes cumplen la función de garantizar que exista un sistema de pesos y contrapesos, como condición esencial para el funcionamiento de la democracia.  Pese a esto, lo que ha predominado en Colombia es un acuerdo tácito de toma y dame, especialmente entre el ejecutivo y el legislativo, que ha desgastado la independencia y el ideario democrático como fuerza vinculante de las ramas del poder público.

Senadores y representantes terminaron en un tejemaneje de transacciones que, por un lado, garantizan gobernabilidad al ejecutivo y, por otro, aseguran a congresistas prebendas, contratos y recursos que les permitan mantener el apoyo de las bases de sus partidos y en sus feudos locales y regionales. Más aún, muchos se posicionan en sus cargos como representantes de grupos particulares, especialmente de sectores empresariales u otros grupos de poder, para quienes cumplen la tarea de evitar que pasen leyes o reformas que puedan afectar sus intereses. 

Un cambio de escenario  

La experiencia con el actual gobierno marcó, en parte, una ruptura histórica, aunque no necesariamente para bien de la democracia. Lo que era un maridaje entre el congreso y el ejecutivo tornó hacia un propósito puramente obstruccionista por parte de los legisladores de la oposición, que sumados son mayoría, bloqueando una a una las iniciativas del Gobierno. 

En las elecciones del próximo domingo convergen dos retos fundamentales: primero, garantizar la continuidad de la agenda social iniciada por el Gobierno de Gustavo Petro; segundo, profundizar el proceso de cambio y mejorar la calidad de la democracia 

Propuestas que concitaban el interés general fueron negadas sin agotar los trámites en las respectivas comisiones o en las sesiones plenarias, como también sin los criterios técnicos y estudios serios de sus alcances en la búsqueda de respuestas a los grandes problemas del país.  

La reforma laboral, la reforma pensional -todavía en espera tras la demanda interpuesta por la candidata Paloma Valencia-, la reforma a la salud, dos propuestas de Ley de Financiamiento y la propuesta de Ley de Jurisdicción Agraria, para tomar solo las principales, fueron sometidas a un largo viacrucis y en su mayoría hundidas por un cuerpo parlamentario al que apenas lo mueve un ánimo revanchista y el interés de ver un Gobierno conducido al fracaso. 

Una agenda que debe continuar 

En las elecciones del próximo domingo convergen dos retos fundamentales: primero, garantizar la continuidad de la agenda social iniciada por el Gobierno de Gustavo Petro; segundo, profundizar el proceso de cambio y mejorar la calidad de la democracia con unas elecciones no solo más transparentes sino en las que las fuerzas progresistas alcancen mayor representación.  

Sin embargo, lo anterior no es posible si el dominio parlamentario lo mantienen los residuos de los partidos Liberal o Conservador que, sobreviviendo de sus estructuras y prácticas clientelistas, siguen siendo un freno al progreso que el país requiere. Lo mismo ocurre con el Partido de la U, Cambio Radical e incluso algunas expresiones del Partido Verde, para no nombrar otras colectividades de menor factura, que no tendrán otra misión que la de seguir engrosando el palo en la rueda. Poco que agregar respecto del Centro Democrático, que ha demandado todas las reformas, se consagra como la máxima expresión de la degradación de valores en la política y permanece anclado a la idea de que todo en Colombia es un asunto de soluciones militares. 

Como proyecto político nacido de la confluencia de sectores sociales y expresiones políticas y culturales que representan la diversidad del país, el Pacto Histórico es el único que ha trazado una agenda orientada a fortalecer la democracia. Es un propósito de largo plazo, pero con una ciudadanía cada vez más dispuesta y a la que la evidencia de los cambios ha convencido de que, si se continúan renovando las dirigencias, otra sociedad sí es posible.

La tarea queda pendiente.


*Economista-Magister en estudios políticos