domingo, 17 de mayo de 2026

Si la muerte pisa mi huerto, que el otro sirva también de abono

Colombia clama el abandono de ese dejo filial entre muerte y política, de esa vena necrosante que no deja de supurar, aun en la hora de los oficios religiosos. 


Orlando Ortiz Medina*


Foto: Meer
Clemencia Vargas, hija del fallecido exvicepresidente Germán Vargas Lleras, destacó en sus manifestaciones de pesar que la mejor manera de honrar a su padre es evitar que Iván Cepeda Castro, candidato del Frente por la vida, llegue a la presidencia de la República. Algo similar ocurrió con Claudia Tarazona, viuda de Miguel Uribe, en su caso asesinado, quien afirmó que, si la muerte de su esposo había valido la pena, era para derrotar a Iván Cepeda. 

Las dos afirmaciones generan una pregunta: ¿Acaso la muerte de un ser querido tiene sentido o puede valer la pena?

Tal vez esta sea una nueva y vulgarizada versión del concepto de necropolítica, inicialmente propuesto por el filósofo camerunés Achille Mbembe, que se refiere al uso de la muerte como dispositivo de control y dominio de la población: la administración de la muerte por parte de quienes ejercen el poder y que se sienten facultados para decidir quién debe vivir y quién debe morir. 

Esta versión, digamos criolla, de la necropolítica, trasciende el hecho fúnebre para llevarlo a un lugar de celebración: la derrota del otro. La muerte física del líder sería compensada con la muerte política del adversario. 

Es también la invocación a la venganza como manera de redimir la pérdida; una contribución al duelo. Si la muerte pisa mi huerto, que el otro sirva también de abono. Es el uso utilitarista del hecho, sin recurso a valores o fundamentos éticos, donde el sujeto de duelo se deshumaniza y se le reduce a un objeto funcional, políticamente rentable. 

Como ha ocurrido con la vida, también se mercantiliza la muerte. Se le asigna un valor de uso: para movilizar, conmover, provocar emociones; asimismo un valor de cambio: se capitaliza el saldo que deja en el mundo de las transacciones políticas. 

Puestas vida y muerte en el mundo de las mercancías, la política se banaliza, evade su esencia, muere como espacio de discernimiento, posibilidad de construcción de un nosotros que genere comunión en las diferencias. 

Se necesita dejar de ser un país al que le pesan más los muertos que la solemnidad de la vida.

En Colombia, donde ejercer la política ha sido torear la muerte, va siendo hora dejar de vivir de la memoria de sus mártires: reales o inventados, de historia y legado o de fabricación mediática, de larga vida o de ocasión; pues cada invocación al mártir es un regreso al luto, un retorno al odio, una vuelta al origen de la tragedia. 

Se necesita dejar de ser un país al que le pesan más los muertos que la solemnidad de la vida. La muerte no puede seguir siendo un instrumento al servicio de la política ni el poder un bien más que se transmite por linaje y se rubrica secularmente a ciertas especies familiares. 

Se oye decir, curiosa demanda, que a Germán Vargas Lleras el país le quedó debiendo la presidencia; no es así, a menos que se considere que le correspondía por herencia o para no faltar a las costumbres que en el país han cercado el tránsito a la democracia. Si no llegó después de dos intentos fue porque no logró el respaldo de los electores y porque, de todas maneras, mucho va del siglo XIX al XXI, cuando éste ya no se conquista a coscorrones.

Tienen razón su hija, sus amigos y los miembros de su partido, Cambio Radical, en que él fue un elemento capital para la cultura política del país. Es cierto, de la política transaccional, del clientelismo, de los clanes regionales, de un partido destacado por sus récords de corrupción y del que fue mentor de un liderazgo arrogante, clasista y excluyente. 

Así que la idea de que el mejor legado de su partida sería “recuperar el rumbo de Colombia y no entregarle el país a Cepeda y sus secuaces” es un dislate, en un momento en que se transita hacia un nuevo umbral civilizatorio en donde, física, política o simbólicamente, matar al otro no sea el clímax de la política. 

La muerte no puede seguir siendo un instrumento al servicio de la política ni el poder un bien más que se transmite por linaje y se rubrica secularmente a ciertas especies familiares

Es comprensible el dolor de Clemencia Vargas por el fallecimiento de su padre y el de Claudia Tarazona por el asesinato de su esposo; tal vez, si así lo fuera, también lo sea el odio de Claudia por quienes le segaron la vida. Pero no hay razón para decir que uno valió la pena y el otro tenga sentido. Aunque por distintas razones, son muertes que se producen en el marco de una contienda política y en un país que hace de ellas moneda para el cambio. Basta ver el manejo que hicieron de ello los medios de comunicación, con clara intención y animosidad política.   

En 1994 el padre de Iván Cepeda fue asesinado por paramilitares y agentes del Estado. Como él hay miles y miles de personas que por la violencia o debido a otras razones no disfrutan ya de la compañía de sus familiares; pero estemos seguros de que saben, por lo menos en su mayoría, que es con el apego a la ética y la exaltación de otros valores como mejor se puede honrar su legado.

En medio de sus padecimientos, con la generalidad de sus conflictos no resueltos, aún en el kínder de la democracia y con el rezago de una violencia que ha sobresalido como soporte del poder, Colombia clama el abandono de ese dejo filial entre muerte y política, de esa vena necrosante que no deja de supurar, aun en la hora de los oficios religiosos. 

Sí, Colombia necesita cambiar el rumbo, y sí que lo viene haciendo; ojalá no haya regresiones y que los deudos, cualesquiera que ellos sean, dejen de tasar en codicias, cualesquiera que ellas sean, el saldo de sus dolores. 


*Economista-magister en estudios políticos 


1 comentario:

  1. Muy bueno el encabezado - excelente titulo -y el tema de la* necro-política " muy bien tratado

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